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La judeofobia que siempre se cronifica

El antisemitismo abarca la animadversión a los judíos, de forma global, con la inclusión de aspectos religiosos, etnológicos y culturales que se desarrolla principalmente en el siglo XX, mientras que el antijudaísmo está referido a la descalificación de sus creencias religiosas y tiene sus raíces en los últimos siglos del Imperio Romano y en la Edad Media con el triunfo del cristianismo. Algunos autores lo engloban en la denominación de judeofobia para evitar confundir el vocablo con todos los que utilizan las lenguas semíticas, frente a las arias, referentes al arameo, el hebreo y el árabe, descendientes de Sem, el hijo de Noé, y además se mezcla con tintes racistas, como lo que escribe el conde Henry de Boulainvillers en el siglo XVIII, para demostrar que la raza franca o germánica era superior a la galo-romana y las restantes. Pero a veces se confunde con antisionismo (de Sión, el monte donde se suponía estaba en sus orígenes el Templo de Jerusalén) que es el rechazo a la política de Israel por su tratamiento con los palestinos, y en ocasiones existe interés en equiparar ambos términos. El tema se remonta al planteamiento que en siglo XIX hiciera el húngaro Theodor Herzl, de lengua alemana, de crear un Estado propio en Palestina para los judíos, en contra de los partidarios de integrarse en el país de origen, defendiendo la libertad religiosa, y sintiéndose patriotas de las naciones en que habían nacido o vivido.

Tuve a Antonio Ubieto, como catedrático de Historia Medieval en la Universidad de València, y recuerdo que cuando se interesó por la historiografía de los Annales hizo un libro que, visto en perspectiva, resulta un esperpento: sostenía la tesis que en la Edad Media española las crisis económicas podían detectarse por la persecución o matanzas de judíos en los lugares donde habitaban: si hay movimiento contra las juderías era síntoma de problemas de abastecimientos y malas cosechas. Eran los judíos, que habían crucificado a Jesús, los causantes de las dificultades como las pestes o las hambrunas, -el mismo Voltaire critica a los judíos («el pueblo más abominable de la tierra») por ser los precedentes del cristianismo y posibilitar su desarrollo-. Esta ha sido una práctica que se ha extendido hasta el siglo XVIII para transformarse en lo que se denominó el racismo científico en los siglos XIX y XX, que argumentaba que los judíos eran una raza que se había conservado por su endogamia, aunque se integraran en sus países de nacimiento o se convirtieran al cristianismo, algo que se admitía desde la Edad Media: cuando un judío renunciaba a su religión dejaba de serlo. En el mundo musulmán, y en menor medida en los reinos cristianos peninsulares, hasta el siglo XI, se les dejaba libertad para sus practicas religiosas.

La Inquisición creada por los Reyes Católicos, que decretaron su expulsión si no se convertían, perseguiría a aquellos judeoconversos o cristianos nuevos que, en secreto, seguían practicando los ritos del judaísmo, con la valoración de la pureza de sangre, como ha estudiado García Cárcel en sus análisis de la Inquisición española, no referida a la raza sino al linaje familiar, diferenciando a los cristianos viejos de los nuevos. Así ocurrió con la madre de Luis Vives que fue acusada de falsa conversa y cuando ya estaba enterrada la sacaron de la tumba y quemaron su cadáver. El libro de Edouard Drumont, Le France juive, essai d’histoire contemporaine, publicado en 1886, significó un cambio cualitativo en la consideración de las comunidades judías europeas, a las que califica de pertenecer a una raza inferior y ser apátridas. El periódico La libre parole, fundado por el mismo Drumont, afirmaba que los judíos no se integraban en sus países porque pretendían destruir las culturas nacionales, y desde sus páginas impulsó la campaña contra el capitán Dreyfus, acusándolo de espía alemán en una época que todavía quedaban los rescoldos de la guerra franco-prusiana de 1871. En 1905 los servicios policiales de Rusia difundieron un panfleto, Los protocolos de los sabios de Sión, que anunciaba que existía una sociedad secreta judía que conspiraba para controlar el mundo y establecer un poder universal. Era, en realidad, una trascripción del libro satírico de 1864 Diálogo en los infiernos entre Maquiavelo y Montesquieu de Maurice Joly que toma varias partes de la novela de Eugéne Sue, Los misterios de las personas, en la que los jesuitas eran los protagonistas y el alemán Herman Goedsche los sustituyó por judíos en su libro-plagio, Biarritz, añadiendo además un capítulo de su cosecha al de Joly donde aparece una reunión secreta de rabinos, representantes de las Doce Tribus de Israel, en el que se expone un plan para controlar las instituciones públicas y privadas de los estados. Adolf Hitler en su libro Mi lucha da carta de veracidad a Los Protocolos para desarrollar sus propuestas antijudías que sabemos donde acabaron. Años después Umberto Eco en su novela El cementerio de Praga recogerá estas historias. En la actualidad el antisemitismo se une a la reivindicación de los palestinos, utilizando las teorías del imperialismo y el supremacismo que el Estado de Israel practica con el supuesto consentimiento de los poderes financieros mundiales. Y esto se une a las corrientes neoantisemitas de distintos movimientos que niegan el Holocausto. Es significativa la polémica en Argentina sobre si el peronismo favoreció o perjudicó a los judíos.

La bibliografía sobre el fenómeno es abundante. Ya Gonzalo Álvarez Chillida publicó El Antisemitismo en España. La imagen del judío (1812-2002) con prólogo de Juan Goytisolo (Marcial Pons, 2002), donde analiza el imaginario popular del judío. Y un buen relato de lo que fue el antisemitismo desde antes de Cristo hasta la actualidad puede leerse en Phyllis Goldstein A convenient hatred: The History of Antisemitism (Brookline, 2012) (Un odio conveniente: La Historia del Antisemitismo) Señala que a pesar del tiempo y los hechos transcurridos todavía este sentimiento está vivo en muchos lugares del planeta. También lo analizaba Robert S. Wistrich en The longest hatred. Antisemitism (New York, 1994) (El odio más largo). Pero en todos los estudios se señalan una multiplicidad de causas sin que todas ellas sean definitivas. La endogamia de un pueblo unido por unos ritos, El Talmud y la Tora, que se repiten desde milenios, el matrimonio masivamente entre ellos, el control de las altas finanzas, la no identificación con el país donde nacen y trabajan, la preocupación solo por los suyos, la práctica de la usura que reflejó Shakespeare en el Mercader de Venecia…Curzio Malaparte escribió que el control económico que había caracterizado a los judíos era sus armas de defensa, sus tanques llega a decir, para subsistir en un mundo secularmente hostil, desde antes del nacimiento de Cristo. Aún, con todo, no es fácil explicar la capacidad de resistencia de una comunidad a lo largo de tantos siglos habiendo recibido tan cruentas y largas persecuciones.

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