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Landero y su caja de herramientas

En este huerto memorial aparece el exguitarrista, el exprofesor y el escritor de cuerpo entero que picotean a su gusto árboles para regalarnos ‘sentido y sensibilidad’

Landero y su caja de herramientas

Landero y su caja de herramientas

En la página treinta y dos de El huerto de Emerson, el nuevo artilugio literario-confesional de Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948), este, evoca, al preguntarse si lo suyo (imaginar y escribir) es o no un oficio, la caja de herramientas de su abuelo que en los límites de su infancia le pareció el tesoro más codiciado, el que contenía útiles para albergar «todo tipo de fantasías del bricolaje…». Una pregunta ásperamente romántica y a la vez plena de nostalgia contenida.

Al crecer y emanciparse, escribe a renglón seguido, «me compré mi propia caja de herramientas… de tres pisos…», con la que alimentar sueños sobre trabajos manuales que nunca realizó. Quedó la admiración por las personas, -en buena parte iletradas- que sabían un oficio; ese tipo de saber que va sobre seguro en lo que dice y hace… y no divaga entre la dispersión y las inseguridades que provocan las palabras cuando se posee la habilidad para juntarlas, para cultivar la escritura, en suma.

«Escribir, contar»…, dice en otro momento de este libro que elude y desborda géneros literarios, «es algo demasiado difuso e inestable para llamarlo oficio o profesión». Landero tiene toda la razón. El huerto de Emerson, conforme nos adentramos en su lectura -sin prisa y con las pausas exigidas por ritmo lento-, es como una madeja (objeto complejo) que se deja saborear desde un «cabezo» (lugar inmenso), llano y reseco donde disfruta su memoria (y la mía, al leerle) perdido en su paisaje extremeño; llanura reseca sobre la que el autor imagina y sueña mundos de sombrío pasado, lúgubre incluso, para volcarlos en un presente que, sin desearlo, se va convirtiendo en futuro. Por todo ello, concluye, ha retirado, ¡vaya!, su confianza en el futuro.

Asombrarnos y meternos en su mundo ya lo hizo Landero en su El balcón en Invierno en un 2014, que parece ya lejano (¿será cierto lo de que el tiempo no existe?), donde afloró lo más recóndito y quebradizo de su memoria, de su incómodo pasado revertido en agreste presente, el de un escritor de incomparable oficio literario y pese a ello, «sin un oficio» que se pueda tomar en serio. Así es Luis Landero, que en esta febril (por este febrero ultra-pandémico de la covid-19) y nueva entrega de su memoria (que no segunda parte) se muestra, si cabe, más metido en su propio huerto que de costumbre. Y en este huerto memorial y disperso se zambulle Landero hasta quince veces; quince capítulos, intensos destellos de una prosa genial. Aparece así el exguitarrista aficionado, el exprofesor y el escritor de cuerpo entero que cabrillean y picotean a su gusto árboles y arbustos, líquenes y retoños de su huerto para regalarnos ‘sentido y sensibilidad’, para asombrarse y asombrarnos con sus contradicciones: ¿Puede ser la memoria al tiempo un bazar y un páramo? El primero está repleto de sensaciones, olores y colores. Todo en él es variedad como los pliegues y repliegues de la memoria, de esos recuerdos que afloran como nuestra verdad aunque la desmientan los hechos. El segundo, es sombrío, desolado, vacío, como es el olvido cuando se convierte en necesario para sobrevivir.

Y cuantas coincidencias entre las aficiones de Luis y las mías. Más de una docena he anotado en mi cuadernito negro de notas sobre la blanca superficie pautada de las hojas. La primera, la fijación con el ajedrez que tanto le atrajo y que olvidó después; la mal disimulada pasión por las viejas películas del Oeste americano repletas de praderas y paisajes infinitos; colmada de caballos, forajidos y hombres que mataban en nombre de leyes a veces injustas y órdenes impuestas, confusas… la atracción de la aventura y la afición por los viajes… imaginarios, los que regala la literatura y el arte, en los que no hace falta tomar el avión o depender de autobuses o ferrocarriles.

Leer a Landero es una orgía de sutiles placeres que deambulan más enamorados de una calle o de un pueblo que de aulas o de patios académicos. Landero sabe al Jesús de las posadas y de los caminos, de las estancias íntimas y de los sueños… y escupe al fariseo que finge saberlo todo sobre el mundo y la literatura. Recuerda, si, en base a sus lecturas. Así comparecen: Onetti, Kafka, Proust, Chéjov y Cervantes, que se amalgaman con Rulfo y Borges, quienes a su vez conviven, en la mente y la pluma de Landero, con los Verne y Stevenson, Darwin o Defoe, etcétera, mientras giran los girasoles de Van Gogh en el sendero de Emerson, sin olvidar a los Juan Ramón Jiménez, Montale, Flaubert o Machado… Asoman incluso, tras el tosco «boliche» que no pudo mantener Manuel Pache (entrañable personaje de este libro), Adorno, Benjamin y sobre todo Schopenhauer…

Adentrémonos en este huerto con confianza y sin prejuicios. Más que divagar sobre géneros literarios y otras zarandajas formales, leamos a Landero, rodeados, si, de incertidumbre pero también por la confianza y persistencia del verbo, de la palabra. Si en una imaginaria encuesta me pidieran tres nombres, o más, para apoyar un candidato español al Nobel no dudaría al declamar el primero: Luis Landero.

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