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L'enfant terrible

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Si hay un autor al que se le puede otorgar sin miedo a la exageración la etiqueta de ‘enfant terrible’ es Howard Chaykin (Newark, 1950). Con 50 años de profesión a las espaldas, ha demostrado tanto su interés por la renovación de la narrativa de la historieta desde la investigación de los clásicos, como su afilada capacidad para la provocación, con obras donde su compromiso político y personal brilla siempre acompañado de una ácida ironía y una buena dosis de humor negro y mala leche. Obras como ‘American Flagg!’ resultan casi proféticas, alertando de una sociedad aletargada por los medios de comunicación y una política corrupta más preocupada en las audiencias que en el ciudadano. Y son, también, un ejemplo de apuesta decidida por un cómic adulto que marcó el camino posterior de autores como Frank Miller o Alan Moore.

Con fama de autor incómodo para las editoriales, siempre crítico con el estado actual del cómic americano (ahí tienen ese manifiesto indignado contra el maltrato de la profesión que es ‘Hey, Kids!’), es indudable que Chaykin ha mantenido una coherencia creativa e ideológica intachable a lo largo de su extensa carrera, que se puede comprobar con dos obras suyas que llegan casi simultáneamente a las estanterías de las librerías. ‘Flores del cielo, espadas del infierno’ (Yermo editorial, traducción de Alberto Díaz) parte de un guion original de Michael Moorcock, que entronca la historia dentro de la saga de Erekosë. El mítico escritor inglés, creador de personajes tan reconocibles como Jerry Cornelius o Elric de Melniboné, destacó precisamente por una concepción particular de la fantasía heroica que inspiró a toda una generación de autores británicos entre los que se encuentran Bryan Talbot o Alan Moore. Una forma de entender el género que es muy adecuada para el estilo que estaba desarrollando Chaykin a finales de los años 70 con obras como ‘Cody Starbuck’, practicando una suerte de hibridación entre la Space-opera y la fantasía, donde destaca una concepción barroca y preciosista de la composición de página y una clara apuesta por la reflexión política desde el género. El peculiar tono en primera persona que adopta Moorcock en esta obra es ideal para reflexionar sobre el papel de ese «campeón eterno» que protagoniza todas las obras del escritor, un héroe poliédrico y de múltiples facetas, que encuentra en Chaykin un artista idóneo. La fuerza narrativa y el espléndido uso del color imprimen a la obra un tono épico espectacular, vibrante y dinámico, apoyado en un seguido de referentes cinematográficos que convierten a esta cómic en puro goce visual con el que deleitarse y recrearse.

40 años después, Chaykin sigue trabajando para la industria americana del cómic y, aunque su estilo haya evolucionado y cambiado, es evidente que sus intereses no: ‘Satellite Sam’ (Dolmen editorial, traducción de Lorenzo Díaz) recoge en un solo volumen esta miniserie creada sobre guion de Matt Fraction. El ganador de un buen puñado de premios Eisner y Harvey con su trabajo con David Aja o Salvador Larroca crea un relato que se adapta como un guante al estilo del dibujante, poniéndole en bandeja una historia sobre la corrupción de los medios de comunicación en la década de lo 50. La investigación de la muerte de una de las estrellas de los shows en vivo que lanzaba la televisión de la época es el punto de partida más adecuado para que Chaykin se sienta como pez en el agua. Con evidentes conexiones con su famosa y polémica ‘Black Kiss’, dibujante y guionista bucean sin misericordia en las miserias y perversiones del poder cinematográfico, en una obra tan entretenida como divertida.

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