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! No es el futuro, idiota, es ahora mismo !

idiota,

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Vivimos tiempos propicios para la literatura pálida. Ni chicha ni limoná. Esa literatura que encontramos al lado del jamón york, los pijamas de temporada y las lavadoras con más botones digitales que una nave de la NASA. Lees uno de esos libros y notas que al pasar las páginas se te pegan los dedos, como si estuvieras acariciando, antes de zampártela, una grasienta pieza de charcutería. Puedes leer esa literatura con toda la tranquilidad del mundo: cuando cierres el libro que la sustenta tendrás la cabeza tan vacía como antes de empezarlo. O más. Es la literatura que defendía, entre otros de sus colegas, el popular escritor estadounidense Jonathan Franzen, famoso por su novela ‘Las correcciones: «relatos sociales convencionales que prometen placer sin dificultades». Lo dice Cynthia Ozick en un libro fantástico: ‘Críticos, monstruos, fanáticos y otros ensayos literarios’ (mardulce editorial), un libro que sobre todo la crítica académica y el reseñismo profesional tendría que devorar con más «fieros bocados» que el escudero el pan del Lazarillo. En esa defensa, Franzen -a quien le pegaba un palo de campeonato el crítico Ben Marcus- llamaba cómplicemente «clientes» a los lectores. Con eso está dicho todo.

Pero bueno, lo que quiero aquí es hablar de una novela excelente, de la que no conocía absolutamente nada, así como de quien la ha escrito: Pilar Fraile. La novela se titula ‘Días de euforia’ y para nada pertenece al lobby de la literatura pálida. Empezaré con una declaración personal y no sé si transferible: no tengo ni idea de los lenguajes que nombran las nuevas tecnologías. No tengo Facebook, ni Twitter, ni Instagram, ni nada de esos avances que los conspiranoicos consideran propagadores del falso pangolín por todo el mundo gracias a los negocios de sus propietarios. Tampoco tuve nunca los discos de Miguel Bosé, lo cual me resulta tan placentero como no estar sometido a las inmisericordes presiones de las redes. Tiene que ver, esa declaración personal, con el hecho de que cuando ya llevaba no sé cuántas páginas leídas de la novela, me preguntaba: ¿qué demonios estoy haciendo si no entiendo nada? ¿Qué es un algoritmo? ¿Qué querrá decir que una mujer llamada María sueñe con gusanos? ¿Será ese sueño como las hormigas que se pasean por la mano que saca Buñuel en ‘El perro andaluz’? ¿Qué pasa con el deseo sexual cuando se conecta a una pantalla y sale Laila desvistiéndose provocativamente, como Rita Hayworth se quita los guantes en ‘Gilda’ cantando seductora ‘Put the blame on Mame’? O sea: lo que me estaba sucediendo era, nada más y nada menos, que el milagro laico de la buena escritura -eso hoy tan ausente de la literatura que parece de autoayuda- se apoderaba de todo, de lo que estaba leyendo y de lo que estaba sintiendo, de lo que conocía y de lo que ignoraba, de la vida que yo había vivido y de la vida que se escondía en esos rincones de la modernidad que a mí se me antojaban inscripciones marcianas halladas en los templos del Machu Picchu. Leía coach, match, big data, board of directors y otras rarezas lo mismo de indescifrables y yo seguía leyendo con una pasión que rayaba mi cerebro de lector, y no de cliente. Hasta asumía sin indignación sentencias como ésta: «A veces me exaspera la gente de más de cincuenta, hay que explicarles las cosas más simples». Ahí estaba yo, sólo que no necesitaba ninguna explicación porque me había metido irremediablemente dentro de la historia, mezclado con los personajes que, cada uno en su espacio particular (desde una clínica de inseminación artificial a un mastodóntico y futurista edificio dedicado a las inversiones económicas), convertían lo más humano de sus comportamientos en una simple transacción capitalista. Nada se escapa a esa transacción: somos lo que el dinero nos dice que valemos, deseamos lo que el poder decide que deseemos y a través de qué medios, la sexualidad queda atrapada en ese ‘match’ cumplido por horas en el tiempo que dura dar cuenta de un gin tonic. «Somos la puta del casino. La que te anima a jugar más y más, a perder más y más, pero lo hace con esa sonrisa, esa voz sedosa que te atrapa y te convence de que la siguiente baza va a ser la tuya. Por supuesto, la banca siempre gana»: está claro de qué va la cosa, ¿no?

Podríamos pensar que la historia se sitúa en un futuro dominado por la tecnología y unos nuevos valores que, al final, resultan ser los mismos de siempre. Eso tan de moda llamado distopía. Podríamos pensar, equivocadamente, que esta novela nos habla del futuro, pero nos habla de ahora mismo. Y sus páginas te atrapan sin defensa posible contra el secuestro. El síndrome de Estocolmo. Ahí estaba mientras leía. Ahí seguía cuando iba acabando la lectura. Ahí estoy ahora, mientras intento (des)ordenar lo que he leído en ‘Días de euforia’, la magnífica, inquietante novela de Pilar Fraile. Y al cerrar el libro compruebas que sus páginas -timbradas muchas veces con una ironía magistral- no hablan del futuro, sino de esa euforia patológica que cubre todos los horarios de un presente en que la felicidad -o algo que mínimamente se le parezca- es cada vez más como ese rábano que le ponen delante del morro para que el pobre burro no la alcance nunca. Acabo con lo que dice Cynthia Ozick igualando el resultado de la polémica entre Franzen y Marcus: tenga razón uno o la tenga el otro, la realidad es que «los lectores se están yendo». Seguro que con libros como el de Pilar Fraile esa huida se puede aliviar bastante. O mucho. Lo digo sin euforia de ninguna clase. Simplemente como la apostilla de un lector -nunca un cliente- agradecido a una escritura que dignifica a quien la escribe: y me gustaría pensar que también a quien la lee.

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