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Con la casa a cuestas

Con la casa  a cuestas

Con la casa a cuestas

El mundo en que vivimos se ha llenado de gente que arrastra sus pertenencias por todas partes y a cualquier hora. En ciudades como València, la invasión de guiris en bici, guiris con maletas y guiris con mochila ha llegado a ser abrumadora. No se trata de una imagen simpática que te salta a la vista de vez en cuando, sino de un burbujeo constante de bultos ambulantes, los cuales se han convertido en un problema serio de movilidad. Ahí es nada: mientras recortas el cuerpo al ciclista o al del patinete, que parecen empeñados en atropellarte, tienes que hurtar los pies a las ruedas que implacablemente te van a hacer ver las estrellas, cuando no recuperar el equilibrio tras el bofetón de la mochila que te ha propinado uno que se volvió de repente. Nos hemos convertido en una nueva especie. Nuestros antepasados debían escapar de sus numerosos y feroces depredadores: el lobo, el oso, el león, el tigre. Ahora los verdaderos depredadores llevan la casa a cuestas, pero no parecen caracoles: camionazos, coches, motos, bicis, patinetes, maletas con ruedas y mochilones con piernas. Como siempre, los peores son los más pequeños. De los osos podía uno defenderse con empalizadas y hogueras, de las ratas y de las chinches, que propagaban la peste, imposible. Ahora sucede lo mismo. Los camiones, los coches y las motos (en València, no siempre) circulan por la calzada, pero los otros se suben frecuentemente a las aceras. Más aún: los de la maleta y los mochileros están en su derecho, se supone que son peatones, más o menos como la gente que empuja un carro de niño, así que no te molestes en ponerles mala cara; a los demás se la pones, pero no sirve de nada. No se engañen con estos lobos disfrazados de cordero: se trata de profesionales. Todos llevamos algún carro de vez en cuando, pero los maleteros los llevan cada fin de semana y además en una ciudad distinta. En realidad, se ha producido un verdadero cambio cultural, pues casi todos estos maleteros son jóvenes y se amontonan en algún piso patera. Es la cultura del movimiento perpetuo, son gente que no sabe estarse quieta. Como si no pudieran parar y tuvieran una necesidad apremiante de moverse por el mundo, brujulean continuamente por las calles igual que los peces de la pecera, que cuando se paran es porque están durmiendo o han pasado a mejor vida. Sin embargo no todos los que se mueven sin parar tienen el baile de san Vito en el mismo grado, los hay que proceden con más comedimiento que otros. Por ejemplo, los mochileros son espejos en los que aún te puedes reconocer: lo suyo son los albergues baratos y la contemplación. Yo diría que se trata de los herederos de los antiguos peregrinos y de los viajeros impenitentes. Gente solitaria que se conforma con conocer mundo sin prisas ni derroches, gente de tren más que de avión, en definitiva, jóvenes antiguos.

Otra especie muy particular, que no debe confundirse ni con los mochileros ni con los ciclistas, es la de los cajeros, palabra que además de designar a los que te cobran en el super, se refiere a una pobre gente que lleva una enorme caja amarilla colgada de la espalda y que se desplaza en bici. Están disponibles con el móvil encendido las veinticuatro horas del día y solo cobran por servicio realizado. Vamos, que son los pringaos del movimiento. Así va el mundo. Antiguamente la gente destacaba por tener caballo o por tener televisor, ahora lo que define a las nuevas generaciones es su tipo de movilidad. Pero en el panorama actual, más no significa mejor. Los más felices son, sin duda, los mochileros. Luego vienen los maleteros, que se creen felices, pero solo eso. Y en el último lugar de la escala están los cajeros, que no se hacen ilusiones sobre su suerte. El otro día apareció uno durmiendo en una calle de Barcelona: parece ser que no le daba ni para una cama en cualquier pensión de mala muerte. Son como los antiguos esclavos, solo que sin comer cada día, ni caliente ni frío. Vamos progresando.

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