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Entrevista

Gonzalo Torné: "No sé cómo se puede escribir sufriendo"

Casi todas las novelas de Gonzalo Torné (Barcelona, 1976) «arrancan en una dirección y luego se desvían, cambian de protagonista, de tono... las imagino como máquinas de discutirse a sí mismas». Y «El corazón de la fiesta» (Anagrama) no iba a ser una excepción.

Gonzalo Torné: "No sé cómo se puede escribir sufriendo"

Gonzalo Torné: "No sé cómo se puede escribir sufriendo"

P¿Cómo empezó a latir «El corazón de fiesta»?

R Cuando se me terminó el dinero de Años felices. Lo digo medio en broma pero es cierto que tener una carrera acorta el plazo de descanso. Una vez puesto, varios temas dispararon la urgencia de escribir: el dinero, la clase social, la corrupción, las relaciones de poder...

P La editorial le etiqueta como cáustico, desvergonzado y audaz. ¿Se reconoce?

R Es un poco violento verse reducido a un par de adjetivos, uno siempre se imagina complejísimo, lleno de matices y repliegues... pero sí que reconozco el tono de la novela. Aquello que Eduardo Mendoza decía de Joan de Sagarra: «Siempre se comportó como un caballero y escribió como un salvaje» me parece una norma de conducta por la que merece la pena vivir y escribir.

P¿Una comunidad de vecinos es un resumen de una sociedad?

R La sociedad es más compleja, quizá por eso la novela no podía quedarse en el piso de Clara.

P ¿Se acerca el resultado final a lo que pretendía al empezar?

R Muy poco. Al principio era una novela sobre el nacionalismo y ha terminado siendo una novela sobre el dinero. El protagonismo recaía en el Bastardo y ahora es Violeta quien domina la novela. Pensé en tres partes y tiene cuatro. Iba sobre lo que el dinero hace con los ricos y ahora también va sobre cómo el dinero infecta a las personas sin privilegios. Quedan algunas intuiciones iniciales, atmósferas... Pero es que escribir una novela va de aprender a escribir la historia que cuenta. El resultado es imprevisible.

P ¿El capitalismo es algo bueno si te quedas del lado del gasto?

R Es mejor. O por lo menos es más soportable. Una cosa buena de escribir novelas es que esta clase de asuntos amplios se pueden abordar desde distintos ángulos. En público diré que el capitalismo es casi una enfermedad mental, que la locura del crecimiento económico y la concentración de capital maltrata a las personas, somete países enteros y está destruyendo el planeta. Y de aquí no me bajo, no cedo ni un palmo. Pero en una novela tengo espacio para explorar por qué a veces el capitalismo nos gusta tanto, por qué no terminan de convencernos los modelos alternativos... No se puede escribir una novela para darse la razón. Bueno, sí, se podría, pero menuda lata.

P ¿Violetero o clarista?

R Buena pregunta. Los personajes son estados alterados de la mente donde me instalo un tiempo, y Violeta es un sitio donde no me gustaría quedarme; mientras que Clara es un espacio de libre escepticismo donde me siento muy cómodo. Pero los personajes también son instrumentos literarios, y aunque no puedo juzgar los resultados, ha sido fascinante escribir en ese tono de excitación, ambiciones y rabia clarividente. Supongo que voy a echarla de menos.

P ¿Se divirtió preparando esta fiesta?

R Cargar durante meses un mundo de ficción en la cabeza, permitir que se desarrollen los personajes, que los temas se combinen... incluso la actividad física de salir de casa y ponerse a escribir... es una experiencia fascinante, y la disfruto muchísimo. No sé cómo se puede escribir sufriendo, no podría, si me atormentase la página en blanco o me paralizasen las exigencias... me dedicaría a otra cosa. Pero digo tanto que me divierto que al final parece que sea coser y cantar. Y tampoco, es un oficio solitario y exigente, ocupas ocho horas al día año y medio en personas que no existen, con las que no puedes hablar con nadie, se resiste una escena, las frases suenan vacías o estúpidas, la imaginación se recuesta en escenas mil veces leídas... Tienes que gestionar un montón de entusiasmo y de frustración sin saber nunca si está justificada o es infundada. Cuando termino siempre me escucho decir: «La vida está llena de cosas, esto no lo vuelvo a hacer». Ahora sé que termino remontando, pero tampoco me veo escribiendo novelas a los sesenta o a los setenta. Tres o cuatro más y me despediré del género amistosamente.

P ¿Qué sería de usted sin las elipsis?

R Espero que un escritor mucho más aburrido. Es que hemos visto y leído tanta ficción que no tiene sentido pararse a describir al detalle una habitación o los primeros pasos de una historia de amor. Aunque me parece que esta vez más que elipsis (que las hay) predomina la aceleración, los párrafos pueden cubrir varios meses, a veces sintetizan años. Ignacio Echevarría lo llama escritura en travelling.

P ¿La corrupción catalana es para reír o llorar?

R Para reír desde luego que no, los políticos toleran muy bien la parodia televisiva, te ríes tanto que terminas con ganas de tomarte una caña con el tío que te está deteriorando la viva. Y tampoco creo que convengan reacciones emotivas. Firmeza, azuzar a la justicia, e intentar votar mejor la próxima vez. Como en cualquier otro sitio donde la corrupción prospere, por otra parte.

P ¿Los diálogos brillantes le salen solos o los cincela hasta decir basta?

R No tengo oído ni facilidad con el idioma y mi conversación cotidiana es de estar por casa... estén más o menos logrados son el resultado de unas cuantas intuiciones rodeadas de horas y horas de trabajo, y muchas reescrituras... Pero prefiero no entrar en detalles, son datos que solo confío al corazón y a un puñado de colegas poseídos por la misma manía de darle vueltas a las frases.

P ¿El pujolismo es síntoma de algo?

R Pujol es un personaje sin categoría para salir en una novela mía. En la página diez estaríamos aburridos y recurriendo a un catalogo de chistes viejos. Mi campo de especialidad son los Masclans, que es una variedad ficticia del caciquismo nacionalista, y cuyo principio operativo es más o menos el mismo en todas partes: persuadir a los votantes para que cedan calidad de vida a cambio de sentir el calorcillo del orgullo identitario.

P Philip Roth ¿Qué aprendió de él?

R De Roth... y Bellow y los Singer y Ozick... de toda la tradición judeoamericana... que la novela es la casa de la complejidad adulta: la escotilla desde donde examinar el cruce entre el individuo y la sociedad, que somos escritores de nuestro tiempo y tenemos que darle réplica porque no vendrá Proust a hacerlo por nosotros, y que si el mundo es gritón, sucio, intenso e indecente podemos aprovechar esa energía a nuestra favor y escribir más intenso para que se nos escuche.

P ¿El dinero a espuertas abre muchas cancelas?

R Sobre todo esconde muchas limitaciones... y te da segundas y terceras oportunidades. Sin dinero te juegas la vida a una bala.

P ¿Le gusta helar sonrisas?

R Diría que no escribo pensando en una reacción concreta del lector. «Aquí sentirá esto, aquí reaccionará así...», es una concepción muy pedestre, casi conductista de la lectura. Mi propósito es retener su atención, ocupar tanto espacio de su mente como sea posible mientras dura la lectura.

P ¿Quién sirve al Rey de Cataluña?

R Sus súbitos y sus siervos. Y un número considerable de intelectuales amaestrados, que han solucionado su vida a cambio de renunciar a pensar por sí mismos.

P ¿Algo hay de Hitchcock en su obra?

R ¡El matrimonio interclasista! Cuando se trasladó a los Estados Unidos siempre se quejaba que solo le venían historias de parejas con tanta conciencia de clase que fuera de Inglaterra no se iba a entender. Y eso son Violeta y el Bastardo: enamorados de otra clase social, de dos sensibilidades culturales distintas.

P ¿Las redes sociales son el nuevo patio de vecinos a lo bestia?

R Las redes sociales no sé, Twitter es una maravilla. Encender el ordenador (no tengo internet en el móvil) y poder hablar de filosofía con Manolo Martínez, de poesía con Ana Fernández-Cebrián, de tebeos con Narbiz, de Doña Emilia Pardo Bazán con Rebeca Martín y de cualquier cosa con Luis López Carrasco... no tiene precio. De las redes ha salido mucho talento que de otra manera no nos habríamos enterado. Y es tan desjerarquizador... También te diré que para un novelista no tiene precio, te permite estudiar a las personas, sectores sociales enteros, formas de pensar distintas, a un coste bajísimo. Es verdad que las personas no somos como en Twitter, en Twitter nos mostramos parciales, excitadas, injustas, agitadas, sobreactuadas... pero es que es justo cuando se ponen interesantes para un novelista.

P ¿Qué le ocupa más, el andamiaje o esculpir cada página?

R Es que son dos procesos que no se pueden separar, se dan simultáneamente. Yo voy acumulando frases, ideas, rasgos de personajes... al mismo tiempo que va formándose el plan y la estructura del libro. A veces he tardado mucho en formar el personaje o en encontrar el tema que imante el resto de esfuerzos, pero antes tengo que pulir muchos pasajes sueltos, material para que el imán se revele. Creo que escribo con un plan muy férreo pero que va revelándose despacio, y que a veces solo alcanzo a comprender cuando la fecha de entrega empieza a agitar sus amenazadores tentáculos. Entonces el proceso se acelera mucho, y puedo terminar.

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