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Un Mussolini táctico y violento

Un Mussolini táctico y violento

Un Mussolini táctico y violento

A menudo decimos de tal o cual autor que ha escrito la biografía «definitiva» de Churchill o la monografía mas «esclarecedora» de la guerra de los bóers. La realidad es justamente al revés: un buen par de versos (pedir más sería una desconsideración) pueden ser definitivos, eternos a su manera, pero un trabajo histórico, por bien escrito, incluso bien novelado que esté, sólo es un acarreo aluvial, una noble carga o como dice Antonio Scurati, «erosión lenta, derrumbe repentino». La muy comentada biografía de Mussolini - M. El hijo del siglo- no escapa a esta presunción y el tocho comienza con un largo preludio sobre el incendio anímico de las ideologías heroicas. La sacudida de la aventura y la invención, la alquimia de la guerra -«la única higiene del mundo»-, la fascinación legionaria y la camaradería: «la igualdad social es el regalo de la experiencia fundamental de matar juntos». También la misoginia y la erotomanía. Son 200 páginas certeras, vibrantes.

La dulce derrota

Mussolini comprende, antes que muchos, la irrupción de la política de masas. Incluso cuando los fascistas sólo son cuatro gatos mal avenidos. Espera. Engaña y aplaza. Dice una cosa en su periódico - Il Popolo d'Italia- y le garantiza la contraria al primer ministro. Su reticencias ante un impaciente Gabrielle d'Anunzzio que le emplaza todos los días desde la república carnavalesca y un poco libertaria de Fiume a conquistar Italia, es casi una obra de arte, pero Mussolini aguarda y macera, se sube al carro de quien haga falta o se adelanta a cualquier competidor tomando prestadas sus razones. Como periodista, algunos días incluso escribe bien.

Los arditi, los héroes de guerra, los carteristas y rufianes a quienes el combate ha redimido y llenado el pecho de medallas sin pensión, arrastran el dulce sentimiento de la puñalada a la espalda. Vagan y beben licor de cerezas mientras aguardan que la corneta anuncie una nueva carga de los lanceros y se representan Italia entera como un Cristo entregado a la crueldad de los fariseos. En la política moderna no eres nadie si no eres capaz de presentarte como víctima. Versalles ha tratado a Italia como a un país de segunda aunque sea la patria de la Fiat y Lancia, de la hélice y el futurismo, de Agnelli, Pirelli. Einaudi, Debenedetti y Olivetti.

El gen totalitario

También entonces aparece el gen totalitario. Y en los lugares más insospechados: hay anarquistas partidarios de la guerra y fascistas que parecen socialistas revolucionarios: de hecho se cruzan a menudo camino de la otra orilla. Mussolini lo quiere todo porque tiene una comprensión animal, instintiva, del papel de la violencia. Los más celebrados autores del momento -d'Annunzio, nacido Rapagnetta, que confiesa conmovedoramente que «en días tan tediosos sólo le queda el consuelo del poder absoluto», Marinetti, Pirandello, Malaparte- han sido fascistas o se han avecindado muy cerca del fascio.

Algunos lideres campesinos que asaltan y dirigen las granjas de los propietarios pretenden regular incluso el horario de los bailes y de las marionetas.

Mientras tanto y pese a las revueltas, choques armados, degüellos, ocupaciones de fincas y palizas mortales, la tragedia desciende a menudo a la categoría de farsa y el glorioso precedente de Garibaldi -en el que buscan amparo unos y otros- parece haber ahormado el alma de la nación según los requerimientos de la violencia de los condottieri: una guerra pequeña, de corto aliento, de golpes de audacia y talento escenográfico, de bandas armadas, «siempre dispuestos a destriparse en peleas de taberna». Nada que ver con Hitler.

Mussolini sólo era ocho años más viejo que su protegido Francisco Franco y sin embargo parece que media entre ellos un abismo temporal. Don Benito (bautizado así en honor de Benito Juárez) entró muy pronto en combustión acelerada. De hecho fue un destacado rojo y la cuestión social siempre le preocuparía, cada vez más como pretexto y menos como exigencia íntima.

Crujir de somieres

Un rey virgen como Hitler es inimaginable en estas páginas. Aquí hay una continua fiesta de despelote y crujir de somieres. Mussolini hace honor a su condición de gorila de espalda plateada.

La república de Fiume fue como un modelo a escala de la Italia fascista. Pero mucho más musical -«la música es la primera tarea del estado»- y poética, visionaria, un divertido desastre de legiones extranjeras, radicalismo político, aviadores bisexuales y falangistas de Tebas con las manos enlazadas. Marconi, el de la radio, aprovecha que Fiume reconoce el divorcio para darle una patada al culo a su señora.

Para quienes fuimos conmovidos por el Novecento de Bertolucci descubriremos en estas páginas la suicida atomización de la izquierda, la violencia como una pátina general que tiene más ojos que la mirada psicopática de Donald Southerland y los frecuentes cambios de chaqueta, adaptaciones y ardides de supervivencia. Son seis años vibrantes los que abarca el libro (1919-24) y terminan con un Mussolini contra las cuerdas que juega y gana (aunque eso ya no lo vemos) en un desesperado envite en uno de esos momentos en que el flujo histórico parece detenerse y el más audaz se lo lleva todo.

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