Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Envejecer: un coñazo

Oscar Tusquets estaba escribiendo un libro «sobre el coñazo de envejecer y la aceptación de morir» cuando estalló la pandemia y, claro, no pudo resistir la tentación de incluir ahí algunas de sus reflexiones.

Envejecer:  un coñazo

Envejecer: un coñazo

Conozco a Oscar Tusquets desde los tiempos de Todo es comparable y Dios lo ve, dos libros más bien esbeltos y, desde luego, astifinos que convierten el ensayo breve en una fiesta sugerente, llena de franqueza y alegría. Este Tusquets –hay más, la familia es de las importantes–, hijo como tantos del señor de Montaigne, es arquitecto y diseñador y no de propina sino por desbordamiento de su viveza y diversidad, es también escritor. De la burguesía catalana liberal ilustrada. De la gauche divine. De Zeleste y Bocaccio. De Pau Riba y Jaume Sisa. Ricos, cultos y liberales. Viajados. Rechace imitaciones

Siempre he dicho, y algún día fabricaré una proclama vindicativa, que este país le debe mucho a los pijos y en el caso de un servidor, aun más a las benditas pijas.

Dos en uno

Oscar Tusquets tiene una hermana editora y su primera mujer, Beatriz de Moura, también lo es. Mientras se le moría otro editor, Jaume Vallcorba, el de El Acantilado, de quien se despidió en familia, con té y pastas y unos sorbos de Sauternes, su otro editor, Jorge Herralde, el de Anagrama, sacó a la luz Vivir no es tan divertido y envejecer un coñazo. El libro se anuncia con una estampa taurina y casi se despide (antes del elogio final de la navegación a vela) con una especie de trabajo detectivesco en torno a la muerte de Juan Belmonte, el torero. Es una provocación, claro. Meditada. Oportuna. De Tusquets se puede disentir, naturalmente, pero dan ganas de hacerlo, te lo exiges, con argumentos tan inteligentes y desenvueltos como los suyos.

En realidad, son dos libros en uno: una autobiografía de sesenta páginas y diversas aproximaciones a lo que los clásicos llamaban la brevedad de la vida, a envejecer y morir y tal vez, seguramente, desparecer del todo tras «un arrabal de senectud» (Jorge Manrique).

Vida a todo tren

Nunca he visto en un formato tan enjuto como el de esta autobiografía tanta gracia y apetencia de vida. Cuando, con algo más que ciertas posibilidades de adjudicarse la obra, escucha de labios de un señor importante de la Unesco, que el futuro museo de Arte Contemporáneo de Catalunya habrá de tener como modelo el Museo Nacional de Antropología de Méjico y que su principal función será pedagógica, quizás patriótica, monta un cirio de pedorretas y protestas verbales y al final y en compañía de un colega mea en la fachada del palacete Albéniz, lugar del acontecimiento.

Con una educación exigente (como ya no se estila y así nos va) en dibujo y pintura, según patrones clásicos, Tusquets fue un niño con Meccano, un adolescente fascinado por la química y un joven que, como todas las personas de ardiente corazón y algo en la sesera, adoraba el tren. Hasta los fabricaba a escala reducida. Tenia tantos alicientes abiertos a su disfrute que más de uno hubiese decidido diluirse en esta visión oceanográfica de la vida i/o quedarse agarrotado de pavor e incertidumbre.

De todo

Los Tusquets son de los que ganaron la guerra y tenían un tío monseñor y unos padres liberales («aunque fuera por pereza»). En este como en tantos otros de sus libros apunta o desarrolla visiones originales, de tan espontáneas y juiciosas, de los más diversos asuntos de estética pues hace suyo un pensamiento de Sánchez Ferlosio: «No despreciéis el poder de la fealdad porque es la puerta de la estupidez y ésta lo es a su vez de la maldad».

Incluso produce más incorrección política que de costumbre al abordar la pandemia que propone superar, llegado el caso, mediante una fiesta en cualquier garito bailando Dancing queen hasta la madrugada.

Al hacer balance de su trabajo como arquitecto y diseñador, adivino que se considera más consolado por la ligereza de una buena silla que por un trabajo, el del arquitecto, emparedado entre el constructor y las ordenanzas municipales. Su queja es elegante, esto es inaudible. Pero no deja de señalar que la mayoría de las casas unifamiliares que construyó, junto a «cuatro rascacielos bajitos», ya han cambiado de dueño, se reformaron irreparablemente y quieren, los antiguos dueños, que se les quite el nombre original para no tener problemas con Hacienda.

Vejez y muerte

Será difícil encontrar un libro sobre la vejez y la muerte que transpire tanta vida como éste. Ya saben: hay que hacerse amigo de la muerte, como hacen los mejicanos, pues ya se sabe que pasaremos en sus brazos –de la muerte no necesariamente de los mejicanos– mucho más tiempo que en este valle de lágrimas. Si hay resurrección de los muertos me pido el cuerpo de Alain Delon.

Compartir el artículo

stats