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Popper y la sociedad abierta

Vino a decir Albert Einstein que la velocidad contrae el tiempo y el espacio. La situación creada por la pandemia que azota el mundo sin que aún se haya encontrado un remedio produce el efecto contrario: el tiempo se ha dilatado y el espacio parece mayor al poder ser explorado con más serenidad. La situación de reclusión y la generalizada limitación de movimientos aumenta las posibilidades de visitar los otros mundos que, como dijo Paul Éluard, están en este.

Así pues, encontré hace poco el momento propicio para sumergirme en los dos volúmenes que contienen La sociedad abierta y sus enemigos, de Karl Raimund Popper, en la muy interesante colección de pensamiento de Planeta-Agostini. Esta obra de Popper analiza históricamente las diversas teorías sobre el Estado y la política para rebatir la defensa de la razón de Estado y la tiranía que hicieron filósofos tan importantes como Platón, Aristóteles o Hegel, y también el determinismo histórico común a ideologías como el fascismo y el marxismo, que él denomina «historicismo».

Confieso que he encontrado un verdadero placer en la lectura de esta obra de Popper, publicada por primera vez en 1945 y que ha iluminado el pensamiento político desde la posguerra hasta la actualidad. Es impresionante el nivel de erudición y la agudeza que exhibe el autor con un lenguaje transparente y efectivo. Al analizar el pensamiento de un gran enemigo de la sociedad abierta como Aristóteles recuerda frases del filósofo que hoy sencillamente escandalizan: «Algunos hombres son libres por naturaleza y otros esclavos, y para estos últimos la esclavitud es tan oportuna como justa». «El esclavo se halla enteramente desprovisto de toda facultad de raciocinio en tanto que las mujeres libres la tienen en muy escaso grado».

Tampoco muestra una gran estima por otro gran enemigo de la sociedad abierta, como Hegel, a quien considera «el eslabón perdido, por así decirlo, entre Platón y la forma moderna del totalitarismo». Expresa su acuerdo con Schopenhauer, quien califica a Hegel de «charlatán de estrechas miras, insípido, nauseabundo e ignorante, que alcanzó el pináculo de la audacia garabateando e inventando las mistificaciones más absurdas».

Popper siempre analiza la figura de Marx con simpatía, pero critica su indefinición sobre la violencia y la creencia utópica en la superación del Estado: «Su ingenua presunción de que en una sociedad sin clases el poder del Estado habría de perder su función ‘marchitándose’ muestra bien a las claras que Marx nunca captó la paradoja de la libertad y que tampoco comprendió la función que el poder estatal podía y debía cumplir al servicio de la libertad y la humanidad».

Con el historicismo, Popper combate lo que llama «teoría conspirativa de la sociedad», que tan presente ha estado en todas las épocas. «Que existen conspiraciones no puede dudarse», dice. «Pero el hecho sorprendente es que son muy pocas las que se ven finalmente coronadas con el éxito. Los conspiradores raramente llegan a consumar su conspiración». Hoy en día sigue estando en boga la teoría conspirativa y no son pocos los que ven tentáculos de fuerzas siniestras en el fruto de sus propios errores. Por eso conviene recordar que hay vicios políticos que se curan leyendo. Por ejemplo a Popper.

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