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Los territorios del horror

Una novela de 1925 que tiene que ver con lo que ahora está pasando en todas partes

Una novela de 1925 que tiene que ver con lo que ahora está pasando en todas partes

Una novela de 1925 que tiene que ver con lo que ahora está pasando en todas partes

«Las palabras que llegarán al lector no podrán ni siquiera dar una idea de la espantable naturaleza de lo que vislumbramos». Es un párrafo de En las montañas de la locura, una de las novelas más conocidas de H. P. Lovecraft. El autor estadounidense es un maestro de las historias de terror. Nada conocía, sin embargo, de Charles-Ferdinand Ramuz, un escritor nacido en Lausanne en 1878 y fallecido en Pully, ciudad también suiza, en 1947. Fue uno de los más importantes escritores suizos de su tiempo. Y, entre sus obras, destaca sobre todo El Gran Miedo en la montaña. Esta novela entraría claramente en el marco genérico de las novelas de terror. Un enemigo desconocido vive en la montaña, como en tantas películas de los años cincuenta. Como en la novela de Lovecraft que cito al principio de estas líneas. Como en los sueños convertidos en pesadillas después de trajinarte una peli de sustos en la tele en vez de irte a la cama o quedarte en el sofá con un buen libro que no sea de miedo.

Pero el motivo de traer a Posdata esta novela no tiene que ver, sólo, con el hecho de que sea una excelente novela, que lo es. El motivo principal tiene que ver con la pandemia que azota el mundo entero provocada por el Covid-19. Una novela publicada en 1925 que tiene que ver con lo que ahora está pasando en todas partes. Pues sí. Y hasta unos detalles que me han provocado, al leerlos, una especie de extraña inquietud, una necesidad de volver a la solapa del libro para confirmar que, efectivamente, la novela fue publicada en ese año tan lejano y no cuando el pangolín se puso a hacer diabluras hace tan sólo unos meses. La buena literatura siempre es anticipatoria. Por eso ya he dicho que El Gran Miedo en la montaña es una gran novela, y no sólo si la consideramos como una novela de terror.

Una pequeña aldea en los montes suizos. Una comunidad dividida entre los jóvenes y los viejos. Una zona en la montaña que hace tiempo está abandonada y los pastos son necesarios para la ganadería. Hay que recuperar esos pastos. Los viejos del lugar dicen que no, que allí pasó muchos años atrás una catástrofe y mejor no remover los fantasmas del pasado. Los jóvenes ganan la votación: «Cuando la juventud se hace presente, pone de relieve al mismo tiempo a los hombres que tienen sus ideas; y las ideas de la juventud son que sólo ella tiene razón, ya que tiene instrucción, mientras las personas viejas apenas saben leer y escribir». Un grupo sube, pues, a la montaña con el ganado. Y allí, un pasado de horror regresa en la forma de una enfermedad desconocida, algo que se parece a la peste, contagioso, que deja a su paso un reguero de muertes directamente o en la huida montañas abajo. Desde el pueblo suben las ayudas. Llegados arriba, se visten los de la ayuda con ropajes seguros, se cambian el calzado, repiten de pe a pa lo que ahora mismo nos dicen que hemos de hacer cuando hemos estado o vamos a estar en contacto con el bicho o las posibles personas infectadas. La historia se repite. El horror no descansa. Las decisiones humanas, demasiadas veces, nos acercan con sus fallos -en muchas ocasiones, con sus intereses canallas- a los territorios del miedo.

Lo más importante de la historia es cómo se establece la relación entre la gente del pueblo y la de la montaña. Los infectados son proscritos. Se forman a la entrada del pueblo piquetes de vigilancia para impedir la entrada de esos proscritos. ¿No les suena esto cuando pensamos en lo que pasa ahora mismo? No me estoy inventando nada. Lo cuenta tal cual yo lo cuento esa novela que fue publicada en 1925 y que a lo mejor se basó en la famosa y terrible pandemia del año 1918. Poco aprendimos desde entonces, si hacemos caso a lo que está sucediendo con el igualmente terrible virus que nos invade. Y en la última página: «No se pueden contar todos los muertos que hubo en el pueblo, porque vino una mala gripe; y mientras los animales reventaban en la paja, nosotros lo hacíamos en la cama…». La desolación como huella de ese acontecimiento que desapareció de la memoria de las gentes: «Ni trazas de hierba, ni trazas del refugio. Todo fue cubierto por las piedras… Y nunca más, desde aquel tiempo, se escuchó allá arriba el ruido de los cencerros. Y es que la montaña tiene sus propias ideas, la montaña tiene su voluntad». Estamos destrozando sin remedio esas ideas. El progreso capitalista se convierte en un rotobator que destroza lo que se le pone por delante. Y un día, el rotobator se encalla en una piedra y al levantarla nos salta a la cara El Gran Miedo en la montaña… 

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