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El arte del tacto

Vicente Ortí y María Álvarez es la doble apuesta de Alba Cabrera para esta temporada "distinta" donde será más imprescindible que nunca la mediación artística

el arte del tacto

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Cuando hace tres años la Fundación Bancaja montó «Vicent Ortí. L’intèrpret de la matèria», un amigo que había sido alumno del escultor de Torrent en la Facultad de Bellas Artes de València me confesó que fue su mejor profesor y que sus clases no se las perdía nadie, mérito añadido para alguien que perdió por completo la audición de ambos oídos a los nueve años por una meningitis. «Como no usaba muchas palabras mis clases eran muy plásticas», reconoce Ortí en la galería Alba Cabrera, donde se exponen muchas de aquellas obras que se vieron en el centro cultural. Hace dos años que se jubiló de las clases después de veintidós de docencia. «Antes venían más preparados. Ahora solo vienen a por el título», se queja de los últimos estudiantes, al tiempo que ironiza sobre que muy pocos de sus alumnos no hayan optado por la escultura, «mejor, mejor, así somos pocos».

El espacio de las dimensiones requiere atención especial, por eso Ortí acaricia sus piezas una y otra vez. El sentido de sus manos le ha hecho crear una obra particular donde la elección de la materia prima es la decisión principal. Madera, hierro o piedra se convierten en obras de arte tras pasar por sus manos. De todos los sentidos, el tacto es el menos investigado pese a ser el más primitivo y disponer de millones de células somatosensoriales. Ahora que los tiempos pandémicos impiden el contacto, Ortí inaugura la temporada de Alba Cabrera donde Graciela Devincenzi ha puesto sus totems para que se vean desde la calle. Reconoce que ha vuelto a la piedra, un material con el que mantiene una pasional relación. Sus últimos trabajos son sobre roca y sigue yendo todos los días al taller -«mañana, tarde y noche»- a la afueras de Torrent donde nació en 1947. «Pero no es muy metódico», explica su hijo Samuel que ha heredado el oficio y es el que más lo conoce, al que el escultor siempre acude con la mirada cuando no atisba la comprensión de los labios de su interlocutor.

Está en forma y advierte: «tengo material para diez años». Cuando le preguntas si está pensando en otras exposiciones se gira hacía Graciela Devincenzi. Reitera que «hay que acariciar, percibir por el tacto». Columnas, arados, variaciones, totems, falos, máscaras, espirales, abrazos o guerreros. Un catalogo de influencias que parten desde el originario paisaje de l’Horta y pasa por los esqueletos urbanos europeos, con parada incluida a les fascinantes dimensiones africanas.

«El proceso de realización de mi obra está fuertemente relacionado con la materia -sostiene Ortí-. Mis obras no nacen de la materialización de bocetos ni de ideas preconcebidas, surgen de ‘encuentros’ con la materia, porque como yo siempre digo: yo no busco, encuentro. No busco material para desarrollar una idea, para transformarlo en algo ajeno a él. En mi continuo caminar voy encontrando objetos y materiales que me cuentan cosas, que me sugieren formas. Intento preservar al máximo la fuerza y el poder evocador de la materia mediante una mínima intervención que le dota de nuevos significados. Así la materia, no es el medio sino un fin en sí misma».

Escribe Martí Domínguez en el catálogo de la muestra de Bancaja que se puede aludir a la obra de Ortí sin indicar que está sordo. «Y, sin embargo, es precisamente este hecho diferencia lo que a mi parecer lo hace tan singular, por haber desarrollado una sensibilidad especial en el momento de relacionarse con los objetos, de coleccionarlos, estudiarlos y de interpretarlos», dice. No seré yo quien rebata una verdad científica como la argumentada por el maestro Domínguez, no solo porque tiene razón, sino porque hay que estar solo un minuto con el escultor Ortí para saber que su déficit auditivo es el superávit de un artista extraordinario.

María Álvarez expone en el altillo de Alba Cabrera. La valenciana exhibe sus paisajes minimalista de plano recto. Ecosistemas vegetales infinitos recogidos con una luz delicada que conviven con el bosque de entrada de Ortí. Todo un escenario abierto al arte.

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