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Crónica de la desesperanza

«La piqueta» es una de las novelas más significativas del realismo social

Crónica de la desesperanza

«Algunos de los escritores más emblemáticos del realismo social -como Jesús López Pacheco, como Armando López Salinas, como Antonio Ferres- constituyen casos a menudo sangrantes de escritores perdidos, injustamente marginados de la memoria que contribuyeron a reconstruir, a edificar»: escribe Ignacio Echevarría. El realismo social fue borrado del mapa cuando los tiempos estaban cambiando. ¿Cambiando hacia a qué, en qué, para quién? Las preguntas son mías. Las posibles respuestas -si quieren sumarse a esta crónica- les pertenecen a ustedes.

Los años cincuenta del pasado siglo revelaron una fuerte generación literaria. No a toda esa generación le interesaba lo mismo, ni artísticamente, ni ideológicamente, ni políticamente. Los nombres que la configuran (Sánchez Ferlosio, Ignacio Aldecoa, Carmen Martin Gaite, García Hortelano, Caballero Bonald y bastantes otros) «son tan diversos, tanto en su concepción de lo que es la literatura como en el proyecto político que de éste deriva, que no es conveniente meterlos en un mismo cajón estanco». Lo dice David Becerra en el prólogo a la última edición de La mina, la excelente novela de Armando López Salinas. De ese grupo tan amplio y diverso, los tres nombres que encabezan estas líneas son los más representativos de lo que se llamó -y todavía se llama- realismo social. O «realismo socialista», como también lo nombran otros estudios literarios. Ya saben: eso tan viejo de la lucha de clases. He leído a los tres con entusiasmo. Siempre. La crítica literaria -bueno, la más limitada, la menos dispuesta a tragar con discursos ideológicos conflictivos- despreció con una altivez casi enfermiza obras y autores que defendían una idea muy clara: si la literatura no se implica en lo que le pasa a la sociedad, para qué sirve. Para poco, digo yo. O para nada.

Una de las novelas más significativas de aquel tiempo es La piqueta, de Antonio Ferres. Había nacido en Madrid en 1924 y se fue al exilio a mediados de los años sesenta. Cuando tenía treinta y cinco años -en 1959- publicó esa novela, la primera de toda su larga y necesaria obra literaria. Regresó a España en 1976. Aquí ya nadie se acordaba del realismo social ni socialista, aquí nadie se acordaba de nada. El franquismo se heredaba a sí mismo en la literatura y en todo. Los tiempos estaban cambiando. Otra vez la pregunta: ¿hacia qué, en qué, para quién? Hace veinte años, la editorial Gadir empezó a recuperar a Antonio Ferres y todo lo que había escrito y seguiría escribiendo. En 2009 le llegó el turno a La piqueta. Esa edición desapareció de mis estanterías. La que manejo es de 2014, publicada para celebrar los noventa años del escritor. El 11 de abril de este 2020 falleció en Madrid. Como humilde homenaje le están dedicadas estas líneas.

Leer La piqueta hoy es como leer una crónica de lo que nos pasa ahora mismo. Cuenta un desahucio. A la manera de aquellos años. En el barrio madrileño de Orcasitas. Las chabolas. La gente que se iba de Extremadura y Andalucía a buscarse la vida lejos de la pobreza. Un día llega la orden de desalojo: van a destruir la casa de María y Andrés. Los nuevos tiempos están al llegar: «Yo digo que son los dineros los que tienen la culpa de tó, lo que te trae así de liá la vida», dice Andrés. Y ya casi acabando el libro, reflexiona la joven Juana, amiga de Maruja, la hija adolescente de la familia desahuciada: «Siempre nos machacan a los mismos, siempre nos toca a nosotros, pero la culpa es de esos hijos de su madre, de los que se figuran que siempre tiene que ser a nosotros€». Insisto: esto fue escrito en 1958 y publicado al año siguiente. No es una crónica periodística de ayer o de mañana. Las grandes novelas son adivinatorias. Cuentan lo que pasa cuando se escriben y resulta que eso es lo que estará pasando muchos años después, a veces siglos después.

Tengo La piqueta machacada de tantas lecturas. Llena de subrayados, de signos de admiración: como un calendario afectivo imborrable. No se me van de la cabeza el derribo a lo bestia de la chabola, los ojos asustados de la gente que no mueve un dedo porque está cagada de miedo. Y sobre todo: la huida de Maruja con el joven Luis para intentar otra supervivencia lejos del derrumbe. Tantos años después, mantengo lo que decía Santos Sanz Villanueva sobre la novela y sobre su amigo Antonio Ferres: el estilo del autor fue haciéndose más complejo, pero siempre mantuvo «la mirada desesperanzada acerca del mundo». O sea, más o menos como muchas miradas ahora mismo. ¿O no?

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