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La prodigiosa estética de Sorolla

El Centre d'Art d'Època Moderna de la Universitat de Lleida recupera la memoria del «Embarcadero del Retiro», pintada a los 19 años en una caja de puros

La prodigiosa estética de Sorolla

Los investigadores del Centre d'Art d'Època Moderna (CAEM), de la Universitat de Lleida, tenemos la inmensa fortuna de trabajar en unas instalaciones incomparables que nos permiten pensar y observar bien; ver pintura inédita de forma profunda, sin trabas; examinando e interrogando a las obras de arte, una a una, en un inmejorable clima de paz visiva.

Qué importante -y determinante- es el silencio para analizar pintura inédita como mandan los cánones del verdadero expertise. Nadie lo hace así. Ni en España ni en tantos otros centros europeos y americanos; no disponen del tiempo necesario para «ver», ni de espacios perfectamente equipados para analizar con profundidad obras de arte.

Sin embargo, todavía más determinante para alcanzar buenos estudios de pintura en la disciplina de la Historia del Arte es hacerlo en exclusiva, a full time, sin compaginarlo con otras actividades. Eso es importantísimo. Es decir, ver y estudiar pintura y nada más. Desarrollar con convicción la exclusividad y el privilegio de nuestro oficio. Ver sólo pintura. Por delante, por detrás y por dentro. Nada más.

Así es como nos hemos concentrado los investigadores del CAEM para poder observar de forma exclusiva las tan pequeñas como prodigiosas pinceladas que Sorolla depositó en la tapa de una caja de puros (16'9 x 27'6 cm), allá por el 1892. Un enjundioso paisaje de un estanque madrileño situado en el Parque del Retiro. Impresionante. El pintor tenía entonces 19 años, y ya se nos muestra como un maestro consumado, insuperable, ímprobo a mi juicio. ¡Qué paisaje!

Porque, en este diminuto paisaje lo primero que sorprende es que todo permanece vivo, todo acontece y sigue aconteciendo, se mueve, transcurre, tintillea. Es como si esta obra, lozana toda ella, estuviera acabada de ejecutar.

Sorolla hace verdadera magia con sus pinceles y consigue que en esta visión del Embarcadero del Retiro todo permanezca fresco; que reverbere locuacidad plástica por los cuatro costados. Sorolla detiene y revive con autoridad la quietud y la cálida atmósfera de una avanzada mañana del verano de 1892 en el popular Retiro madrileño.

La grandeza de esta obra reside en su extraordinaria capacidad de seguir seduciendo al espectador. Es decir, cuando tratamos de penetrar en la comprensión de los estilemas de Sorolla, comprobamos que hoy, 2020, este paisaje continúa fascinando. Nos sorprende gratamente porque continúa estando vivo, continúa siendo un típico rincón madrileño, relente, húmedo. Un paisaje que continúa exhibiendo una inaudita frescura ejecutiva.

Frente a este trozo de pintura es imposible permanecer indiferente. Es imposible no sobrecogerse, no percibir de inmediato una agradable y bienvenida excitación perceptiva. Ante esta tabla nuestros ojos y nuestra retina celebran con gusto la inefable ceremonia de lo bello, la fiesta de la luz, la fiesta del color, el incomparable regocijo de la exquisitez plástica.

Todo lo representado por Sorolla en esta pequeña tablilla «vive»: las nubes, la vegetación, los árboles con algunas ramas descarnadas en la parte superior derecha, el sinfónico y cambiante colorido de las aguas reposadas del estanque, las barcas, los diques blanquinosos del fondo, el gracioso embarcadero con unas poderosas líneas de bermellón que se reflejan en el agua, los chatos pabellones arquitectónicos del fondo con triangulares cubiertas de pizarra (levantados por el arquitecto Cristóbal de Aguilera en 1634), los diminutos personajes apenas indicados con sabias manchas blancas, azules, negras y encarnadas, con sombrilla de tono pajizo sobre la cabeza de dos de ellos -situados más a la izquierda- para mitigar el bochorno, la luz de sol caprichosamente cambiante.

Fijémonos en el estilizado personaje de piernas azules y camisa blanca que aparece entre los balaustres del embarcadero; es sencillamente proverbial; hay que examinarlo despacio, con lupa y con muy buenas dosis de fruición contemplativa. ¡Su resolución plástica es impresionante! Sorolla consigue que lo fugaz se sustantivice.

Todos los efectos de esta cinética obra palpitan, pululan, transitan y continúan suscitando ritmos e irisaciones plásticas de una suprema intensidad estética y comunicativa.

Porque Sorolla «vive» en sus obras. Quizá sea esta una de sus mayores grandezas: retener vida, atraparla y exhibirla de forma veraz, sublime, plástica.

Joaquín Sorolla se nos revela aquí como uno de los taumaturgos de la luz más supremos que ha dado la historia de la pintura española de todos los tiempos. Así lo proclaman, por ejemplo, las prodigiosas manchas cambiantes de luz y sombras que vemos en el suelo ocre y rojizo del extremo inferior derecho, con toques de cadmio verde y micras de negro orgánico, gris y un insólito color tierra. ¡Qué maravilla! ¡Contemplémoslo despacio, por favor! Aquí, en este excelso y variopinto suelo, cada una de sus minúsculas pinceladas contribuyen a situar de forma sorprendente la luz juguetona de un sol cambiante, tamizado por unas nubes que vuelan, que amagan y se esconden de forma infinitamente caprichosa.

Y hago ahora, con permiso del lector, un pequeño inciso, una pequeña y sincera confesión: cuantísimas horas me he pasado a lo largo de mi vida leyendo una buena literatura sobre Sorolla, sin poder descifrar nunca el porqué -y el cómo- de sus sabias pinceladas. O el porqué, en ocasiones, de la ausencia de dichas pinceladas en determinados puntos de sus rutilantes pinturas.

Porque, en Sorolla todo es elocuente: presencias y ausencias de pigmentos que conviven, que se complementan y dialogan de forma admirable. Porque, mirando, y solo mirando, que no, leyendo únicamente, he comenzado a comprender.

Los sabios proponen un axioma elemental: para saber hay que ver, pero para ver hay que mirar, abrir bien los ojos.

A la postre, solo viendo y mirando he descubierto, por ejemplo, que algunas nubes de este exquisito Estanque del Retiro, no están pintadas de blanco, sino que juguetean, emergen y emiten sensaciones estéticas a partir exclusivamente de su calculada capa de preparación blanca que reverbera desde el fondo y se mueve con una vitalidad diferente, pasmosa. Las nubes, así, «no propiamente pintadas», corren y vuelan a ritmo de algodón transparente. Sin ser nubes, por una parte, o siendo esas nubes especiales, etéreas, cambiantes, excepcionales, «no pintadas», nacidas de la enjundiosa pintura de Sorolla, lo cual es mucho decir.

Mirando y sólo mirando pintura de Sorolla, abriendo los ojos, he aprendido a ver y descubrir el código representativo de este gran maestro, las nubes, por ejemplo, como acabamos de señalar, asombrosamente jugosas de Joaquín Sorolla. Y he visto, además, en el citado cielo, una proverbial sinfonía de azules. Cada pincelada de este estimulante cielo azulado, si te acercas y lo observas con detenimiento, compruebas que lo conforma una sutil gama cromática de tonos azulados -y grises plúmbeos- rutilantes, variopintos, claros, sutilmente diferentes; parecen pinceladas caprichosas e improvisadas, pero son, a su vez, una secuela de pequeñas manchas certeras, pensadas, calculadas, perfectamente meditadas; unas pinceladas que se mueven, proverbiales, de verdadero maestro.

Amén con lo que observamos en las sabias transparencias y reflejos de las reposadas aguas del estanque. Qué maravilla cromática acontece al contacto de las aguas con el poderoso brillo del sol. Cómo se deslizan e irisan en múltiples opciones polícromas: azules, verdes, colores tierra, rojizos y grises que pesan.

Así es Sorolla. Así pinta e infunde «vida» Sorolla.

Así, y solo así, mirando sin ninguna prisa, se aprende. Mirando y volviendo a mirar la pintura de Sorolla, descifrando y tratando de comprender su técnica expresiva, sus pequeños toques, sus penetrantes gags cromáticos, su materialidad, su grandeza comunicativa.

Eso es lo que nos ha ocurrido a los investigadores del CAEM durante los últimos siete meses (sólo las últimas semanas de Covid-19 han sido de teletrabajo): hemos mirado y nos hemos gozado de la inmensa fortuna de examinar esta obra de Joaquín Sorolla. Eso es lo que más y mejor nos distingue: la oportunidad de «ver», en equipo colegiado, despacio, día a día, todo el día, pintura. La pintura, en este bienvenido caso, de ese invencible maestro del luminismo español que se llama Joaquín Sorolla.

Una exquisita pieza que, además, nos llega con la firma de Sorolla y con una rúbrica especial, muy cariñosa, situada en el ángulo inferior izquierdo, y que el maestro dedica a su buen amigo, el sevillano Augusto Krahe García (1867-1930): A mi mejor amigo Krahe / suyo / J. Sorolla / 82 / Madrid. Sabemos que Krahe fue un insigne matemático y académico de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, además de catedrático de Geometría Descriptiva y Estereotomía de la Escuela Superior de Artes e Industrias de Madrid. Aquel año, 1882, Krahe acogió a Joaquín Sorolla en su domicilio de Madrid, en la calle Moreto, a cuyo generoso gesto el pintor correspondió con el regalo de esta excepcional obra pulcramente firmada a pluma con un material orgánico que podría ser betún. Hasta en esto, en la delicadeza de la firma y la rúbrica de esta excelsa obra, brilla la exquisitez de Joaquín Sorolla.

Finalmente, un fructífero intercambio mantenido el 25 de febrero de 2020 entre la máxima experta mundial en la pintura de Joaquín Sorolla, Blanca Pons-Sorolla, bisnieta del maestro, y quien firma el presente escrito, director del CAEM, sirvió para ratificar la indiscutible calidad y autenticidad de esta obra de Sorolla. El acuerdo atributivo fue contundente e inequívoco: «Es una obra extraordinaria y muy temprana; me encanta» (Pons-Sorolla). ¡Qué suerte poder ver y hablar de pintura con quien verdaderamente sabe, conoce la pintura, la ama y la disfruta profundamente!

Ojalá los estudiantes de Historia del Arte de nuestras universidades aprendieran a ver pintura en directo. Ojalá se les enseñara a eso: a ver arte, a ver pintura, a ser expertos en la percepción pausada y profunda de una obra de arte. Lo necesita con urgencia el rico patrimonio artístico de nuestro país. Personas formadas en la experiencia de «ver» y «atribuir» obras de arte con convicción, en silencio, sin prisas, con medios, sacrificio y autoridad. Y hacerlo siempre a pie de obra. Ante obras de arte absolutamente inéditas, desconocidas. Ante lo arcano.

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