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Borges el fantasioso

En un planeta literario repleto de voces razonables, se alza la de un tipo llamado Borges, un escribidor casi imposible.

Borges el fantasioso

Borges el fantasioso

No se me ocurre nada mejor que recomendar leer a Borges en estos tiempos del coronavirus. Ficciones, tal vez, su mejor libro de cuentos, es una poderosa y recomendable vacuna literaria contra el tedio y la ansiedad de nuestro confinamiento.

Jorge Luis Borges (Buenos Aires,1899-Ginebra,1986) es un (el) universo. Universo difuso e intrincado, brumoso y familiar al tiempo. Autor extenso y prolífico, preciso en su maniera de contar, exacto en el detalle simbólico, no carece -sin embargo- de imperfección, la propia de quien busca la perfección a través de la más desbordante fantasía literaria. Todo cabe en Borges, en su narrativa del cuento o el relato breve, convulso y paródico; en sus poemas que dilata o contrae a voluntad, en sus notas, prólogos y epílogos; en sus artículos y biografías inventadas, incluso en el Borges oral de sus conferencias€, en esa falta de voluntad o de «capacidad propia» (decía) para escribir novelas€

Mucho se ha escrito y escribirá sobre el Borges que no puede escapar de «mi [su] deplorable condición de argentino» reconoce en Funes el Memorioso, ni de su linaje judeo-portugués. Autor y obra escapan, sin duda, a cualquier intento de endosarles a un grupo, a una generación literaria, a una escuela o tradición que no sea la propia. Es el escritor argentino más europeizado y universal, a la vez que (según versiones) se le considera escasamente patriótico€ Cuando acabó la mini guerra anglo-argentina por las Malvinas (1982), dijo a la prensa que haber perdido beneficiaba a los argentinos, pues debían celebrar la caída del dictador Galtieri. «Se pelearon -sostuvo- por un peine». Borges siempre se mantuvo a la «contra» del peronismo y los totalitarismos.

Borges fue autodidacta y contradictorio, conservador y laberíntico hasta en su nombre: José Francisco Isidro Luis. Vanguardista practicante del ultraísmo y el surrealismo poéticos en España, compartió amistad con Luis Rosales y Cansinos-Assens. Pese a su desinterés por la novela, gustaba de las escritas por Quevedo, Cervantes, Voltaire, Stevenson, Conrad y Eça de Queiroz, entre otros, y era admirador de: Schopenhauer, De Quincey, Stevenson, Faulkner, Shaw, Chesterton o León Bloy, «autores que continuamente releo».

Su preferencia por El Quijote es bien conocida. Lo citó en innumerables ocasiones y atribuyó su «autoría» a un desconocido poeta simbolista francés llamado Pierre Menard. Esta paródica ocurrencia protagoniza uno de sus cuentos más famosos, Pierre Menard autor del Quijote, escrito en 1939 e incluido en sus Ficciones. Esta antología, publicada inicialmente en 1944, recoge en sus páginas un libro anterior de cuentos que apenas había obtenido eco: El jardín de los senderos que se bifurcan (donde figura el relato acerca de Menard) con el añadido de nuevos cuentos reunidos bajo el título de Artificios. El todo resultante es sublime.

En Pierre Menard autor del Quijote, Borges llega a escribir: «€ el Quijote es un libro contingente, el Quijote es innecesario€» o, «El fragmentario Quijote de Menard es más sutil que el de Cervantes. Éste [Cervantes] de un modo burdo, opone a las ficciones caballerescas la pobre realidad provinciana de su país (€). En su obra [la de Menard] no hay gitanerías ni conquistadores ni místicos ni Felipe Segundo ni autos de fe. Desatiende o proscribe el color local. Ese desdén indica un sentido nuevo de la novela histórica».

Borges, a través de Menard, escribe: «Es una revelación cotejar el Quijote de Menard con el de Cervantes. Cervantes, por ejemplo, en don Quijote, primera parte, noveno capítulo, escribe: '€la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir'». Y continua: «Esa enumeración es un mero elogio retórico de la historia». Y Menard, trasunto de Borges, vuelve a escribir: « €la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir».

Borges/Menard se limita, como leemos, a repetir, a plagiar palabra por palabra, lo mismo que dice Cervantes. No obstante, aunque su aspiración era la de copiar íntegramente todo el texto de Cervantes, lanza, en el suyo, propuestas diferentes: «La historia, -escribe- madre de la verdad; la idea es asombrosa. Menard, contemporáneo de William James, no define la historia como una indagación de la realidad sino como su origen. La verdad histórica para él, no es lo que sucedió. Es lo que juzgamos que sucedió€».

A Borges le gusta lo complejo y lo sofisticado. Por eso le atraen sobremanera las organizaciones secretas, la masonería, los laberintos por resolver, la cábala judía y en general la historia de las creencias que sustentan a las religiones. Estas preocupaciones están en sus mejores libros de narraciones: La historia universal de la infamia (1936), Ficciones (1939), El Aleph (1949) o El libro de arena (1975), en la mayor parte de sus escritos e incluso en conferencias; también en algunos de sus poemas en los que suele expresarse de manera más resuelta y directa.

Borges un escribidor casi imposible, con no más títulos académicos que un confuso bachillerato estudiado en Suiza, adonde fue a parar con su familia en 1914. Este Borges, primo hermano literario de los Poe, Kafka, Melville y algunos más, hacedor de fantasías, parodias, repeticiones y mundos literarios sin fin; capaz de ascender sin inmutarse de bibliotecario de barrio a director de la Biblioteca Nacional, es el Borges que me encandila y subyuga; el que fue amigo y confidente de Evaristo Carriego, Silvina y Victoria Ocampo, de Bioy Casares; el que llegó a escribir un poema en honor del más conspicuo detective privado de la decadencia victoriana: el inmortal Sherlock Holmes.

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