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La magia está en la música

Ramón Andrés conversa con los autores del pasado y traza una historia de la filosofía de la música, que ofrece un texto sabio donde se descubrirá que escribir sobre música no es únicamente un modo de prolongar el consuelo, sino que es una forma de conservar la irrenunciable reserva de libertad.

La magia está  en la música

La magia está en la música

Un libro para perderse en él: y encontrarse después de haberse perdido. Un libro que va para largo: de largo alcance y largo recorrido. Por algo es largo: 1152 páginas, sin contar la bibliografía. Libro para tomarlo con calma y leérselo despacio. Una terapia que, como la de La montaña mágica de Thomas Mann, lleva su tiempo. Concedérselo vale la pena.

Filosofía y consuelo de la música responde, con irreprochable sinceridad, a lo que su título promete. Hace pensar y consuela. La magia está en la música. Y el libro la activa. Con divagaciones de todo tipo: como propias de una erudición que quita el hipo. Y con el aliento poético que conviene a este discurso libérrimo, de epígrafes desiguales, interrumpido y reanudado a cada paso: discurriendo por los alrededores. Merodeando en el mejor sentido. Compensando el torrente de ilustración con los remansos de poesía.

Consecuente con su propósito, el autor prescinde de las notas a pie de página, que las habría, y las hay, innumerables. Y las inserta en su discurso con el ánimo, que fue enseña de nuestros clásicos, de «deleitar aprovechando». El provecho de la cita contribuye al deleite del argumento. Demora así la lectura a la vez que la hace más apetecible.

Con eficaz astucia, Ramón Andrés se remonta a los orígenes del pensamiento escrito: cuando filósofos y poetas, astrofísicos y magos, médicos y taumaturgos, anduvieron de la mano en sus mensajes. Cuando las voces dichas y los ecos escritos compartían escenarios y ágoras. Cuando la música permeaba las raíces de la cultura: del olimpo al teatro, de Apolo a Dionisos, de la geometría a la danza, del pensamiento estoico al bienestar epicúreo. Cuando los dioses jugaban a ser hombres y los hombres a creerse dioses.

Minuciosamente rememorado, ese origen nos invita a la inmersión en las fuentes. Es una buena razón para que éstas no se vean reducidas a la letra pequeña. Pues es en ellas en donde, si los hados nos son propicios, hallaremos el consuelo poético que la prosa filosófica nos augura. Agradecemos, pues, al autor esa incierta, y a la vez diáfana, hoja de ruta.

Dividido el discurso en tres partes, y éstas a su vez en diez, más ocho y ocho capítulos, nos movemos a merced de la meditación y el ensueño, la disciplina y el abandono, el ejercicio y el gozo. Entiendo que es libro para leerlo despacio, a pequeños sorbos. Pues por un lado nos abruma su sapiencia y por otro nos retiene su amabilidad. Hablamos de urgencia y beatitud: de curiosidades y de certezas, si es que puede haberlas. La música sabe y hace saber de lo uno y lo otro. Nos tensa y nos distiende. Y el libro nos dispone a salir, una vez más, a su encuentro.

Tempus fugit, dejó dicho Séneca, filósofo estoico. Y así es: ¿quién lo pone en duda? Y ello es causa de nuestro desconsuelo. Pero la música lo aprehende y, puesto que no le es dado retenerlo, viaja con él. Lo cual es un consuelo. Ése es, a mi parecer, el mensaje de este libro, literalmente fuera de lo común: para leer y releer. Y que dispone a otras escuchas.

Hablamos de un libro que nos consuela de no hallar en él lo que buscamos: que nos encamina en otro sentido. Que nos hace imaginar lo que, más allá de lo leído, cabe oír. Que endereza nuestros pasos en otra dirección. Lo que no puede ser dicho, dice Wittgenstein más o menos, habrá que mostrarlo.

La música es indecible, pero no inaudible. La laboriosa y luminosa perífrasis a la que nos convida Ramón Andrés, nos pone a las puertas del misterio que la música entraña y desentraña, vela y desvela, sin acabar de revelarlo. Porque así es el misterio; de ser revelado dejaría de serlo. El misterio es penumbra. Ni luz ni sombra. Es peristilo. Ronda de noche. Y la música nos pone a tiro de él. En una suerte de permanente serenata. El aire se serena: dejó dicho Fray Luis. Y algo, o mucho, nos dice: pero ¿qué es lo que nos dice?

La música es romanza sin palabras: cuenta sin cuentos. Túnel en el que moviéndonos se nos augura una salida luminosa. En el libro de Andrés atravesamos algunos de ellos. Las fuentes se nos apoderan. Pero intuimos que al cabo, y son muchos los cabos, acabaremos saliendo a flote. Regenerados. Porque la música nos regenera. En ello consiste su consuelo.

No es un libro fácil. Tampoco para darse un atracón. Requiere paciencia y demora. Sensibilidad por parte del lector y reposo en su lectura. ¿De cabecera? No. Demasiado denso. Propicia más el ensueño que el sueño: más la curiosidad que la relajación. De sorpresa en sorpresa: de enigma en enigma. Requiere al lector armado: para desarmarlo. Al desconsolado, para consolarlo. Al descreído de la razón filosófica, para hacerle entrar en sus razones: ésas que el corazón posee y -dice Pascal- la razón desconoce.

Un libro puede ser toda una aventura. Pienso que éste lo es. Con sus riesgos. Y desde luego, sus hallazgos. Nos adentramos en una isla misteriosa, digna de un Julio Verne. O de un Stanley Kubrick. El cosmos se parece al océano: el espacio interestelar se confunde con las aguas profundas: en uno y otro perdemos pie. Pero de eso se trata. La música lo sabe.

Porque la música se halló, y se halla, en el principio. Sea cual sea la filosofía a la que nos adherimos. En cuerpo y alma. El ser humano se debe, si creemos al Génesis bíblico, a un soplo de Yahveh en el barro. El barro percibió su aliento y se hizo la criatura inteligente. No fue la luz, sino la voz, el principio de la creación. Insufló en sus narices aliento de vida: venimos del olfato. Como un narcótico, el aliento divino nos da el ser. Y de ello se genera el consuelo, del que el autor nos habla. Ojos cerrados y oídos a espera: el alma es aroma.

Este libro no huele: pero invita a oler. Volvemos al papiro. Y a la percepción directa e inmediata. El oído sella el pacto entre la visión remota y el olfato a corta distancia. Entre lo que imaginamos y lo que percibimos. ¿A medio camino? No: más bien a la vuelta. Es el consuelo de la música: el aterrizaje que sucede al vuelo. El Retorno de Ulises a la Patria.

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