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El guión vital de Peyró

«Ya sentarás cabeza» conserva las pasiones destripadas y la pólvora del buen gusto del autor en una obra diarística que nació a la sombra del humo de los ‘Gauloises ‘ franceses y de las notas de la banda municipal de Algemesí

Ignacio Peyró.

Ignacio Peyró. Rita A. Tudela

Leer los diarios de Ignacio Peyró es una delicia porque, como ocurre con el buen vino o el jamón ibérico, te embriagan sin saciarte. Es difícil tener cautela con la lectura de Ya sentarás cabeza. Cuando fuimos periodistas (2006 - 2011), publicado por Libros del Asteroide, porque adentrarte en sus páginas implica, en cierta medida, sentar la cabeza, entender qué puede sobrevenir dentro del campo de batalla en la profesión periodística.

En ese sentido, el autor cuenta, con un ejercicio reflexivo, una serie de diarios sobre su vida y su profesión desde 2006 hasta 2011. Es un cuaderno de bitácora, como El Quadern gris de Pla, preñado de aforismos y cuestiones literarias, con ocurrencias profundas e inteligentes. El guión de la vida de Peyró conserva, en su forma y en su fondo, sus pasiones destripadas y la pólvora de su buen gusto.

Desde muy joven, Ignacio Peyró escribe y eso se nota en una prosa natural y clara, con un estilo maduro que marca su personal escritura. Y toda ella está envuelta de un cañón literario que reúne lo culto junto a lo costumbrista y destila una sensibilidad, talento e infinito amor al periodismo. La forma de escribir del autor madrileño está trabajada porque deja constancia de su incursión en ese vicio de leer que aporta el barniz de la calidad a los textos.

Ya sentarás cabeza nació a base de notas que, para no olvidarlas, se las mandaba por email a sí mismo para tenerlas registradas. Sin filtros, a lo largo del libro, se muestra como un católico redimido y un conservador sentimental: «Mis problemas con el catolicismo terminan con ese consuelo intelectual llamado Benedicto XVI», escribe quien tiene la aspiración de que su día a día esté más ordenado que su biblioteca.

También se muestra como un enamorado de Extremadura y sorprende el alegato taurino que realiza, ensalzando su historia, su cultura y su acervo lingüístico, pese a declarar «su desagrado notable» al toreo: «Entiendo que se debería estar en contra de los toros sin necesidad de postular la abolición», afirma.

Sobre Paco Umbral, de quien escribe en el día de su muerte en 2007, asegura que tenía las virtudes y los defectos de quien se educó con la poesía: «A quienes entendemos la literatura como una celebración, nos da igual que su retórica fuese limitada o que no tuviese un pensamiento político, que sus libros de todo y de nada fuesen mejores que sus novelas».

El título de la obra se origina por una frase que se repite constantemente después de varios requerimientos familiares, algunas noches demasiado largas y una disculpa en el periódico por llegar a mediodía: «Ya sentarás cabeza: de seguir mi experiencia, me lo voy a tener que repetir hasta pasados los setenta», aclara.

A sus 40 años, Peyró es un hombre clásico -de americana, camisa planchada y corbata- al que le dicen que parece criado en otra época, como si eso -declara- no fuese un gran elogio, pero compra por internet hasta las cuchillas de afeitar. Habla con un suave acento, quizá más inglés que madrileño, y lleva unas gafas finas y redondas color habano al más puro estilo John Lennon, las que define como las mejores gafas del siglo XX.

Por las noches se enciende un cigarrillo y se pone a leer en su sillón de cuero forrado mientras escucha a la banda municipal de Algemesí, según cuenta en los diarios. Es fumador de los famosos Gauloises franceses, los mismos que también fumaron personalidades de la talla de Picasso, James Bond o Cortázar. Los buenos humos franceses deben inspirar porque Karina Sainz Borgo también se los compra.

Para este escritor, más que hacerse adulto, lo que cuesta es deshabituarse de ser joven: «Lo importante en esta vida no era ser felices, sino ser jóvenes». El paso del tiempo lo describe de esta manera tan brillante: «Quienes nacimos en el año 1980 ya hemos hecho muchas cosas en esta vida que nuestros hijos nunca harán: pelear por el teléfono de casa, poner un disco a 33 revoluciones por minuto o traducir la expresión “cuarenta mil duros” sin recurrir a internet».

Sobre el periodismo, destacan sus escarceos como cronista parlamentario y columnista de La Gaceta de los Negocios, donde llegó a ser redactor jefe de Cultura: «El Madrid periodístico ofrece estas curiosidades: uno empieza el día en el Ritz, al mediodía está en el Intercontinental, termina la tarde en el Palace y -por supuesto- sigue siendo igual de pobre», relata.

En su día a día, ha sorteado la hostilidad del mundo escribiendo casi compulsivamente porque cuando deja de escribir añora la posibilidad de hacerlo: «Una pequeña decencia del escritor consiste en no ir demasiado de escritor», explica. Ahora, es director del Instituto Cervantes de Londres y articulista en diversos medios después de pasar seis años como asesor en el gabinete de la Presidencia del Gobierno. Ahí termina la obra, cuando deja realmente de ser periodista en los medios para firmar un contrato en la Moncloa.

Como él mismo escribe de Umbral, ser escritor va de la mano de ser lector y, por eso, ha sido uno de esos escritores que dignificaban la literatura. Igual que Peyró porque, en definitiva, su mayor creencia es la belleza y la libertad. En la vida y en las palabras.

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