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La metáforay el Sacro Imperio Romano Germánico

Barbara Stollerberg-Rilinger 
y Francisco Sosa Wagner.  pd

Barbara Stollerberg-Rilinger y Francisco Sosa Wagner. pd

La buena poesía se valora por la capacidad de producir metáforas inéditas, esas que te descubren mundos nuevos que no preveías. Aún, después de años, recuerdo, por ejemplo, alguna de Neruda: «Estoy cansado de una gota/ herido en solamente un pétalo/ y por el agujero de un alfiler corre un río de sangre sin consuelo». También hay libros que sin explicitarlo son una metáfora de lo que estamos viviendo. Así, si nos adentramos en el ‘Gracia y desgracia del Sacro Imperio Romano Germánico. Montgelas: el liberalismo incipiente’ (Marcial Pons, 2020) de Francisco Sosa Wagner nos parecería que estamos ante un estudio erudito del final del Sacro Imperio entre finales del siglo XVIII y principios del XIX y sobre la figura del político de Baviera, Maximilian Joseph Freiherr von Montgelas, que tuvo que enfrentarse a los efectos de la Revolución Francesa y a la expansión napoleónica por Europa para intentar las reformas jurídicas y sociales que pudieran adaptarse a unos tiempos en que se vislumbraba el cambio de las estructuras políticas contemporáneas. También es una historia de Baviera. El centro geográfico de Europa estaba dividido en múltiples unidades políticas entre las que la católica Austria ocupaba un papel preponderante, y donde despuntaría Prusia, que protegería a los príncipes y nobles protestantes frente a los Habsburgo para acabar unificando y hegemonizando Alemania (el Reich alemán de 1871-1918), que se convertiría en una potencia competidora del Imperio dual Austrohúngaro.

La metáfora y el Sacro Imperio Romano Germánico

Aquella agrupación política tiene sus raíces en el Imperio Carolingio que desaparece en el año 843, cuando Lotario, Luis el Germánico y Carlos el Calvo, nietos de Carlomagno, llegaron a un acuerdo a la muerte de su padre -Ludovico Pío- para dividirse el territorio en el Tratado de Verdún y delimitar lo que le correspondía a cada uno, lo que configuraría, a la larga, tres realidades políticas, Francia, Alemania-Austria y la Europa Oriental, e Italia. En la Europa Central entre 1157 y 1254 se constituyó el Sacro Imperio como una reedición del Imperio Romano bajo el dominio del cristianismo, con fronteras cambiantes a lo largo de los siglos. Fue la Casa de los Habsburgo, que monopolizaría el cargo de emperador a partir del siglo XV, y alcanzó con Carlos V su máxima extensión, pero nunca fue un proyecto de Estado. Había reinos grandes como Baviera, Sajonia o Prusia y otros pequeños como Weimar, además de señoríos y ciudades, unas trescientas cincuenta unidades, y su relación feudal con el emperador fue deteriorándose a partir de la Paz de Westfalia, en 1648. El emperador era elegido por los príncipes electores con derecho a voto: los tres arzobispos renanos de Maguncia, Colonia y Tréveris, el rey de Bohemia, el Conde del Palatinado, el Duque de Sajonia y el Marqués de Brandeburgo y posteriormente el Duque de Baviera. Como señala la historiadora alemana Barbara Stollerberg-Rilinger en ‘El Sacro Imperio Romano-Germánico: una historia concisa’ (La esfera de los libros, 2020) no está claro por qué eran solo estos los electores. La trayectoria del Sacro Imperio estuvo marcada por disputas y guerras como la de los 30 años, reivindicaciones campesinas contra los derechos feudales, enfrentamientos religiosos entre protestantes y católicos, e injerencias de las otras potencias europeas en los asuntos internos de las unidades imperiales, para terminar Napoleón derrotando a austriacos y prusianos. En agosto de 1806 Francisco II de Austria declaró la disolución del Imperio y Napoleón estimulaba una Confederación Germánica. La historiografía alemana ha virado desde una defensa de su estructura, por considerarla un espacio de libertad comercial con la construcción de una cultura común, hasta, por el contrario, señalar la dificultad para establecer un Estado, como reclamaban algunos de sus principales teóricos como Fichte o Herder, el teórico del nacionalismo esencialista: «Solo a través de la cultura que implica la lengua puede un pueblo salir de la barbarie».

Del estudio de Sosa Wagner, catedrático de Derecho Administrativo, se puede extraer la metáfora de la actual situación de la Unión Europea. Estuvo en el Parlamento europeo como eurodiputado y ha estudiado y publicado diversos libros sobre el Derecho Público alemán y su influencia en la legislación española. Si Europa camina hacia una confederación como la actual, donde el poder de los Estados que la constituyen acentúa sus peculiaridades culturales, históricas y administrativas sin considerar la existencia de un poder federal que se imponga por encima de ellos, el resultado será que la UE se parezca al Sacro Imperio y eso va en contra de una Europa unida que algún día constituya una plataforma política por encima de los intereses de sus componentes. No se trata de caer en el optimismo de Nicolás de Condorcet en 1974 que antes de ser detenido escribió escondido del terror revolucionario: ‘Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano’. Cuando existen demandas para establecer una estructura descentralizada descubrimos que también los estados federales, que abundan en el contexto mundial, tienen déficits tan agudos como los unitarios. Si Francia es un Estado unitario y Alemania federal, si España está entre uno y otro y escorándose cada vez más hacia un federalismo asimétrico, todos ellos, en mayor o menor medida, tienen problemas de engarce administrativos, social y territorial. Ningún sistema está exento de contradicciones internas cuando se trata de resolver la conjunción de los departamentos, länder o autonomías, sin remontarse a EEUU, Canadá, Brasil, México o Argentina. Sin una autoridad que se mantenga por encima de los estados en aquellas decisiones que le son propias, Europa podrá repetir, a su modo, el Sacro Imperio Romano Germánico con los ‘brexits’ correspondientes.

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