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Aquel 'gran hombre' y su avión pequeño y su avión pequeño

Aquel 'gran hombre' y su avión pequeño y su avión pequeño

Aquel 'gran hombre' y su avión pequeño y su avión pequeño

Charles Lindbergh se había convertido de la noche a la mañana en la persona más famosa del planeta cuando su aeroplano, el Spirit of St Louis, aterrizó en el aeropuerto de Le Bourget de París, el 21 de mayo de 1927. Apenas trece años más tarde, tras decantarse firmemente por el aislacionismo, concluía el reinado como héroe nacional americano de aquel «gran hombre» y su avión pequeño. Dijo algo que la mayoría no le perdonó: «En lugar de entrar en guerra contra Alemania, Estados Unidos debería unirse a este país y a Inglaterra para formar un poderoso muro occidental de raza y armas que pudiera defenderse tanto de Genghis Khan como contra la infiltración de sangre inferior». Además del repugnante tono racista, Lindbergh había abrazado «peace in our time», el eslogan de Chamberlain, paladín de la distensión y de encontrar fórmulas de entendimiento con los nazis antes de plantar cara a la amenaza creciente de una Europa sometida por el III Reich.

Lindbergh cayó con todo el equipo. Su vida se fue sumiendo en el descrédito. Philip Roth, sin embargo, tuvo la capacidad literaria de imaginárselo de manera distinta en La conjura contra América, una obra maestra de la historia contrafáctica que maneja la hipótesis en la que el héroe de la aviación y simpatizante nazi es elegido presidente en 1940, lo que lleva a la persecución generalizada de los judíos en Estados Unidos. También resulta contrafáctica en el sentido del autor. No es una de las novelas de Zuckerman o de Kepesh; sino del propio Roth, estructurada como si fuera un cuento autobiográfico: escrita por el adulto Philip Roth sobre el niño Philip Roth y su familia, con los nombres de la vida real de sus padres, Herman y Bess, y su hermano Sandy, y ambientada en el barrio Weequahic, de Newark, donde el novelista se crió. Leerla o releerla estos días puede resultar oportuno. Igual que inoportuno y peligroso es inyectarse desinfectantes para combatir el virus de la forma en que lo sugiere Trump, un personaje que tendría cabida en el elenco de la novela. De hecho estos días atrás se ha estrenado la miniserie de HBO basada en ella, de David Simon, autor de «The Wire» y «Treme», dos de los mejores dramas televisivos de la época dorada que vino a continuación de «Los Soprano». «The plot against America» está muy lejos de competir en la misma liga, tampoco muestra ni la cuarta parte de lo que la novela cuenta de forma deslumbrante, pero se le puede echar un vistazo.

Tanto en la novela como en su dramatización televisiva hay un momento especialmente inquietante cuando Seldon, el amigo del pequeño Phil, que ha perdido a su padre, se encuentra solo en Kentucky y llama por teléfono a Bess para decirle que su madre no ha regresado del trabajo. Teme lo peor. «Ahora mis dos padres están muertos». La madre de Philip le dice desde Newark cómo debe prepararse la cena. Dos años después de alcanzar Lindbergh la Presidencia, han comenzado los asesinatos y disturbios, muchos judíos huyen del pogromo a Canadá. El desencadenante de la violencia es el asesinato del periodista y locutor Walter Winchell, azote de la política del Gobierno. Como al final explica Roth en su cronología de la realidad, Winchell vivió durante 30 años más y tuvo tiempo para dar un giro pasándose a la extrema derecha y apoyando al senador McCarthy. Lo que importa no es la realidad que sustenta la novela sino la realidad que teje por sí misma gracias a la destreza de Roth, esas oraciones largas y fluidas, los pequeños hechos verdaderos de la ficción que colma con los grandes detalles cotidianos.

El autor de La conjura contra América acierta plenamente a dramatizar dos principios vastos y contradictorios de forma simultánea: primero, lo susceptible que puede ser el individualismo estadounidense al culto de la celebridad y, también, a su vez, la fe en la democracia frente a la tiranía, con dos resultados, el de los políticos sin escrúpulos que obtienen un amplio apoyo popular e intentan apoderarse de las tres ramas del gobierno, y consecuentemente la voluntad de resistir esa desviación, como parte integral de los valores, el patrimonio y la historia del país. Es lo que podría llamarse el sexto sentido distintivo de la libertad. El gran poder trágico de la novela de Roth radica precisamente en el choque entre ellos.

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