Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Los intelectuales y la política

«La denominación de intelectual sólo cabe atribuirse a aquellos que han producido teorías novedosas y de gran impacto por su originalidad para explicar los fenómenos sociales o culturales»

Los intelectuales y la  política

Los intelectuales y la política

La bibliografía sobre el papel de los intelectuales en la política es ya abundante. La historia cultural ha incidido en el tema desde finales del siglo pasado y especialmente desde la historiografía francesa donde el concepto de intelectual arraigó desde el final del siglo XIX. El caso Dreyfuss, oficial francés acusado de ser un espía en un ambiente antisemita, en cuya defensa escribió Emile Zola en su famoso alegato «J'Acuse», provocó una ingente cantidad de publicaciones a favor y en contra del capitán judío del Ejército francés que, después de la condena, fue exonerado y reincorporado al servicio activo, e incluso intervino en la I Guerra Mundial. La tradición continuó con Benjamin, Sartre, Camus, Russell, Berlín€ La historiografía anglosajona, en cambio, utiliza poco el concepto «intelectual» y prefiere el de «experto». Y es que, aunque se ha normalizado dicha denominación, dándola como sabida cuando se trata de delimitar su contenido, no queda claro a qué tipo de personas nos estamos refiriendo. ¿Quién es un intelectual? Si nos atenemos a la visión amplia de Gramsci, lo sería todo aquel que sabe expresar por escrito una opinión, una crítica o hacer un alegato. Así, la mayoría seríamos intelectuales, pero como señala Gisèle Sapiro la denominación nace en el siglo XVIII, con la Ilustración, como un adjetivo atribuido a distintos autores y se sustantiviza a finales del XIX, pero su utilización deviene ambigua porque abarca, en muchos casos, a todo productor de cultura (M. Fuentes & F. Archiles (eds.) Ideas comprometidas. Los intelectuales y la política (2018) Y en especial se aplica a aquellos escritores que intervienen en los asuntos públicos en nombre de una concepción de justicia, moralidad y libertad, como evidencian las obras de Michel Winock: El siglo de los intelectuales (2010) y Las voces de la libertad (2004) y de Wolf Lepenies ¿Qué es un intelectual europeo? (2008). También el franquismo tuvo sus intelectuales: véase el Dossier de Historia Social «Intelectuales en la España franquista» (núm. 79, 2014)

¿Podemos calificar de intelectual a los columnistas que habitualmente intervienen en los medios para opinar o criticar cualquier aspecto de la realidad social o política? ¿A los novelistas, ensayistas, historiadores, filósofos, sociólogos, economistas, filólogos, juristas, psicólogos€ e incluso a los físicos, biólogos, químicos, matemáticos que intervienen en los debates políticos y sociales, le atribuimos tal condición? Las dos culturas (1959) de las que hablaba C.P Snow o la clasificación de Seymour Lipset sobre los tipos de intelectuales dan una idea de la complejidad del tema (Consensus and Conflict, 1985). Una simple estadística nos dice que, aproximadamente cada semana, se publican unas 70 columnas de opinión en los diarios y digitales españoles, lo que nos da un resultado aproximado de 240 mensuales. La mayoría pasan desapercibidas y, por lo general, se leen aquellos autores consagrados en los medios de mayor difusión o prestigio. También podríamos aplicarlo a pintores, escultores o compositores, entre otros, que adquieren una presencia pública significativa para opinar sobre los asuntos que constituyen elementos de atención en nuestras sociedades por su capacidad de resonancia. Es la dimensión amplia que le da Alain Minc en Una Historia Política de los Intelectuales (2012) o Paul Berman con La huida de los intelectuales (2012). Si a partir de la Ilustración los intelectuales iban ocupando el papel de los clérigos como transmisores de análisis sociales y políticos, en la actualidad su número ha adquirido una dimensión tal que hace difícil distinguir el grano de la paja. La obra de Julien Benda La traición de los clérigos (edición en español de 1951 y original de 1927) critica la pérdida de los valores universales de los intelectuales a favor de la búsqueda de reconocimiento popular. Por ello he considerado que la denominación de intelectual sólo cabe atribuirse a aquellos que han producido teorías novedosas y de gran impacto por su originalidad para explicar los fenómenos sociales o culturales. A los demás podemos considerarlos eruditos, sin que ello suponga una rebaja de sus capacidades intelectuales o creaciones artísticas. Ya he señalado en otras ocasiones lo que le contesté a un antiguo subsecretario de la Generalitat Valenciana que me dijo que él era más intelectual que político. Le pregunté donde vivía y me contestó que en Castelló. Entonces, con sarcasmo y un poco de boutade, le dije: «Imposible, en Castelló no hay intelectuales». Existen buenos eruditos, investigadores y profesores, pero los intelectuales viven normalmente en Berlín, Londres, Oxford, Cambridge, Paris, Roma, Estocolmo, New York, California, Buenos Aires, Sídney, Toronto y algunas otras pocas ciudades. Es decir, en lugares con plataformas editoriales y lugares donde exponer sus teorías.

Compartir el artículo

stats