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Gerardo Diego, el poeta músico

Gerardo Diego, el poeta músico

Gerardo Diego, el poeta músico

«No es posible interpretar correctamente la múltiple y tan varia obra del poeta sin conocer su esencial comunión con la música». Son palabras de Isabel y Elena Diego, hijas del poeta-músico, es decir, Gerardo Diego (1896-1987), extraídas de la presentación que firman de los dos volúmenes que recuperan la prosa musical de quien fue y es la única personalidad de la cultura española con conocimiento y criterio musical. La edición, cuidadísima como todos los libros de Pre-Textos, ha sido preparada por Ramón Sánchez Ocaña. Más de 1.164 páginas esplendorosamente escritas, en tono directo y periodístico, conciso y esencial, que resultan fundamentales para conocer de la mano lazarilla del poeta-músico el acontecer y día a día de la música española a lo largo de casi todo el siglo XX.

El primer tomo, el más extenso, 790 páginas, recoge escritos sobre historia y crítica musical, que figuran clasificados en tres grandes apartados: «Los compositores y sus obra»; «Los intérpretes», y «Crónicas musicales». Las 374 páginas del segundo volumen agrupan, bajo el epígrafe «Pensamiento musical», escritos más abstractos y genéricos, aunque en ocasiones también vinculados a acontecimientos concretos, como los festivales de Granada y Santander, o las muertes de Jean-Aubry o de Thomas Mann, del que recalca «la sugestión del tiempo y la hondura de la meditación musical en las páginas lentas, grávidas de pensamiento metafísico y corrosivas de ironía satírica de su Doctor Faustus».

Leer los escritos sobre música de Gerardo Diego es acercarse el acaecer de la música en España en buena parte del siglo XX desde la atalaya privilegiada del saber musical y del talento narrativo del poeta cántabro. Gerardo Diego se muestra en estos escritos como un sagaz crítico musical, columnista, opinador valiente y sin pelos en la lengua, aunque siempre desde una posición de respeto y elegancia, cualidades que eran inherentes a su espigada personalidad. Algunos juicios chirrían desde la perspectiva actual, como sus opiniones de compositores hoy tan incuestionados como Brahms o Bruckner –«el cometa Bruckner», le llama-, que tanto chocan con los criterios actuales, pero en absoluto con los de su tiempo, donde ambos eran tan desconocidos como luego lo fue Mahler. Con humor e ingenio, Diego bautiza las sinfonías de Bruckner como «epifanías», y se refiere a él como el «rasurado sacristanote de Ansfelden». «Peregrina figura la del viejo Bruckner», sentencia en un versado artículo publicado en ABC el 1 de noviembre de 1946.

Tampoco Mahler escapa parado de la pluma del poeta crítico, para quien la Cuarta sinfonía del creador de La canción de la tierra es «obra desigual, deshecha, exquisita en pormenores y considerable, a pesar de que buena parte de sus materiales son de baja calidad», escribe en La Tarde el 18 de octubre de 1948. Chocan y mucho estos comentarios hoy, pero en aquellos años y hasta bien entrados los sesenta, Mahler, Bruckner y hasta Brahms, como ya se ha señalado, eran considerados en España (salvo en Catalunya) compositores duros de escuchar. «Huesos difíciles de roer», como sentenció otro conocido crítico de la época.

Día a día, crónica a crónica, columna a columna, Gerardo Diego traza un panorama fidedigno y cercano del acaecer musical y de los temas más diversos. Siempre con lucidez, conocimiento y una prosa que despierta tanta admiración como placer. Escribe de todo y todos. De su tiempo –sus retratos de Argenta, Iturbi, Cubiles, Querol, de Larrocha, Cassadó, Esplá, Bartók, Sáinz de la Maza, Victoria de los Ángeles, Stravinski, Conrado del Campo, Sorozábal, Rodrigo, Guridi, Falla, Ravel y tantísimos otros son documentos imprescindibles para tener una imagen cabal de ellos-, y pretéritos, desde Bach, a Mozart, Beethoven, Schumann, Wagner, Debussy, Albéniz… Acierta Ramón Sánchez Ochoa en el prólogo cuando afirma: «A Gerardo Diego le bastan unas cuartillas para abordar un tema, desarrollarlo en sus líneas principales con ilustraciones sonoras y literarias, y dejar muchas veces al lector ante una puerta abierta por la que proseguir su propio razonamiento».

No hay acontecimiento musical relevante en España que no quede documentado por el ojo crítico y certero del poeta. Como cuando en septiembre de 1953 el Cuarteto Végh estrenó en España los cuartetos de Bartók. «El portentoso Cuarteto Vegh», publica en El Noticiero Universal el 11 de septiembre, «nos ha estremecido hasta el tuétano tocando en dos conciertos los seis cuartetos del maestro húngaro. Y el resultado –clamoroso, enardecido- ha superado toda la confianza que teníamos en la excelsitud, en la hondura de una música sin par».

También las actuaciones de Rubinstein, Thibaud, Katchen, Ciccolini, Ansermet y cualquier otro gran intérprete o conjunto que pasara por España quedan testimoniadas por la lucidez musical y rigor crítico del poeta músico. O del músico poeta. Condición dual que le acerca a su compañero de generación Lorca; pero a diferencia de Gerardo Diego, el granadino nunca o rara vez se interesó por la literatura musical. Quizá, junto con Gerardo Diego, las únicas personalidades literarias españolas con conocimiento musical equiparable al de sus colegas centroeuropeos hayan sido Lorca y –antes- Pérez Galdós. El desconocimiento, la ignorancia y hasta el desprecio a la música de la sorda intelectualidad española de ayer, hoy y siempre ha sido y es un vergonzoso lugar común.

Los juicios de Gerardo Diego resultan siempre interesantes, agudos y en ocasiones hasta punzantes. Incluso en el desacuerdo. Opina, se moja y establece juicios de valor. Ideas apoyadas en el criterio derivado del conocimiento. También, claro, en su fina sensibilidad de músico. Y siempre reforzadas por su directo y jamás farragoso talento con la pluma. Agudo y lanzado, ya en 1927 proclama clarividente en un artículo en El Noroeste, «a los cuatro evangelistas de la música nueva»: «Descontados Strauss, el gran superviviente de un periodo ya histórico, y Schönberg, el terrible vienés (que acaso sea un precursor de la música del porvenir; pero que acaso también no alcance a madurar en frutos estéticos, sanos, sus audaces y fecundas innovaciones técnicas), quedan como indiscutidos y gloriosos maestros de hoy, Ravel, Stravinski, Bartók y nuestro Falla».

Todo es interesante y esencial en las cerca de 1.200 páginas que suman los dos volúmenes. Imprescindibles. Por amenos, por ser un maravilloso ejercicio de la mejor literatura y por su valor fedatario de una época irrenunciable de la música española. Gerardo Diego, para quien la música es la «columna mágica» que orienta sus versos, se muestra en estas páginas sin huecos como testigo, escriba y protagonista de la España musical de buena parte del siglo XX. Como el «poeta músico» o «músico poeta” de su tiempo complicado. Un caso único en la rara cultura española.

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