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Crónicas de la incultura

Títulos

Supongo que el lector pensará que voy a hablar de las vanidades humanas. Los títulos siempre nos han gustado como forma nada discreta de diferenciarnos de los demás: no es lo mismo conde Tal que Tal a secas, por mucho que la aristocracia esté de capa caída. Los que aún llegamos a hacer la mili sabemos el gustirrinín que destilaba aquello de mi sargento para el interpelado. Una sugerencia a la CRUE (al consejo de rectores): si en vez de pedir a los alumnos que dejen de tutearnos (solo ocurre en España, ese país de bárbaros), les pidiésemos que se dirigieran a nosotros con el título de profesor (sin renunciar a que, cuando vienen a reclamar para subir nota, nos llamaran mi catedrático), tal vez la mayoría de los conflictos, que tienen su origen en egos dolidos, se resolverían solos.

Junto a los títulos de las personas están los de las cosas y en particular los títulos de los libros. Los lectores no suelen ser conscientes de lo doloroso de ese parto. Muchos creen que un escritor, digamos Marcel Proust, se despierta un día pensando: ¿y si escribiese un libro titulado A la recherche du temps perdu? Dicho y hecho: se sentó, cogió la pluma y le salieron ocho volúmenes. ¡Venga ya! El título es lo último que se suele escribir, tiene mucha importancia porque se espera que resuma la esencia del libro y que constituya al mismo tiempo un banderín de enganche para futuros lectores. Fíjense en los últimos premios nacionales de literatura: el de narrativa, de Juan Bonilla, se llama Totalidad sexual del cosmos, y el de poesía, de Olga Novo, Feliz Idade. Tampoco está nada mal lo de El infinito en un junco, el premio de ensayo de Irene Vallejo, cuyo título viene a ser una definición algo extravagante de la línea recta. ¿A que se lo han currado? A su lado todo aquello de El ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha parece una ingenuidad, por no hablar de los títulos del XIX, a menudo simples nombres del protagonista, como Nazarín o Fortunata y Jacinta. Se ve que los títulos hodiernos son estilo twit, reflexiones quintaesenciadas para consumo de unos lectores que no tienen ninguna intención de pasar de la portada. Pasa lo mismo con los lemas de las campañas electorales, los cuales intentan ocultar la evidencia de que los votantes no se leerán el programa del partido. Por eso, siempre me ha parecido que la costumbre de los artistas plásticos de dejar el cuadro o la escultura sin título, constituía un delito de lesa humanidad. Hay que hacer lo contrario: de ahora en adelante, reduciré la columna a su título mondo y lirondo…, si Levante-EMV me deja.

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