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EL CAMINANTE

Ivry Gitlis, el violín incandescente

Ivry Gitlis, el violín incandescente

El pasado 24 de diciembre de este año nefasto murió en París Ivry Gitlis a los 98 años. Su nombre siempre estará unido para mí a la primera grabación que tuve del Concierto para violín y orquesta de Alban Berg. Eran los primeros setenta y yo estudiaba violín en Murcia con José Vicente Cervera, que posteriormente fue director técnico de la Orquesta Nacional de España y director del Conservatorio de València. Se trata de un disco de vinilo que conservo, editado en España por Belter, en el que Gitlis toca con la Orquesta Pro Musica de Viena, dirigida por William Strickland, y que contiene también la Suite lírica de Berg, por el Cuarteto Ramor.

El concierto de Berg es uno de los más justamente célebres de los escritos para ese instrumento en el siglo XX y también figura entre las obras dodecafónicas más interpretadas y preferidas por el público. Su lenguaje musical es más accesible, por así decir, que otras piezas importantes de la Segunda Escuela de Viena. Arnold Schönberg, el fundador del dodecafonismo, tiene también un magnífico concierto para violín y orquesta, que se interpreta muy poco por sus enormes dificultades técnicas y por su lenguaje musical, más duro de escuchar. No obstante tuve la fortuna de oírselo a Patricia Kopatchinskaja, enorme violinista para la que no parece haber desafío importante, con los filarmónicos berlineses y Kirill Petrenko, el 9 de marzo de 2019, en vivo a través del Digital Concert Hall de la Filarmónica de Berlín.

En cuanto al concierto de Berg, es célebre por su sobrenombre A la memoria de un ángel, en recuerdo de Manon Gropius, hija de Walter Gropius y Alma Mahler, tras su prematura muerte a los 18 años. Esta obra maestra fue estrenada por el violinista Louis Krasner en 1936 en el Palau de la Música de Barcelona, con la Orquestra Pau Casals, dirigida por Hermann Scherchen. He tenido la fortuna de escuchar muchas veces el concierto de Berg. En 2013 lo interpretó Franz Peter Zimmermann con la Orquesta de València y Yaron Traub en el Palau de la Música de Valencia, tristemente cerrado desde 2019 por obras que aún no han comenzado.

En cualquier caso, mi referencia siempre ha sido la versión nerviosa, intensa y personal de Gitlis en ese disco monoaural que compré en una tienda de València, hoy desaparecida, que se llamaba Alapont, si no recuerdo mal. He vuelto a escuchar su versión y me ha asombrado la calidad del sonido, aunque también es verdad que mi actual equipo de música reproduce con mayor fidelidad que el muy precario que tenía a principios de los setenta.

Gitlis había nacido en 1922 en Haifa, entonces Palestina, hijo de una familia de emigrantes ucranianos. El suyo es uno de los grandes nombres de judíos que han destacado en el violín, como Oistrakh, Heifez, Kreisler, Kogan, Milstein, Menuhin, Zuckerman, Perlman y tantos otros. Desde finales de los sesenta vivía en París y siempre había destacado por su carácter alejado de lo convencional y tendente a explorar nuevas formas. Siempre se interesó por la música contemporánea, también por el jazz y la música zíngara, e incluso participó en proyectos con John Lennon y los Rollig Stones a finales de los setenta. Empezó a estudiar violín a los seis años y dio su primer concierto con nueve. Sus últimas apariciones públicas fueron con la pianista argentina Martha Argerich en 2011.

Gitlis, leyenda del violín, poseía un Stradivarius, el Sancy, de 1713, un muy bello instrumento con tapa trasera de una pieza que compró en 1965 a la empresa Rudolph Wurlitzer. El violinista francés Renaud Capuçon ha dicho de él: «Ivry Gitlis era un astro para todos los violinistas. Su forma de tocar era incandescente. Era el último de los zares del violín que atravesó el siglo XX».

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