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"Tenemos que aprender a amar las diferencias"

Llegó a París cuando tenía 17 años y hoy esta marroquí de lengua francesa, tras ganar el Goncourt por «Canción dulce», es una de las autoras que más profundamente indaga en los puentes y las brechas que se establecen entre la cultura europea y la árabe. Macron le ofreció el Ministerio de Cultura pero ella ha preferido escribir la novelesca historia de sus abuelos en «El país de los otros».

«Tenemos que aprender a amar las diferencias»

«Tenemos que aprender a amar las diferencias»

Después de cinco libros, entre ellos la novela del Goncourt, se ha decidido a contar la historia de su familia. ¿Por qué ha tardado tanto en escribir «El país de los otros»?

Era algo que tenía pendiente. Para mí la historia de mis abuelos, que es la que cuento en este primer libro, era un material de novela perfecto. Mi abuela era una alsaciana rubia y corpulenta con unos hermosos ojos verdes, que se enamoró de mi abuelo marroquí , un tipo más bien delgadito y pequeño, que combatió con las tropas francesas durante la Segunda Guerra Mundial. Ella decidió casarse y no se lo pensó dos veces, para horror de sus padres, y trasladarse con mi abuelo a Mequinez.

Qué mujer más valiente.

Mi abuela me marcó profundamente. Era fascinante y producía una gran impresión a todo el que la conocía. Era muy libre, muy provocadora porque reía abiertamente y con unas ideas que no se ajustaban a la época: no soportaba que trataran a las mujeres como seres inferiores y era muy generosa. También tenía un gran sentido de la justicia, le dolía profundamente que la gente viviera en la miseria o que no tuviera la educación que merecía.

Fue una aventurera

Eso es. Irse de Europa a África en 1947 era toda una aventura

Para una mujer así la adaptación a la cultura árabe debió ser difícil.

Sí, porque cuando llegó se dio cuenta de que las mujeres de la familia de mi padre no hablaban en público, no salían a la calle y necesitaban una autorización para todo. Además mi abuelo había alardeado de ser más libre de lo que era en realidad cuando regresó a Mequinez. Ella lo pasó mal allí, pero no le hubiera ido mejor en Francia, porque entonces las sociedades francesa y la marroquí no eran tan distintas a la hora de valorar los derechos de la mujer. Y ella, aunque llegó a hablar el árabe a la perfección, no encontró su lugar en ninguno de los dos países. Fue un shock terrible porque nadie entendió sus deseos de libertad.

¿Quiénes son los otros? El título de esta novela apunta a distintos significados.

Sí, porque todos los personajes viven en el país de los otros. Los indígenas, en una tierra sometida por los colonizadores y los franceses, por supuesto, en un país que no es el suyo. Pero también hay otra significación que me interesa aún más. Y es que para las mujeres todos los países son también de los otros, de los hombres que imponen sus reglas. En el caso de Marruecos, las mujeres sufrían una doble colonización porque también se les impone cómo deben vivir y si tienes el derecho a comportarte de una u otra manera. La novela apunta a que hay que descolonizar el cuerpo de la mujer porque este sigue colonizado por los hombres, incluso cuando la descolonización oficial termina.

Y sin embargo, en el libro no toma partido ni por los colonizadores ni por los colonizados.

No quería construir una tesis histórica, sino contar las vidas de unas personas. Para mi abuela y para mi madre los colonizadores no fueron percibidos como los malos de la historia. Muchas veces era gente pobre que se trasladaba allí para ganarse la vida. Mi abuela, que acabó mimetizada con los árabes, era capaz de relatar aspectos terribles del racismo y a la vez acordarse de médicos y profesores franceses extraordinarios. Creo que las novelas están para situarse en una gama de grises entre el negro y el blanco.

Relata una historia de violencia enquistada.

Cuando Francia, y España no lo olvidemos, llegaron a Marruecos, aquella era una sociedad feudal con un poder patriarcal muy potente, formada por tribus y unas guerras tribales se dispararon en las diferentes regiones. Los años 40 fueron duros por las hambrunas y las epidemias, los niños morían muy fácilmente. Eso forjó una sociedad violenta, porque es así: en todos los países donde hay pobreza y desigualdad hay violencia.

¿Por qué cree que los marroquís tuvieron una excelente relación con Francia, al contrario de lo que ocurrió con Argelia?

Es verdad, no hubo odio. Cuando los franceses se fueron es como si se hubieran puesto de acuerdo ambas partes para continuar con los negocios. Francia, a su vez, siempre nos vio como niños simpáticos y hospitalarios, lo que no dejaba de ser un cliché. Esto ya ha cambiado. Los jóvenes sienten hoy mucha más cólera hacia Europa y es debido a la emigración que ha producido no pocos roces y un racismo que antes no era tan visible

¿Cómo ve el futuro para esos jóvenes?

Soy optimista pese a las dificultades ligadas al paro y a las libertades individuales. Los jóvenes tienen muchas ganas de viajar, de progresar y de pelear por sus derechos. Siguen las desigualdades claro y no voy a ser yo quien alabe al rey Mohamed VI, pero en los últimos años se han realizado muchas inversiones, como el TGB o las autopistas, la educación es obligatoria y la electricidad ha llegado a todas partes. Hay muchas cosas que están cambiando.

La historia de sus abuelos dará paso a la de sus padres y a la de una chica de Rabat, Leila Slimani, que se marchó a estudiar a París.

Serán tres novelas en total. Tres historias para comprenderme a mí misma. La segunda, que estoy terminando, está dedicada a mis padres mientras que en la tercera contaré cómo me he convertido en lo que soy y que nada tiene que ver con los proyectos que mi padre tenía para mí. Yo vine a vivir a Europa pero aquí no me siento una extranjera. Europa me pertenece. He querido contar una historia de una inmigrante que no sea desdichada. Para mí es la historia de una conquista.

Al final, vivir en el país de los otros ha resultado algo bueno.

Sí, claro, es un concepto universal. Creo que la vida se viva donde se viva siempre es un perfecto exilio y que tenemos que  aprender a amar las diferencias. Es una lección de vida.

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