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Un palacio con puertas

La Fundación Chirivella Soriano celebra su 15 aniversario con una exposición conmemorativa que recorre cada una de las 50 exposiciones realizadas entre 2005 y 2020. Un «Palacio sin Puertas» fue el titulo de la inaugural que quiso dejar patente su filosofía a la hora de entender el arte; una mirada abierta y global, sin puertas, en el Palacio Joan de Valeriola.

Una de las salas de la
Chirivella Soriano.  pd

Una de las salas de la Chirivella Soriano. pd

Nos asalta la duda de si el coleccionismo estará incluido en algún vademécum clínico, como una clase de patología o adicción obsesiva, comparable, o casi, a como cuando se empieza probando alguna sustancia psicotrópica o un determinado calmante, y se acaba por estar absolutamente enganchado. Imaginamos al enfermo, paseando tranquilamente, yendo a disfrutar de una exposición, conociendo la obra de un nuevo artista con el lúdico objetivo de salir después a cenar -todo esto imagínenselo sin pandemia, claro-, y quedarse abstraído por alguna obra, por la forma en que la autora ha utilizado el color, o cómo en aquella se contrastan las tonalidades, la forma de resolver el espacio, la maestría de las líneas. Algo se mueve en el interior de nuestro actor. Ya no importa la cena, los amigos o el ocio. La prioridad pasa por conseguir esa obra o, en todo caso, alguna obra de ese artista.

Imaginamos a nuestro coleccionista como una persona ciertamente estudiosa del terreno, práctica, sensible al arte no nos alberga ninguna duda, interesada, vanidosa quizás si nos centramos en el prestigio social que supone el coleccionismo, codiciosa sin duda por ese frenesí de atesorar. No podemos evitar sentir mucha, muchísima envidia al imaginarle rodeado de piezas exquisitas, de esas que pueden llegar a estremecer, de las que uno se dice en su interior «lo que daría por tener esto en casa». Sin embargo, ¿es eso verdad? ¿Se invierte en adquirir arte? No parece. Las estadísticas del promedio de valencianos que han adquirido obra en los últimos años son ridículamente insultantes. Se nos llena la boca hablando de la importancia que tiene y debe tener el arte en nuestra sociedad, la demanda cultural es creciente; sin embargo, esperamos que sean otros los que apuesten por él. Son pocos los que entramos en una galería y adquirimos un dibujo, una fotografía o una pequeña escultura que nos acompañará a lo largo de muchos años imprimiendo calidez nuestras vidas.

Al describir a nuestro protagonista, no hemos mencionado el adjetivo que sin duda más caracteriza a este tipo de coleccionista: la generosidad. Porque más que coleccionista, hablamos de un mecenas. Detrás de cada exposición se pone en marcha un despliegue de fuerzas, de tiempo y de inversión única y exclusivamente para apoyar y poner de relieve la obra de un creador. Es lo que ha estado haciendo la Fundación Chirivella Soriano a lo largo de estos últimos 15 años. Con el marcado objetivo, como menciona en su génesis, de mostrar arte contemporáneo español, con especial atención a los artistas valencianos, no hay que perder de vista que la Fundación está con ello no solo impulsando y motivando la creación artística sino, sobre todo, compartiendo con el público esa pasión que la ha caracterizado durante estos años. Subyace en esta institución un deber casi religioso de devolver a la sociedad una parte de lo que ella le ha dado y, por ende, de compartirlo.

15 años no es nada, pero 15 años apostando por el arte, sea una galería, un particular o una fundación es mucho. Tiempo de visitar estudios, de seleccionar obras, de realizar montajes, de escribir, fotografiar y editar catálogos, de disfrutar y de cabrearse, de nervios y de muchas satisfacciones. Escribe su presidente, Manuel Chirivella, que «toda colección es hija de su tiempo y su circunstancia, (…) los coleccionistas tienen que confrontarse con la realidad que les circunda y deben representar el espíritu de su tiempo». Así, de ese espíritu, hemos podido disfrutar desde muestras como la de Chema López o Santiago Ydáñez -ambas todavía en nuestra retina-, a «clásicos» como Doro Balaguer, Salvador Montesa o José Luis Romany; los dibujos de Encarna Sepúlveda o Martín Noguerol; las irreales y espectrales tonalidades de Oliver Johnson o Carolina Ferrer; la fotografía más cruda realizada por audaces reporteros gráficos y seleccionada por World Press, solo por mencionar a unos pocos, muy pocos, de las exposiciones realizadas estos años.

Con el título de una obra del artista Curro González, «Un palacio sin puertas», el Palau de Valeriola abría sus puertas al público y, a decir de su presidente, significaba «toda una declaración de intenciones». No es nuestro ánimo contradecirle, pero no nos ha parecido que esta haya sido la tónica de la Fundación en estos años. Más bien nos parece que las puertas han quedado entreabiertas permitiendo únicamente su entrada a la pintura de rigor, a la creación elitista, entendiendo por esta, como expresó en su día la artista conceptual Dora García y nos lo recuerda Chirivella, «el museo crearía su público y no el público a su museo». Prima la calidad frente a la cantidad.

El éxito de la Fundación debería entenderse como el éxito de todos, del público que ha recorrido sus salas, de la sociedad valenciana que ha apoyado cada inauguración, de la contribución de todos y de cada uno de estos artistas que han pasado por este rehabilitado y luminoso Palau de Valeriola, tanto de modo individual como formando parte de alguna muestra colectiva. El esfuerzo de esta Fundación contribuye, sin duda, al crecimiento cultural de todos nosotros como sociedad.

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