Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Tribuna

Un paseante en Madrid

"Nuestras ciudades de consumo turístico se agigantan y se expulsa a la población hacia los márgenes"

Un paseante en Madrid

Un paseante en Madrid

Había ido a Madrid a la Feria del Libro y tomé habitación en un hotel de Valdeacederas, un hotel literario a su modo: escondía frasecitas de autoayuda en las macetas de plástico y, a traición, en una esquina del espejo de baño.

Nuestras ciudades de consumo turístico, vocación de decorado teatral y comederos dependientes de alguna franquicia de Kentucky, se agigantan y se expulsa a la mayor parte de la población hacia los márgenes. La saludable articulación municipal se disuelve, los pies no saben del dolor de la cabeza ni el corazón acusa las molestias de los juanetes.

Pero yo quería ver a Fra Angelico en el Prado. Era mi reencuentro con un viejo amor a primera vista que brotó hace algunos decenios en alguna ciudad italiana, quizás Florencia.

Al pasar por la plaza del Museo Reina Sofía recibí una bonita sorpresa: se la han dedicado a Juan Goytisolo. Bien hecho. Precisamente este Juan se quejaba en un artículo en El País -hace mucho- de que la tal vez mejor novela en castellano del siglo XIX -La Regenta- estuviera casi cuarenta años sin reeditarse. La extrañeza y la queja son, en este caso, meros actos de resistencia: todos sabemos que en el parlamento español los grupos que presumen de centralidad democrática no han sido capaces de levantar una política educativa mínimamente consensuada (y todo comienza por la educación), así que no tenemos más remedio que sorprendernos a domicilio. Pero la cultura es básicamente continuidad (comer de lo que hay) e inseminación: atrapar sonetos de Petrarca o canciones de Bob Dylan.

Un amigo director teatral me contaba que se le ocurrió montar una obra de Max Aub en los primeros años de hegemonía socialista y los compañeros se lo pusieron más difícil que los neoliberales y tironeros que vinieron después.

A mi no me extrañó. Hasta al pobre y viejo Josep Carner tuvo que regresar al exilio desairado y medio chocho porque el Premi d'Honor de les Lletres Catalanes, que le habían prometido, se lo dieron a Pere Quart. Se lo negarían, también, al más grande de todos, a Josep Pla, y en general a los burgueses, reaccionarios y contemplativos. Aunque escribieran como los mismos ángeles. Joan Fuster tampoco fue muy generoso con Josep Pla en un famoso prólogo. Por no hablar del miserable comentario que Francisco Umbral le atizó al citado Max Aub por el pecado de ser español, exiliado, judío y raro y haber tenido la indecencia de no nacer en Valladolid ni colaborar en El norte de Castilla.

Así nos las gastamos y para elevar el espíritu me fui a hacer cola para Fra Angelico en el Prado, entre turistas belgas y auténticos fresas (pijos) del D.F. La grandeza de Fra Angelico te colma de ventura. Hay que ser un genio para envolver a la Virgen con tantos y tan vivos colores y dorar hasta la última pluma de un ángel y que el resultado no sea una falla. Puede que tanta belleza tenga sus raíces en otro campo de valores: sinceridad y entrega, no sé, pero este fraile se creía lo que estaba haciendo.

Por cierto que Bellas Artes de València prestó al Prado una parte del retablo de Fra Bonifaci Ferrer, obra atribuida a Gherardo Starnina, pintor italiano entonces en València y más tarde en la Florencia del joven Fra Angelico ¿Influencia? No soy un experto, pero las coplas y los cantes siguen caminos de ida y vuelta. Lo mismo entre Cádiz y Cuba que entre Dublín y Boston. Inseminación.

Por cierto y de cara a atenuar nuestra débil continuidad cultural, convendría reparar en la potencia de este personaje, de Fra Bonifaci Ferrer -hermanísimo del Vicent, «el valencianito un poco santo y un mucho hereje» (Sánchez-Dragó)-, un tipo con una vida familiar digna de Faulkner: se le morían las hijas, tomó los hábitos, fue elegido prior de la Vall de Crist, Altura, codificó el culto de la Cueva Santa y fue el promotor de la primera edición de la Biblia en lengua vulgar salida de una imprenta: el Santo Oficio se le subió a la chepa y ardió la iniciativa editorial no por fanatismo -sólo-, sino por atentar contra la patente exclusiva de curas y frailes.

Paseando por mi viejo barrio de Tetuán (dónde me ponía al corriente de los estrenos en los reestrenos) fui a darme de bruces con el Canal (el grifo de Madrid), una magnífica muestra de los dibujos de Matisse, las torres inclinadas de Bankia y el obelisco de Calatrava al que hubo que recortarle la puntita porque era mucho levantamiento y el subsuelo algo dudoso. Aún así el pirulo giratorio se puso en marcha un par de días y luego hubo que pararlo porque él solo se chupaba la cuarta parte del presupuesto para el mantenimiento de todo el mobiliario monumental de la ciudad. Dada la condición obviamente fálica de la obra puede decirse que aquello tuvo más de inseminación (que se plagia a sí misma) que de continuidad. Eran los tiempos en que un «edificio singular» era aquel que en nada se distinguía de otro hecho en Belgrado o en Cantón. O como dijo Llàtzer Moix, queríamos un Calatrava (o muchos), y a cualquier precio. En este caso y sometido a vigilancia intensiva, el arquitecto sólo logró doblarlo, el precio.

Para continuar leyendo, suscríbete al acceso de contenidos web

¿Ya eres suscriptor? Inicia sesión aquí

Y para los que quieren más, nuestras otras opciones de suscripción

Compartir el artículo

stats