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Una manera de vivir

"En la ciudad no hay horizonte, sólo edificios" Noelia Pena ("La vida de las estrellas")

Belén Gopegui.  pd

Belén Gopegui. pd

«Borradores del futuro es una colección de relatos cortos que imaginan el futuro de alternativas o utopías». Con esta aclaración se presenta un colectivo que «se gesta desde Azala, un espacio para residencias artísticas situado en Lasierra, un pueblo alavés de 12 habitantes, en las faldas de un encinar». Una carta. El relato de Belén Gopegui es una respuesta epistolar a esta invitación: «Canta, es mejor si vienes, tu voz hace falta, quiero verte en la ciudad». La invitación es de Olaia, la hermana pequeña. Canta, la hermana mayor, hace cinco años que abandonó la ciudad (ese espacio «no comunal») para adentrarse entre los árboles y convertirse en bosque. Antes había dejado una misiva, cuando la gente susurraba chascarrillos sobre su marcha. La misiva, que les sonaba a chino: «no me iba a un sitio, sino a una manera de vivir».

Un molino de aceite. Una almazara. En tierras vascas se llama trujal. Ahí llegó ella un atardecer, en autobús. Había leído sobre esa experiencia en que era protagonista la construcción de lo común, eso que tanto ha sido nombrado en los meses de la pandemia. Ahora -digo yo y también la mujer que escribe- no sé quién se lo cree. Ligera de equipaje, como el poeta, emprende el viaje. Antes ha dejado las cosas aquí y allá, hasta «los platos de loza de Ikea del último desayuno que compartimos con premura y somnolencia». La llegada, el rótulo, como en esos carteles que anuncian los ranchos en las películas del Oeste: «Trujal La Equidad». Puede parecer que estamos ante eso que tan poco me gusta (antes bien, lo detesto) que es lo neorural, los pijos que se creen redentores de ese buen salvaje que habita donde cristo perdió el gorro. Y no. Nada que ver con ese pijerío. Y nada que ver, tampoco, con ese paraíso que hay al otro lado de lo que abandonas: «Es verdad que de repente algo comienza y que eso es una suerte. Pero no es encantador. Echas muchísimo de menos a tu gente, tus sitios». Nunca existe el borrón y cuenta nueva. Siempre te cargas a la espalda lo de antes.

El molino de aceite de Moreda. El trujal cooperativo La Equidad. El nombre define las cosas. Las nombra sin máscaras, para dejar fuera del letrero de la entrada cualquier acercamiento a la impostura. Los olivos casi son territorio pirata en medio de las vides. Casi todo son vides. En buena parte de mi tierra las había. Y en Europa dijeron que las cambiaran por naranjos. Y ahora hay naranjos. Y hay más dinero. Y también hay más desigualdad. ¿Por qué los olivos si todo son vides?, pregunta la recién llegada. Y la respuesta: «El olivo te lo da todo: ha quitado mucha hambre, nos ha protegido del frío, nos ha permitido conservar los alimentos, nos ha facilitado jabón para lavarnos. Eso lo sabe la gente de aquí». En La Equidad hay más esfuerzo que dinero. Lo «rentable» se mide de otra manera bien distinta. La comunidad se organiza sin capataces. Tal vez, si acaso eso existe, su poder residirá en la arboleda, «esos seres vivos que nos rodean». Y en un momento de la carta a la hermana pequeña: «Querer ser bosque, Olaia, no significa que no sepamos que en algún momento tendremos que huir y atacar, atacar y huir, que tendremos que coordinarnos para parecer lo que somos: la invisible, futura, inmensa mayoría». Hasta entonces la resistencia activa, saber que todo es más difícil en la construcción de lo común, tocarles la cara a quienes te obligan a cambiar por decreto las raíces de la tierra. Frente a esos del decreto, la toma de sus posesiones, la ocupación, la marcha del bosque hecho gente: «Y a lo mejor caemos, Olaia, pero vendrán más hojas y más ramas».

Lo he dicho tantas veces que ya me sale por las orejas: me gustan los libros flacos porque casi siempre tienen más fuste que uno de ochocientas páginas. Y El mundo que fuimos es flaquísimo: grapado y sin lomo. Como una plaquette. Y si hablamos de poderío, un detalle a tener en cuenta: versión en castellano, versión en euskara y las ilustraciones de Natalia Carrero. No lo he dicho, pero juntar en un mismo libro a Belén Gopegui y Natalia Carrero (con toda la gente que convierte en colectivas estas páginas) es un lujo que no se cambia por nada, y aún menos por ningún decreto que a lo mejor nos hace más ricos (tampoco tanto, no vayan a creer: la pasta se la reparten entre cuatro) pero menos dispuestos al coraje de la resistencia y a la búsqueda de un mundo que no nos avergüence: «El tiempo dirá nuestros nombres; nadie puede garantizarnos ni un día más de vida, ni una hora. Y entonces, Olaia, cuando el tiempo hable, cuando el tiempo diga los sueños que se nos impusieron y el hacha que rompió nuestro horizonte, dirá también el mundo que no aceptamos; y el que fuimos». Si buscan ustedes este pequeño libro de enormes dimensiones, no encontrarán sólo un libro, sino, como dijo la protagonista al dejar la ciudad, una manera de vivir. Nada menos que eso encontrarán. Nada menos.

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