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Ermitaño en pandemia

Ermitaño en pandemia

Quizá imprudentes –en cualquier caso, admirables-, las pequeñas e interesantes editoriales que han ido apareciendo en estos últimos años. Una de ellas es la valenciana El petit editor, que acaba de publicar el último libro del escritor y periodista Emili Piera.

El ‘Decameron’ de Giovanni Boccaccio, ‘El húsar en el tejado’ de Jean Giono, ‘La peste’ de Albert Camus, ‘Muerte en Venecia’ de Thomas Mann o las plagas consignadas en los textos bíblicos…, son sólo una mínima parte de la extensísima literatura dedicada a pestes y pandemia. No es pues un asunto novedoso. Si lo es la abrumadora extensión, velocidad de tráfico y el aspecto criptobélico de la actual pandemia; y lo que es más descorazonador: el hecho de haberla considerado una cuestión de otros tiempos -como arar con buey o la incapacidad jurídica de las mujeres.

Las pandemias antiguas estaban altamente teologizadas. La de ahora no. Al menos de momento.

Todo escritor tiene su punto de ermitaño. Una pandemia fortalece esa tendencia connatural en él. Es pues, entre los diversos oficios u ocupaciones, el menos consternado, en principio, por la nueva situación.

Remedando el título de una conocida obra de Daniel Crusoe, Emili Piera ha compuesto un ‘Diari de la plaga’, dietario escrito a lo largo de estos meses de reclusión ecuménica.

Con muy buen criterio ha mitigado la porción de aquellas noticias de actualidad rabiosa -que su instinto profesional le pedía-, dada la rápida obsolescencia en un texto de estas peculiaridades; y se ha centrado en reflexiones genéricas u observaciones de la vida cotidiana, con la fluidez y la gracia que le caracteriza.

Como todo escritor dotado para la ironía, Emili Piera es un moralista pudoroso.

¿De qué cuestiones se ocupa? Mencionemos algunas.

Muestra diversos ejemplos de la inabarcable estupidez del género humano, tanto en situaciones conflictivas como en las apacibles.

Propone sugerencias formativas: «Cal tenir sempre a mà alguna obra astringent d’un reaccionari amb profunditat de camp como Chesterton. Ells ens salven de veure el món amb els ulls del guionista de Pretty Woman». (p. 95)

En su condición de eremita forzoso en un piso de la ciudad de València, constata que a menudo el silencio es bien muy escaso (p.98)

Efectúa una disquisición literario-antropológica sobre la significación de las máscaras y las mascarillas, que se han convertido en accesorios de decoro social, tan imprescindibles como una falda o un pantalón (p.104-107)

Describe el odio industrializado por los medios de comunicación y las redes colectivas (p.108) «L’odi, sobre tot el odi hispànic, tè un mecanisme de frenada incorporat: la devoció pels sanitaris»(…) «En realitat ens agrada moltíssim la profusió, multiplicitat i eloqüencia de l’odi, sinó el panells de convidats de les tertulies no tindrien tants components sulfúrics i, si, a canvi, persones de trellat, savis professors de ioga i dret constitucional i germans de San Francesc. No és el cas».(p.109)

Sobre ciertas formas de piedad, una hermosa exégesis: «La compassió genera compassió i és l’únic fil que permet cosir els trencats de clase, de creences, d’ideologia o, el més poderosos, de conveniències». (p.114)

Comentando un artículo de John Carlin, Piera se pregunta: «val la pena sacrificar a un parell de jovens generacions amb precaucions exagerades i limitacions de moviment no sempre productives?» (p.136). Dicho de otro modo: pedirle excesiva sensatez y miramientos clínicos a adolescentes o jóvenes de veinte años, es seguramente pedir peras al olmo.

Un breve escolio político: «actualment la dreta té més esperit de ramat i és més fideista del seu ideari que l’esquerra, prácticamente invisible i tancada en càtedres d’igualdat de gènere». (p.142)

Piera finalmente expone cuál ha sido su propósito al escribir este dietario: «he volgut fer una obra útil com a mínim per a espantar pardals sinistres, pensaments de fatalitat i presumptes conspiracions. Per aprendre jo i ajudar a que altres en sapiguen. Per distraure al personal, petar una xarrada i riure». (p.182)

La pandemia ha constatado una deliciosa observación de Josep Pla (figura preeminente en el santoral personal de Piera): «La felicidad es la limitación; ser feliz consiste en limitarse». El virus actual ha puesto límites, es decir, ha forzado a descubrir algunas modalidades accesibles y desusadas de felicidad; al margen, desde luego, de las graves complicaciones evidentes.

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