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Ojo con la santa compaña…

Ojo con la santa compaña…

Ojo con la santa compaña…

No resulta fácil recibir del mercado editorial muchas alegrías. Por eso me gusta decir que esas alegrías nos llegan casi siempre de las afueras de las grandes editoriales. También me gusta repetir que hoy son las pequeñas editoriales independientes las que le salvan la cara a la gran literatura. Voy a lo que voy. Dos libros. Diferentes, pero con una base común: Ramón María del Valle-Inclán. La única vez que me hablaron de él ya mayorcito (mayorcito yo, el otro ya se había muerto hacía la tira de años) fue para decirme que destacaba entre los de su tiempo porque se paseaba por Madrid con un paraguas de colores. Sólo eso me enseñaron. Una extravagancia ese don Ramón. Pero de lo que escribía cuando no andaba paseando bajo el paraguas, rien de rien. Cero de escritura, como diría Roland Barthes. ¡Maldita precariedad literaria la de aquel tiempo!

Ojo con la santa compaña…

No sé si se acuerdan de Golpes Bajos. O de Cómplices. En ambas músicas y letras andaba Teo Cardalda allá por los ochenta y noventa del pasado siglo. Ahora nos llega con un libro que se cae de guapo. Música suya y versos de Valle-Inclán. Tapas duras. Ilustraciones con fotografías del escritor, solo, en grupo familiar o de colegas, cartas manuscritas… Y con dos joyas que hacen crecer, más si cabe, lo que tiene de único Claves líricas. Nueve poemas musicalizados de Don Ramón Mª del Valle-Inclán. Las dos joyas son un texto de ese hombre sabio que es su nieto, Javier del Valle-Inclán Alsina, y un disco con dieciséis pistas: los nueve poemas musicados por Teo Cardalda, seis textos del músico recitados por él mismo y otro más en la voz de María Monsonís, que se encargó de seleccionar los poemas y de recitar, como digo, el dedicado a Josefina Blanco, esposa del escritor. Y hay en el libro una tercera joya: el breve, intenso prólogo de Luis Pastor: «El milagro del poema hecho canción», escribe el maestro y amigo de hace siglos sobre este libro hermoso. Y Javier del Valle-Inclán Alsina: «Cardalda hace honor a la divisa de los artistas valientes y arrojados, que no es otra que reinterpretar, trasladar a otros lenguajes artísticos, encuadrar en diferentes códigos, deconstruir, una obra de arte para montar con las piezas un nuevo artefacto».

Y al lado de esos poemas, aparece otro libro como por arte de magia: El Trueno Dorado, que publicó hace nada la pequeña y dignísima Rasmia ediciones. Novela de apenas cien páginas es un gozo de peripecias y lenguaje. No sé si alguna vez se lanzó Valle a retorcer las palabras como en esta historia de ricos y pobres, de cinismo criminal y ayes quejumbrosos de padecimientos a destajo. En otro libro anterior (Ramón del Valle-Inclán entre Galiza e Madrid 1912-1925) rescataba Javier del Valle-Inclán Alsina ese juego que tanto le gustaba al autor de Luces de Bohemia: «Yo no soy ciertamente una autoridad en achaques de castellano». Y tanto que lo es: para muestra, esta brevísima novela, tan tragicómica, tan en la línea del esperpento que fue imagen de marca de ese enorme escritor del que sólo me enseñaron que se paseaba por Madrid bajo la extravagante protección de un paraguas de colores.

Un grupo de señoritos va de juerga. Unos tipos que hoy hubieran salido a la calle gritando libertad para hacer el gilipollas y desde luego sin mascarilla. Llega la autoridad a ver qué pasa con tanto ruido y esa autoridad acaba siendo arrojada por la ventana de La Taurina, famoso colmado a cuyo mando está su dueño, Pepe Garabato. Se descalabra el guardia y los ricachones buscan una solución: que un pobre se inculpe para que ellos se salgan de rositas. Personajes cuyo cinismo aterra y otros que gritan su desesperación al ritmo casi de una guitarra que entona un lloro flamenco que enrabieta. Y sobre todos ellos, como destaca el mismo Valle-Inclán Alsina, autor de la introducción y los apéndices del libro, ese anarquista Fermín Salvochea a quien tanto amor literario le tenía el genio del 98. «El hombre ha necesitado miles de años para ponerse de pie», dice el licenciado Rosillo mirando con sorna el retrato de Bakunin. Y aquí la respuesta de Fermín: «¡¿Y de qué le ha valido?! Si hubiera continuado marchando sobre las manos, no tendría al presente que trabajar con ellas, ni habría revoluciones anárquicas, donde se proclama el derecho al trabajo». Existen dudas acerca de si El Trueno Dorado formaba parte de un proyecto más amplio en la obra de Valle-Inclán. El caso es que fue publicado por entregas en el diario Ahora, que dirigía Chaves Nogales (hoy en todas las salsas políticas e ideológicas), pocos meses después de la muerte de su autor, a comienzos de 1936. Luego vería sucesivas ediciones y ahora podemos disfrutar la última, gracias una vez más al empeño de esa brava iniciativa que es Rasmia ediciones.

«Yo por bien tengo que cosas tan señaladas, y por ventura nunca oídas ni vistas, vengan a noticias de muchos y no se entierren en la sepoltura del olvido»: así empieza el prólogo del Lazarillo. Y nunca mejor traída, esa sentencia, a esta recomendación de dos por uno que les acabo de ofrecer. En esta oferta no están obligados a comprar ninguna clase de gazpacho o gel de baño. Eso es ya una buena ventaja, ¿no creen ustedes? Pues a disfrutar con los Nueve poemas y El Trueno Dorado. No se los pierdan. O se les aparecerá por las noches la Santa Compaña en formato Walking Dead. Y eso sí: no estará la música de Teo Cardalda para sacarles del apuro. ¿Es una amenaza? Pues a lo mejor sí…

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