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DIME QUE ME LEES

El Botánico como experiencia

El Botánico como experiencia

El Botánico como experiencia

He ido buscando el placer, la experiencia, el regalo para los sentidos. Algo que se ajusta a la idea de jardín. No sé si lo he encontrado. Como tantas veces desde niño, cuando me llevaba mi abuelo Bernardo, he vuelto al Botánico, al jardín botánico de la Universitat de València. El débil sol de diciembre le daba un tono dorado lleno de sombras y el viento se había parado. He recorrido lentamente la exposición de dibujos y fotografías de Marcelo Fuentes. Se llama Diario del jardín.

En el paseo, no puedo evitar que me venga a la cabeza un escritor francés que al final de su carrera, poco antes de que le dieran el premio Nobel, especuló con la idea de reducir sus lecturas a un solo autor. «Si le hubieran preguntado en la actualidad qué escritor habría soñado ser, habría contestado sin titubear: un Buffon de los árboles y de las flores».

Hay quienes dicen que Marcelo Fuentes es un pintor metafísico y lo relacionan con Hopper y con Morandi. No está mal visto. Salvador Albiñana, el comisario de la exposición, es más cauto y tal vez, más preciso cuando evoca al Rousseau de Las ensoñaciones de un paseante solitario. «Vagar libremente entre flores, frutos y plantas (…) le permitía fundirse con los seres y la naturaleza entera y entregarse al sueño y la meditación».

Así es la pintura de Marcelo Fuentes (València 1955). Durante años, el pintor ha recorrido los parterres del Botánico, con su papel, su lápiz y también, con su pequeña cámara, para él, otro instrumento para dibujar el jardín. Es un pintor que siempre me ha emocionado, con su València racionalista, con los desolados paisajes de la ciudad posindustrial, con esos poblados marítimos tan lejos de Sorolla. Ahora consigue volver a inquietarme cuando contemplo sus hojas en primer plano, o la distancia y la proximidad del edificio de Ferca en la gran vía, recortado al fondo, sobre la valla del jardín, entre nubes y grandes árboles. Fuera de la sala, vuelvo a pisar la tierra húmeda y a disfrutar de esta naturaleza ilustrada. El Botánico, como todo auténtico jardín, es mutante. El de Marcelo Fuentes, aunque predomine el claroscuro, también. La suya es una pintura generosa, que invita siempre al espectador a completar el cuadro.

Antes de salir, busco el ginkgo biloba, uno de los árboles más antiguos sobre la faz de la tierra. Seco y podado, casi no lo reconozco. Me da miedo y no quiero jugar a las metáforas. Los tiempos no están para pensamientos lúgubres. Fuera del edén, en la calle Beato Gaspar Bono, junto a la non nata ampliación del Botánico y el jardín de las Hespérides, hay un campamento de personas sin hogar.

Para atenuar la melancolía, vuelvo a la lectura. Nunca me han entusiasmado las navidades y este año, menos. De reyes, ni hablemos. Si embargo, siempre me ha gustado regalar libros. Felizmente, encuentro Plantar árboles, sembrar ideas, un hermoso manifiesto de la bióloga keniana Wangari Mathai, Premio Nobel de la Paz 2004, con ilustraciones de Vanina Starkoff, editado por Akiara. Sé a quién se lo voy a regalar. Y de paso, también, una nueva edición de La metamorfosis de las plantas de Goethe, que ha publicado Atalanta en su colección Liber naturae, con una introducción y unas excelentes fotografías del profesor Gordon L. Miller. La obra tiene un interés histórico, y sobre todo literario, que compensa la ignorancia botánica de tantos lectores entre los que me incluyo. Les dejo con los primeros versos del poema: «Te confunde amada mía, la mezcla infinita/ del sinfín de flores que este jardín puebla;/ muchos nombres escuchas y el uno con bárbaros tonos/ dentro de tu oído resuena más que el otro».

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