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Padura se confiesa

El cubano es un caso radical de escritor pegado a La Habana y en su última novela abre una ventana a todo lo que le rodea

Padura se confiesa

Leonardo Padura (La Habana, 1955) recibió en 2015 el Premio Princesa de Asturias de las Letras por el conjunto de su obra. Antes obtuvo premios como el Café Gijón o el Dashiell Hammett, etcétera, amén de otras distinciones. Autor de un libro de cuentos y periodista de ocasión (cubrió parte de la intervención cubana en la guerra civil de Angola), destaca como novelista y sobre todo por ser el creador del personaje de Mario Conde (no confundir con el exbanquero gallego condenado por corrupción en 2001), un atípico oficial de la policía cubana con afanes de escritor quien enamorado de su isla (la joya que fuera del eximperio español), es el protagonista de una serie policiaca que, empezó a bullir en su cabeza a partir de la caída del muro de Berlín en 1989.

Así, fueron apareciendo, entre otras: Pasado perfecto, Vientos de cuaresma, Máscaras, Adiós a Hemingway o La transparencia del tiempo€ La popularidad de Mario Conde ha llegado hasta el cine y las series televisivas (Las cuatro estaciones) con exitosas adaptaciones protagonizadas por Jorge Perugorría.

Los problemas ideológicos aún rodean y mantienen a Padura en lucha consigo mismo, pues, vivió en primera persona la versión cubana (el castrismo) del experimento socialista soviético. Padura nació allí (en el barrio de Mantilla, prolongación de la Habana Vieja), sigue viviendo allí sin servicio diario de wifi y con importantes carencias y piensa morir en el mismo lugar, sin más refugio que su vieja casa, sus amigos y, por supuesto, la literatura; vive además, nos lo confiesa en su último libro, Agua por todas partes con la esperanza renovada, día a día, de que todo cambiará «para mejor€»

Un escritor al que le agrada la soledad, casado y con amigos, que se pelea con sus personajes para entregarnos novelas que son retazos de su propia vida y de algunos de los grandes temas del siglo XX que le afectaron personalmente y con los que quiso involucrase, al menos, literariamente. Entre estos, el del truculento asesinato de León Trotsky, a manos del comunista español Ramón Mercader quién le asestó, por orden de Stalin, un mortal golpe de piolet en el cerebro. Supo que Mercader (como Ramón López) vivió, tras cumplir varios años de cárcel en México y otros tantos «protegido» en la Unión Soviética, en Cuba y, este asunto de honda repercusión internacional, se le presentó como algo casi familiar, imposible de eludir y: viajó a México, visitó la casa de Coyoacán donde se produjo el asesinato; se metió en la piel de los personajes y de todo aquello resultó una gran novela, El hombre que amaba los perros, que publicó Tusquets en 2009.

De Padura, como en el de tantos escritores cubanos: Reynaldo Arenas, Guillermo Cabrera Infante, y un largo etcétera, puede decirse que son más conocidos y celebrados en el extranjero que en su propia tierra. En Cuba los avatares de la política del gobierno frente a los Estados Unidos de América, con el bloqueo económico y cultural de la isla y su precariedad comercial hacían —sigue pasando— casi imposible la publicación de libros con tiradas importantes que prevean su exportación. Los autores cubanos, cuenta Padura, han sido publicados antes fuera y además por editoriales españolas€ No es raro regalar libros de y sobre Cuba a los cubanos por parte de otros cubanos que los compraron en España.

Padura cuenta todo esto y mucho más en algunos pasajes de su Agua por todas partes, un libro lúcido y hermoso, por obra y gracia de su versátil pluma; una narración por momentos emotiva que deviene en una confesión publica contada como si se hiciese a una persona íntima o cercana. Muchos cubanos, autores y no autores, han huido —por las dificultades expuestas y aún peores— de la isla caribeña pero Padura, en diversas entrevistas y en el trascurso de estas páginas reconoce su necesidad, no solo de seguir viviendo en Cuba hasta su muerte, sino de habitar aquella casa que por tradición perteneció a su familia hasta morir en ella.

Padura es un caso radical de escritor pegado a su ciudad, a su barrio, a los usos y tradiciones locales, lo que no significa, en absoluto, que no se revuelva críticamente contra buena parte de todo ello. Expone lo que ve, siente y padece cotidianamente. Lo hace a su modo, sin levantar querellas ni ofensas excesivas que pongan en peligro su residencia en la isla, convirtiéndose así, no obstante, en testimonio vivo de una realidad que roza la miseria desde la perspectiva material y asciende hacia imaginarios universales, gracias a las metáforas de la más exquisita literatura.

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