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Llega una forastera

Marta Sanz cierra la trilogía del detective Arturo Zarco diseccionando los relatos sobre la memoria

Llega una  forastera

Llega una forastera

La historia comienza como si fuera una película del Oeste. La diferencia más que notable entre lo que nos cuenta esta excelente novela y una de esas películas es que quien llega al pueblo es una forastera. Tampoco llega a caballo, sino en autobús. Y no ha hecho el viaje para matar a nadie, sino para revivir a quienes fueron enterrados formando un montón de carne y huesos en una fosa clandestina. O para revivir algo muy importante: su memoria. La memoria de los asesinados por la dictadura franquista, por defender sus ideales de libertad, igualdad y fraternidad. La Segunda República. El golpe de Estado fascista. La guerra larga. Los muertos. Las muertas. Y un detalle que sale muy poco en el recuento de las fechorías cometidas por los vencedores: los robos de las casas, de las haciendas, de todo lo que pertenecía a quienes perdieron la guerra. ¿En qué pueblo no hay una casa que no es de quien se la apropió cuando cambiaron en este país el nombre de la paz por el de la victoria? Y aún otro detalle más, también escaso en los organigramas de la dictadura: la figura del delator. Sin esa figura se entiende poco -casi nada- lo que fueron la represión, el miedo, la mirada bizca cuando se salía a la calle en medio del silencio. Paula Quiñones, una mujer joven, hermosa y coja, llega a Azafrán para colaborar como voluntaria en los trabajos de exhumación de una fosa común en el pueblo. Ahí comienza la historia.

La novela se titula pequeñas mujeres rojas y su autora es Marta Sanz. El título está escrito así, con la p minúscula: «las cositas pequeñas con que construimos lo grande€».

Hay muchas maneras de enfrentar el pasado, también hay muchas maneras de enfrentarlo en la literatura. Pero si ese pasado se refiere a la guerra llamada civil y a la dictadura franquista, la escritura tiende a llenarse de temblores, cuando no a situarse en un punto imposible a la hora del recuento: el punto medio entre lo que llaman los dos extremos. Ni rojos ni azules: los que no eran de un sitio ni de otro. Los daltónicos que no entendían de colores. La maldita equidistancia, tan de moda en la literatura llamada de la memoria porque es mejor no mojarse cuando se habla de según qué historias y de sus protagonistas. Y sigo con los detalles: el lenguaje que apuntala lo que se cuenta. No habría de admitir, ese lenguaje, opciones intermedias, antes al contrario: defender con él el baluarte de lo político. O sea, el lenguaje que -entre otras bondades- hace más grande aún esta novela insobornablemente política. Unos nombres fueron públicos y otros fueron a parar a la oscura clandestinidad de las fosas comunes. La forastera entra en el cuarto de la sospecha, y luego en el de la tortura, porque fuera de ese cuarto viven los delatores, los hombres y mujeres que ocultan su condición de verdugos, esa gente que se había instalado en la indiferencia y acabará formando parte de la turba.

Los personajes principales de pequeñas mujeres rojas ya salían en las novelas de Marta Sanz que protagonizaba el detective Arturo Zarco. ¡Menudo pájaro, el tal Zarco! Menuda somanta de palos le arrea Luz Arranz, su suegra, en esta novela, la tercera y con la que se cierra la trilogía que completan Black, black, black y Un buen detective no se casa jamás. Unos personajes que ahora forman parte de un paisaje crepuscular, como los westerns mejores: un paisaje de tierra movediza donde se rebela con sus voces colectivas la muerte subterránea, la de quienes han convertido Azafrán en la Comala de Juan Rulfo o las heridas nunca cicatrizadas de César Vallejo. Las voces de los muertos: «Somos gente a la que le tocó estar donde no había decidido, pero también éramos personas que tomaron decisiones: concejales y alcaldes republicanos, las chicas y los chicos que cantábamos La Internacional sabiendo muy, muy bien lo que nos jugábamos, los ausentes de misa». No dejen de leer esta novela extraordinaria. De verdad se lo digo. No dejen de leerla.

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