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Nueva generación de artistas

Las obras de la quinta edición de PAM 18 responden a las diferentes posiciones del arte actual

Nueva generación de artistas

Somos como las abejas. O parecidos. Así nos ve Laura Palau con su proyecto «Observatorio». Paneles artificiales de abejas, cajas de madera a través de cuyas aperturas los insectos entran y salen, libremente. Hasta que un par de individuos llega y comienzan a humear el interior; obligadas a salir, o a morir dentro, aquellos aprovechan para llevarse su miel. ¿Pertenece la miel a las abejas, o es la miel de los que construyeron las cajas? ¿De quien produce el néctar o de quien fomenta esa producción? Acabamos convertidos en abejas que humean para dirigirnos y manipularnos, bien sea con humo o con discursos que parten del miedo al otro, páginas web fascinantes donde se mezclan las banderas con mensajes simplistas que acaban por hacer creer a la gente que están «trabajando como dios manda para que después se lleven los recursos otros» y que «les estemos pagando la pensión». Como demuestra Patricia Cadavid «En los márgenes del adiestramiento», el discurso ha calado.

Con el único requerimiento de que el proyecto sea original, parta de una reflexión y guste al jurado, los mencionados son dos de los nueve proyectos artísticos seleccionados de entre el casi centenar que se presentaron para formar parte de la quinta edición PAM 18. Una muestra colectiva que impone a los estudiantes de bellas artes de la Universidad Politécnica someterse a la disciplina y el rigor que supone exhibir su obra en una sala de exposiciones. No hay que lidiar únicamente con poner en práctica un proyecto que en su origen surge de unos bocetos, o buscar un vehículo y llevar las piezas, adaptarse a una iluminación prefijada o un presupuesto de producción limitado, sino sobre todo exponerlas en un espacio de dimensiones abrumadoras. La edificación industrial e imponente de Las Atarazanas ha sido el espacio escogido este año como lo fue hace unos años el clasicismo de la sala Ferreres-Goerlich del Centro del Carmen o, con el respeto que pueda hacerlo en espacios sagrados del arte, el IVAM el pasado año. El reto es máximo.

La labor del comisario por su parte es individualizar las propuestas, ponerlas en relieve a la vez que proporcionar a la muestra una lectura, un recorrido tras el cual el espectador salga de la exposición con la idea general de las inquietudes que estas nuevas generaciones de artistas plantean. En esta edición José Luis Clemente lo ha tenido relativamente más fácil por cuanto que se puede percibir una preocupación constante en la mayor parte de los proyectos en torno a las relaciones interpersonales, a la sociedad que estamos construyendo y nuestro hábitat.

Artistas demasiado jóvenes para haber sufrido en carne propia la especulación del ladrillo, sí han sido sensibles al drama de los que compraron muy por encima de sus posibilidades económicas y con un banco dispuesto a hacer el favor de prestar millones de euros para adquirir un piso «Sobre Plano» que al final o no se construyó o se abandonó en mitad de su ejecución. Alejandro Granero recrea un pasillo lúgubre y frío donde el persistente tic tac de la luz que se enciende a nuestra llegada no invita más que a huir. El lar como espacio personal y familiar, de encuentro y desencuentros, nacimientos y pérdidas ha sido una constante en la historia de la humanidad. Rescatar ese pasado para traerlo al presente, intuyendo su significado, o incluso inventándolo, es la propuesta de Raúl Lorenzo. Resulta curioso en este sentido que la temática de la muerte esté tan presente en la mayoría de las propuestas. Daniel Álvarez, por ejemplo, puede no estar muy de acuerdo con nuestro punto de vista, pero en su instalación pictórica Herreros y Alquimistas, en esa lucha entre ciencia y costumbres, entre respetar la tradición o apostar por la tecnología, la batalla implica que eventualmente alguno tiene que ganar y otro desaparecer. Por el contrario, con el título «Morgue» o «Depósito», de Mireia Dotan, o la instalación de Valiere Oleshchenko no caben muchas dudas. Donat recrea nuestros intestinos, porción tubular imprescindible para nuestra supervivencia, pero que expuesto a la vista, fuera del cuerpo y encajonado en una sala alicatada de paredes húmedas y frías, resulta un elemento que transita entre lo extraño, repulsivo y atractivo. Atractivo y sin duda chocante es el féretro rosa chicle de Valerie con el hastag «#lovesourface» en el que no olvida incluir al Cristo de la agonía y del perpetuo dolor para reflexionar sobre la temática de la muerte. Un posible deceso si nos dejamos atrapar por la divertida instalación pictórica y dibujo animado de Juande Morenilla.

Dejamos para el final el proyecto de Kateryna Borovschi porque si bien su temática queda fuera de las inquietudes del resto de sus compañeros, «La ambigüedad: el individuo en un espacio virtual», permite sobre todo observar cómo es un proyecto, los bocetos previos, el estudio y reflexión que supone para la artista, el planteamiento inicial que llega al jurado y el resultado final.

Un acierto.

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