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El siglo de Orwell

Se cumplen 70 años de la muerte de un escritor fundado sobre la observación y los hechos. Eric Arthur Blair (Motihari, Raj Británico, 25 de junio de 1903-Londres, Reino Unido, 21 de enero de 1950), más conocido por el seudónimo de George Orwell, fue un pionero de las novelas distópicas

Orwell

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No podía dejar que acabase el año sin saludar, como es debido, la figura de George Orwell que nació inglés en la India de madre birmana y que ya para siempre se le pegaría a las botas el polvo de muchos caminos, las enrevesadas sendas de nuestra Guerra Civil o las veredas de su retorno a la campiña inglesa. Se cumplen 70 años de la muerte de un escritor fundado sobre la observación y los hechos: descubre la banalidad del mal antes que Hanna Arendt y el profundo odio del nazismo a la ética cristiana mucho antes que Rosa Sala. Su relato Matar a un elefante hace llorar a dos estudiantes españoles que lo escuchan.

A los 19 leí Homenaje a Cataluña. Hay una escena clave, un nudo donde se cruzan y revelan los sentidos. Los compañeros de trinchera visitan a Orwell en el hospital donde convalece de una herida de bala en el cuello. No caen en la cuenta de que ni ellos hablan inglés ni Orwell domina el castellano. Se produce el encuentro. Incomodidad y silencio. Sonrisas pendejas. Miraditas. El final es de traca: los milicianos le dejan junto a la almohada su más preciado y escaso bien, el paquete de tabaco, y salen volando sin decir nada.

Me eché a llorar y ya para siempre sería de la Cofradía del Larguirucho. Incluso escribí un Dietari de guerra sin saber que una compilación de crónicas de Orwell lleva el mismo título. Orwell desoyó la advertencia de Nabokov de no permitir que el arte entre en contacto con la política. Why not?

La mentira es muy lenta porque hay que repasarla y planchar sus greñas cada tanto. Por eso siempre le alcanza la verdad, tarde lo que tarde, incluso demasiado tarde. A pesar de eso, el siglo XX –que termina con la caída del Muro de Berlín– «se distinguió por el desdén del intelectual por la verdad objetiva».

La «policía del pensamiento» fue leninista antes que estalinista, nazi o políticamente correcta. Mucho antes de la postverdad, los conspiranoicos y Donald Trump, unos pocos fieles a León Trotsky temblábamos de exaltada esperanza porque, tal vez, de haber ganado el judío listo y culto todo hubiera sido muy distinto, pero el camino llevaba a la misma caseta de salida. Las actuales patrañas de las sectas evangélicas tuvieron un abuelo bolchevique.

A partir de la lucha por la Telefónica de Barcelona (1937), Orwell acosaría al totalitarismo desde todos los ángulos, pese a su mala salud o gracias a ella. Según mi Oxford Pocket smart es como clever pero connotado por un factor de elegancia ¿Qué es el valor (el físico y el moral) sino elegancia bajo presión? El smart Eric Blair se había buscado un rival de su talla.

Siempre he sospechado que la ficción en Orwell no tendría la altura magnífica y desprejuiciada, la visión diáfana, la confianzuda y oportuna ironía de sus artículos y ensayos breves. De sus testimonios. Harold Bloom es uno de esos tipos que se dedican a pesar los miligramos de inmortalidad que contienen diversos excipientes literarios y es concluyente y estirado: «no hay nada intrínseco en el libro –habla de la novela 1984– que asegure su importancia en el futuro». Pues qué bien.

En esto como en casi todo, George Orwell caminaba solo y con el paso cambiado. Con frecuencia la mejor literatura salta en un cuadrito de situación o del retrato de un cantamañanas. Siempre con esa soltura y aparente facilidad del cronista de ley. Aunque se va reparando el desperfecto, sus volúmenes de prosa real no tenían mercado español y, en su día, leí una recopilación en catalán donde Orwell nos lleva, con regocijo imperturbable, a un congreso de escritores en el que un buen señor reivindica su derecho a producir pornografía y los autores serios compiten por ser los más fieles a la línea del Partido. Puede que su mejor literatura sea periodística, no sería el primer caso. Y Orwell lo sabía.

El comunismo es una pesadez, sin duda, pero en los 80 contrajimos el jolgorio postmoderno y ahora ya es una infección generalizada. Nuestro hombre que hablaba sin empacho de «virtudes militares» y que está enterrado en All Saints’ Church (aunque no iba a misa) tenía, en efecto, «algo primitivo» vinculado al valor y la decencia. Por eso y con Hitler como excusa dice: «los seres humanos quieren seguridad y comodidad (···) pero también quieren lucha y autosacrificio, por no mencionar tambores, banderas y desfiles que afirman la lealtad».

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