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El caso de Karel Capek

La novela satírica de ciencia ficción del periodista y escritor checo es una gozosa infección de humor sutil, en una selecta edición

El caso de Karel Capek

El caso de Karel Capek

La Europa del Este y su delegación mediterránea los Balcanes, a poco que uno se adentre con curiosidad en semejante estepa emocional, nos ofrece un denso catálogo de talentos de primera línea. No todo va a ser Franz Kafka y Stefan Zweig. Nuestros ahora socios en la UE desaparecieron por muchos años para mucha gente en el agujero negro que crea la poderosa imantación de Alemania y Rusia, uno no elige donde nacer, que se sepa.

Estas historietas que tramo ahora tienen que ver con uno de los libros más hermosos jamás editados. Me refiero al objeto, a las artes gráficas. Es La guerra de las salamandras de Karel Capek (se pronuncia Chapec) que editó en castellano Los libros del zorro rojo. Lo vi, lo compré y se lo regalé a mi mujer (luego le dije: «¿Lo estas leyendo?» Y lo arrastré a mi cubil). Ilustraciones de Hans Ticha que no sé como se las arregló para cultivar el pop (incluso en la composición) en la RDA, una audacia equivalente a ser de Manchuria y torero.

El fabulador disperso

Las primeras ciento y pico páginas de La guerra de las salamandras (y ya saben que hay armas y cuerpos anfibios) son una gozosa infección de humor sutil, a veces urodelo y pasmado y siempre inteligente. Capek parece un comediante callejero que arrastra su maleta de títeres, un narrador oral o fabulador de los que eligen más la calle que los escenarios formales. Después de superar la tarea más meritoria –definir los tipos disparatados que pueblan esta aventura más que marinera– el relato se deshilacha, pierden definición las psicologías, abandona el autor la dorada materia que había reunido y todo se lo engulle una cierta tonalidad apocalíptica y politiquera. La alegoría.

No digo esto por tiquismiquis sino porque el propio autor ya se acusó de lo mismo en su obra Robots Universales Rossum. Suya es la vulgarización de la palabra robot aplicada a todo genero de artes y recursos inhumanos, pero es difícil ser narrador, dramaturgo, periodista y agitador político a la vez. Tampoco importa demasiado: uno tiene al leer el libro la sensación clarísima de que son defectos reparables y que una versión en cine o teatro podría enmendar los errores, porque aquí hay un mundo propio y momentos de gran nivel. Como en las novelas, a menudo chapuceras, de Philip K. Dick

El final ya ocurrió

Como canta nuestra gloriosa infantería, la muerte no es el final. Aun no sabemos si el apocalipsis será de fuego (lo más probable) o la obra esmerada de un virus de ganchillo, no tenemos en cuenta que el fin del mundo ya ocurrió y que al día siguiente sonará el despertador. El valle de Josafat puede esperar.

Desde hace más de un año me dedico a recoger perlas como Capek. Estos tipos y nombres austrohúngaros, de ortografía intratable, espectros que vagan por los cafés y cabarets, lo mismo son comunistas que reaccionarios. Su estampa no posee la firmeza de un autor anglosajón consagrado sino que, a menudo, tienen cara de colgados. A ver como se te quedaría el rostro si hubieras asistido al fin del mundo, que eso fue la caída del imperio de Sissí famoso por haber embutido todos los géneros humanos con bastante pimienta judía. Y asistir, encima, a la irrupción del diseño industrial, hombre eso no se le hace a un señor de antaño y menos si es el inabarcable, el inmenso, Joseph Roth, siempre nómada, incluso cuando no cambiaba de casa y, pese a la provisionalidad, habitado por tramas vivaces y exquisitas si la palabra exquisita no fuera tan insuficiente. De él me espera La marcha Radetzky.

Más madera

Los hay aún más dispersos, como el magnífico costumbrista vienés (La tía Jolesch) Friedrich Torberg, que además de cultivar todos los géneros literarios, el periodismo y el cine, fue cronista deportivo y jugador de waterpolo, parece que la nota biográfica se la haya redactado Rafael Azcona. O Chumy Chúmez.

A la polaca Wislawa Szymborska, poeta, hay que leerla por prescripción facultativa. Teniendo en cuenta la cantidad de majaderos que recibieron el Nobel, habría que inventar algo distinto para ella. El húngaro Ödön von Horvath del que yo leí Joventut sense Déu parece crear escenas casuales pero tiene tensados los resortes de un descarrilamiento lírico tan maquinado como intenso. Murió joven como todos estos. Un árbol de París se le cayó encima a modo de abrazo de reconocimiento. Otro día más cine y más polacos.

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