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Picasso y Óscar Domínguez unidos por un objeto surrealista

Barcelona acoge una exposición que tiene como punto de partida un gramófono que el artista canario creó en 1938, cuyo paradero era desconocido hasta ahora

Picasso y Óscar Domínguez unidos por un objeto surrealista

Picasso y Óscar Domínguez unidos por un objeto surrealista

En marzo de 1928, Lluís Montanyà, Sebastián Gasch y Salvador Dalí publicaron bajo el auspicio de la revista L'Amic de les Arts, el Manifiesto amarillo (Manifest Groc) que sacudió el mundo cultural catalán. La Gaceta literaria de Madrid se subscribió a todo su contenido y Federico García Lorca, que participó activamente en los comienzos de este manifiesto junto a Salvador Dalí, lo tradujo al castellano en su revista granadina Gallo, ese mismo año. El Manifiesto amarillo defendía el antiarte influenciado por la revista Esprit Nouveau publicada por Le Corbousier y Amadée Ozenfant entre 1920 y 1925 que con su manifiesto purista equiparaba la belleza del Partenón a la belleza del diseño de los automóviles. Los tres autores, dos críticos y un pintor moderno, defendían el maquinismo, un estado del espíritu post-maquinista creado por los artistas antiartísticos y una retahíla de hechos de intensa alegría y jovialidad que reclamaban la atención de los jóvenes de entonces.

'Jamais', perdido, encontrado

En estos años previos a la participación de Salvador Dalí dentro del grupo surrealista, la defensa del gramófono que servía para escuchar jazz y bailar bajo la luz de la velocidad del tiempo, se hace especialmente relevante. Todos los modernos habían de tener un gramófono. Óscar Domínguez también tuvo el suyo pintándolo en París en 1933 en su óleo Recuerdo de mi isla. Una de las piezas fundamentales de Domínguez y que hasta ahora se encontraba en paradero desconocido es su gramófono titulado Jamais expuesto en 1938 en la Exposición Internacional del Surrealismo celebrada en la Galerie Beaux-Arts de París. El gramófono Jamais se incorpora a la larga lista de objetos realizados por Domínguez y que se engloban dentro del término conocido como Objeto encontrado, l'Objet trouvé surrealista y que provenían de los ready-made de Marcel Duchamp.

La exposición que se inauguró en el Museu Picasso de Barcelona el pasado 15 de julio «Jamais. Óscar Domínguez & Pablo Picasso» muestra el gramófono ahora encontrado después de setenta y dos años. El Objeto encontrado, encontrado. Los dos comisarios de la exposición, el director del Museu Picasso de Barcelona, Emmanuel Guigon y el escritor y filósofo Georges Sebbag, experto como Guigon en el surrealismo internacional fueron los que siguieron la pista de algunas fotografías que los llevaron hasta su encuentro. Lo explican en el hermoso catálogo que el estudio de Ricardo Feriche, el mismo que ha diseñado la exposición, ha publicado: «Hacía ya tiempo que habíamos perdido el rastro del gramófono Jamais [Nunca], el objeto surrealista de Óscar Domínguez que causó sensación, en enero de 1938, en la Exposición Internacional del Surrealismo celebrada en la Galerie Beaux-Arts de París. Sin embargo, hace poco, el simple análisis de un reportaje fotográfico realizado en 1947 por Nick de Morgoli en el estudio parisino de Pablo Picasso nos ha permitido establecer que el pintor del Guernica tuvo realmente en su posesión el célebre gramófono. Una vez comprobado que el objeto surrealista no se había volatilizado y que pasó de las manos de Domínguez a las de Picasso, tan solo nos quedaba descubrir la identidad de su actual feliz propietaria: Catherine Hutin, la hija de Jacqueline Picasso». Efectivamente, en las fotografías de Morgoli del estudio de Picasso sale el gramófono bajo una mesa y en otra, el propio Picasso posó para él con el objeto a sus pies.

Jamais cumple con los requisitos del objeto encontrado: un objeto, en este caso el gramófono, ha sido modificado para ser una creación artística: la gran trompa u oreja de la que sale el sonido, engulle a una mujer cuyas piernas terminadas en zapatos de tacón aun sobresalen; la terminación posterior del gramófono se ha ablandado y la aguja que perfila los surcos de un disco, se ha convertido en un brazo cuya mano sugiere el roce o la acaricia constante de los pechos desnudos que giran sin parar en el plato de la máquina. Todo pintado de blanco. Esa mano que acaricia casi sin querer un seno, ya la había situado Domínguez en su Autorretrato de 1933. Algunos historiadores también han hablado de nalgas en lugar de senos, a partir de las fotografías existentes. La narración puede ser diferente según el ojo que mire este objeto: la mujer no necesariamente ha sido engullida -lo que sugiere un acto de violencia por parte del gramófono que adquiere así cualidad humana-, sino que podría haberse introducido voluntariamente, como un objeto sexual, para convertirse ella misma en música. Sea lo que fuere, la impactante imagen proviene de ese encuentro fortuito entre una máquina de coser y un paraguas sobre una mesa de disección que tanto influyó en Domínguez y en todos los surrealistas. La dialéctica de la mujer y el gramófono no solo participó en esta obra. Hemos visto que en Recuerdo de mi isla, entre el gramófono que corona la composición y la mujer que se alza sobre la pata amorfa del piano hay una unión de nervios blandos que salen de la máquina y penetran a la mujer por detrás saliendo la dureza hacia delante como si fuera una erección masculina tapada por el vestido de ella. En la tinta que Domínguez entregó a André Breton Le souvenir de l'avenir [El recuerdo del futuro] para publicarla en su libro de 1938 Trajectoire du rêve, también se plantea esta relación que Guigon y Sebbag ven así: «En el horizonte se perfila un cisne, y en primer plano observamos una especie de mueble curvado y oblongo, coronado por un gramófono y que sirve de pedestal a un ser, medio mujer medio cisne, que lleva un vestido en forma de pabellón de gramófono. Pues bien, si combinamos mentalmente el gramófono y su bocina con esa criatura femenina de cuyo vestido acampanado surgen, por un lado, los pies arqueados y, por el otro, un brazo acodado, obtenemos de forma totalmente precisa el célebre objeto Jamais». Tanto el objeto como el dibujo son imágenes oníricas que desvelan aquello que los surrealistas buscaban, el encuentro fortuito.

En la Exposición Internacional del Surrealismo celebrada en la Galerie Beaux-Arts de París, Domínguez, además de Jamais, presentó un maniquí, tres telas, decalcomanías y tres objetos (Le Tireur [El tirador], Brouette [Carretilla] y Larme [Lágrima]). El Diccionario abreviado del surrealismo, que hace las veces de catálogo de la muestra, reproduce el objeto Jamais para ilustrar la letra J y el objeto Larme para ilustrar la letra L. También se incluyen el cuadro Les Quatre saisons [Las cuatro estaciones] y el objeto L'Exacte sensibilité [La exacta sensibilidad]. Los organizadores de la muestra fueron André Breton y Paul Éluard contando con el Generateur-arbitre, Marcel Duchamp, los «asesores especiales» Salvador Dalí y Max Ernst, el «maestro de luces» Man Ray y el responsable de «aguas y matorrales», Wolfgang Paalen. Jamais ocupa un lugar especial dentro del gran salón donde fue expuesto, La chambre Cauchemar [Sala de la pesadilla], al lado de obras de Paalen, una cama dormitorio con su mesilla de noche sobre la cual, Jamais gime música sensual. Colgando de las paredes, cuadros, y a los pies de la cama, una silla cubierta de hiedra y vegetación acuática. El suelo cubierto de arena y hojarasca otoñal. Todo bajo una luz muy tenue. Si la exposición tuvo una gran repercusión mediática, la obra de Domínguez destacó en algunos de los reportajes que se hicieron en diferentes revistes como Life, Voilà, Le Rire, etc.

El pintor André Lothe, desde Ce Soir escribe: «Poetas, pintores y escultores surrealistas han expuesto sus mejores obras, cuyos atractivos cautivan a un público ya conquistado, así como objetos, algunos de ellos, como Jamais de Domínguez -en el que una mano acaricia unos pechos giratorios a la sombra de una bocina de gramófono que engulle un cuerpo de mujer- realmente hipnotizantes». Los curadores destacan también un dibujo satírico de Isáyev: «Au salon des surréalistes [En el salón de los surrealistas], publicado en Le Rire del día 4 de febrero, que constituye una síntesis perfecta de la exposición. El dibujo resulta también especialmente valioso porque en él descubrimos que el cuadro central de la pared derecha reproduce con bastante fidelidad la tela Figure de Picasso de 1929 de la colección Georges Wildenstein».

Uno de los autores del Manifiesto amarillo con el que comenzamos esta reseña, el crítico de arte Sebastián Gasch conoció muy bien a Óscar Domínguez en los años cuarenta en París cuando Gasch, exiliado, se refugió allí. Lo frecuentó a menudo, en su taller y en la tertulia de la taberna Les 4 Sergents, donde se reunía Domínguez con Antoni Clavé, Pedro Flores y otros pintores dados a las juergas y un más comedido Grau Sala que lo retrató en 1948. En los cuarenta, la relación de Domínguez con Picasso fue muy estrecha, tanto, que se habla de la obra posterior de Domínguez como si fuese hecha a la manera del malagueño. En 1957, Picasso se dejó fotografiar por André Villers a la manera de Domínguez: exuberante, estentóreo con nariz de payaso. Picasso conservó Jamais hasta su muerte.

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