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Literatura

Una mujer en medio de las sombras

Una mujer  en medio de las sombras

Una mujer en medio de las sombras

Ya se sabe que Internet es algo así como el Bien y el Mal intercambiables, como el capitán Ahab y Moby Dick, como el síndrome de Estocolmo entre secuestrador y secuestrado, como la belleza y el horror en los ángeles de Rilke. Pero donde Internet ha hecho un pan como unas tortas es con la poesía. Cuando leo que una joven poeta tiene millones de seguidores internautas, y llena auditorios para escuchar sus poemas, busco un refugio nuclear para que no me alcancen los ecos de los aplausos y, peor aún, el eco rematadamente cursi de sus versos. Había leído en algún sitio sobre ese fenómeno extraño y fui tan estúpido que compré su libro. No pasé de los dos primeros poemas y me entraron ganas de decirle, si la hubiera conocido personalmente, que, en vez de sus poemas, leyera en público los de Emily Dickinson, Elizabeth Bishop o Alejandra Pizarnik. Así, de paso, disfrutaría el auditorio y ella, a lo mejor, abandonaba felizmente la poesía para siempre.

Un día oí decir a un insensato que tenía un grupo de cuatro mil poetas oficiando por las redes el sacerdocio de sus poemas. Estuve a punto de llamar a los del Fahrenheit 451 para que nos librara de ese peligro público, pero me contuve porque el único fuego que me gusta es el de los hogares de mi pueblo en las noches de invierno. Decía Borges que le bastaba y sobraba con cuatro poetas: Quevedo, Browning, Unamuno y Whitman. Y ese tipo hablaba de que ya eran cuatro mil maltratadores de la poesía con absoluta impunidad. A mí me duele ese crimen, especialmente, porque leo más poseía que otra cosa. Tengo grandes amigos que escriben una poesía lo mismo de grande. Pero me gusta -como también me pasa con otros géneros literarios- caer en manos de lo sorprendente. Por eso en este número de Posdata les cuento que un día encontré sin ninguna referencia un libro titulado Eterno anochecer. Y el nombre de su autora que me sonaba a chino: Forugh Farrojzad. Había nacido en Teherán en 1935, se había casado por obligación muy joven, se había enamorado de otro hombre, se había divorciado del matrimonio por decreto, había escrito una poesía censurada en su país porque el amor, según como se cuente, es inadmisible en un régimen dictatorial como el de las dos dinastías Pahlaví. Finalmente, se mató en un accidente automovilístico en 1967, cuando apenas había cumplido los treinta y dos años.

Escribía Susan Sontag que «el lenguaje se deteriora cuando está desvinculado del cuerpo». Pues eso eran los poemas de Forugh Farrojzad: amor y sexo, abrazos, caricias, añoranzas de instantes perdidos en el recuerdo, un arrojo increíble en una sociedad pacata en que todo era considerado pecado. Ahí, precisamente, ese poema titulado así, a secas, Pecado: «He pecado, un pecado impregnado de gozo, / entre abrazos calurosos y fogosos». No se desvinculó, en su poesía y en su breve obra cinematográfica, del compromiso social. Se enfrentó, con valentía y solvencia intelectual, a las exigencias de la dictadura de los sha padre e hijo, al tiempo confiscado que le tocó vivir a manos de los hombres. En algunos tramos de su vida echaba la vista atrás, hacia el territorio donde a veces -de una manera más o menos engañosa- volvemos los ojos cuando el presente es de una insoportable crueldad: la infancia. Me acuerdo de los versos de Anna Ajmátova: «Desde la infancia temo los disfraces». Hubo en su vida algunos intentos de suicidio. La vida para una mujer no era entonces -ni lo es ahora- fácil en ninguna parte, aún menos en su país. Pero fue una superviviente activa, que nunca se cansó de luchar por los derechos de las mujeres allá donde estuviera. Siempre, al fondo y en la forma de sus poemas, ese amor, ese deseo insobornable, esos cuerpos que eran su lenguaje, como apuntaba Susan Sontag. Un poema que he grabado en el recuerdo. Se titula Una noche y fue prohibido cuando su publicación: «Una noche te llamo en duermevela, / bailo sobre las olas de tu recuerdo / igual que las sirenas, / indomable». Así fue Forugh Farrojzad, una mujer valiente, una escritora única, la autora -como demuestra en Eterno anochecer- de algunos de los mejores poemas que he leído en mi vida.

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