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Hechos trizas

Sabemos que el destino de las cosas es perderse, arruinarse, marcharse por el sumidero de los años. Sabemos que la entropía es la ley que gobierna el universo, y que todo tiende al desorden, por no decir al caos. Pero parece del género tonto que nosotros, los sapiens, ayudemos a la destrucción, a la siembra del desbarajuste, al gobierno del descalabro. Es de bobos añadir desconcierto al desconcierto. Hay que ponérselo difícil al demonio, debemos resistir ante la algarabía, cada cual en lo suyo, desde el sofá de casa y en el trabajo, cultivando nuestro jardín o meditando el sustantivo que vamos a emplear en una carta, todo lo que significa civilización constituye una heroicidad frente al tiempo, aunque no lo parezca.

Todas estas cavilaciones con aire épico me han sobrevenido al enterarme de que la editorial Planeta planeaba guillotinar, o quemar, los ejemplares almacenados de la colección de Obras Completas que el Círculo de Lectores y Galaxia Gutenberg publicaron a lo largo de los últimos años. Se avisó con una carta oficial, a los autores y herederos, de que podían hacerse con los volúmenes guardados, y de que los restantes se destruirían. Sin embargo, ante las críticas suscitadas por dicha ocurrencia, parece que Planeta se ha replanteado el asunto y ahora, cabalmente, piensa donar los libros a bibliotecas españolas a través de la Biblioteca Nacional. Ojalá sea así.

La idea de echar a la basura un largo proyecto filológico de investigación, fijación de los textos, anotación y edición de nuestros clásicos contemporáneos pone los pelos de punta. Hacer pasta de papel con el esfuerzo intelectual que supone publicar de la mejor manera posible a Kafka y Vargas Llosa, a Carmen Martín Gaite y Ramón Gómez de la Serna, a Nabokov y Pío Baroja, a Cortázar y Neruda, entre otros muchos, tiene algo de cainismo cultural, de sadomasoquismo contra la inteligencia.

Todos los años, las grandes editoriales destruyen miles de libros, porque les resulta más barato eso que tenerlos apilados en las estanterías de sus inmensos almacenes. A mí también me han guillotinado -o no sé si quemado. Hace unos años mis editores me escribieron para darme la noticia de que podían enviarme el remanente de ejemplares, si me hacía cargo de los portes, y comunicándome que el resto sería destruido. Rescaté los que pude guardar en casa, y recé un responso por los pobres desamparados que no han ido a parar a mi trastero. Ya he dicho que no albergo demasiadas esperanzas acerca del destino de las cosas en general y de las propias en particular. Todo termina en el rastro, o en el contenedor, o convertido en polvo estelar.

Pero el hecho de saber que algunos de nuestros autores más admirados y queridos, en unas ediciones que nos llenaban de orgullo editorial (porque trataban de imitar la maravillosa colección francesa de La Pléiade), puedan acabar destruidos, infunde un horror distinto. Como si decidiésemos entre todos suicidarnos lentamente.

Acabaremos hechos trizas: no es una sorpresa. Pero no seamos tan catetos y tan mentecatos como para convertirnos en colaboracionistas.

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