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Literatura ferroviaria

Literatura ferroviaria

Literatura ferroviaria

Según José Carlos Mainer la generación del 98 contempla el paisaje desde un vagón de tercera -como Antonio Machado- mientras que la de la del 14 lo hace desde un automóvil con chófer, como Ortega. En su tiempo Azorín y en la postguerra Cela tomaron distintos trenes para viajar por sus no menos diferentes vías. Y algo así ha hecho ahora también Alfonso Vila Francés (València, 1970) que ha recorrido la variopinta geografía de España no desde un Talgo, ni un Intercity ni un AVE sino desde el modesto e impredecible traqueteo de ese arcaísmo que es hoy el Regional. Sólo por eso la Renfe debería nombrarlo «Ferroviario de honor», si es que tal reconocimiento existe, y darle uno de los antiguos kilométricos que permitían a sus antiguos posesores -creo que hoy ya no queda ninguno vivo- viajar gratis. No es para menos la prosa y la gracia con que narra las aventuras y pormenores de todos estos singulares trayectos, iluminados por la iconografía de sus fotos, que nos asoman al abandono elegante y austero de tantos y tantas apeaderos y estaciones que la incuria de la modernidad ha ido dejando al albur del olvido y que él sabe poetizar y describir, extrayendo de su almendra amarga el raro sabor de sus profundos sentimiento y sensación del tiempo. La Mancha-Extremadura, Castilla, León, Asturias y el País Vasco, Aragón y Cataluña, Alicante y Murcia, La Rioja y Navarra y La puerta del Sur sirven de índice a la precisa cartografía de un mapa geológico y político, sobre y desde el que el historiador que Vila es, va desplegando una voz que se torna ora lírica, ora discursiva, según lo imponga lo que ve o lo exija la materia que trata. El lector agradece el amable manejo de los datos, que no abruman, y la felina agilidad de cada uno de sus pensados pasos. Gracias a ello entramos en la historia y la intrahistoria a la vez: en la de cada uno y en la de todos. Y, sobre todo, en un sereno y tranquilo degustar las cosas vistas a una velocidad que a veces no supera los veinte kilómetros y que por ello nos permite hablar con nosotros mismos, ya que en todo viaje seguimos oyendo y escuchando nuestro propio yo. Vila Francés nunca lo olvida. Y, si lo olvidamos nosotros, él, manriqueñamente, viene a despertárnoslo. Y no importan las erratas -que las hay, y muchas- ni los fallos de composición -que tampoco faltan- ni la ausencia de acentos que serían necesarios. No: no importa nada de eso, porque el resultado del libro no puede ser mejor porque trasmina emoción estética, produce placer intelectual y nos acerca una realidad visible, brillantemente descrita pero nunca intelectualizada. Según este autor, «la historia de un país es la historia de sus trenes». Y él -como demuestra aquí- conoce muy bien ambas. De ahí que advierta que la «permanencia del paisaje oculta una gran transformación»; que confiese que se viaja «para llenar los espacios en blanco de los mapas»; que hay «trenes-burra» y «trenes-cremallera»; y que hasta los túneles tienen belleza y biografía a la vez.

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