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Ber lan gui ana

Vicente Muñoz Puelles construye a Berlanga haciendo de Berlanga y recreando su vida con muchas anécdotas.

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El Consell de Cultura de la Comunitat Valenciana quiere dedicarle un homenaje a Luis García-Berlanga a cien años de su nacimiento y antiguo miembro de la Institución. Y ese es un organismo donde se concentra la inteligentzia literaria y artística de dicha sociedad, presidida por ese investigador, Santiago Grisolía, cuyo artículo mas sobresaliente de bioquímica data de 1955, que a la sombra del premio nobel, Severo Ochoa, se ha construido una plataforma social que, como los espejitos de Colón a los indígenas, ha impactado en esta sociedad. Incluso esa proyección le sirvió para adquirir un marquesado con el beneplácito de las autoridades políticas de todas las ramas ideológicas, que a buen seguro le dedicarán un homenaje como el que le hicieron a un poeta auténtico como Francisco Brines. Y junto a él el secretario ejecutivo, casi perpetuo, de la entidad, Jesús Huguet, militante socialista y ex funcionario de correos jubilado, considerado una eminencia internacional en la investigación de la sociolingüística, poeta y experto en Vexilología. Y por todo ello le encargó un libro sobre la figura de Berlanga a Vicente Muñoz Puelles, escritor de varias novelas premiadas y premio nacional (de España) por dos veces de literatura juvenil, con más de 200 obras publicadas. Se debió tener en cuenta que Muñoz fue el primer galardonado de un premio de novela erótica, La Sonrisa Vertical, que creó el cineasta, con quien le unía una buena amistad y al que también le dedicó un texto sobre sus aficiones erótica. Previamente, y después de varios años en el Consell, no le pudieron renovar su continuidad en la última remodelación, habida cuenta que en la cuota que el PSPV-PSOE tenía asignada para dicho organismo ya existían personalidades políticas amortizadas, con grandes méritos culturales como puede apreciarse en sus currículos. Y, bueno, los políticos de esta sociedad siempre buscan compensaciones para demostrar que no es un problema personal, como diría el Padrino de Coppola, sino un asunto de negocios políticos, dándole incluso el premio de las letras valencianas y otorgándole un primer pergamino en femenino. Y así, con el aliciente de una buena dotación, el escritor se puso a la tarea y produjo una obra de literatura berlanguesca para que algún día las autoridades de la Generalitat pudieran celebrar, con todo el regocijo protocolario, el año de Luis Berlanga, cineasta nacido en Valencia en 1921 y fallecido en 2010, con raíces familiares de propietarios agrícolas en Camporrobles, en la comarca vitivinícola Utiel-Requena, con abuelo liberal de Sagasta que llegó a ser presidente de la Diputación de Valencia y padre republicano, pero cuya obra cinematográfica se cumplimentó principalmente en Madrid. Tal vez, eso sí, su ironía y sarcasmo podía provenir del inconsciente colectivo, que tanto destacó Carl Jung, de estas tierras valencianas.

El libro de Muñoz Puelles no es una biografía, para eso ya está la obra de Miguel Ángel Villena que ha desentrañado las entretelas de una vida dedicada al cine, y su lucha, junto con Bardem, para sortear la censura franquista y conseguir películas bien realizadas que son ya un testimonio de aquella sociedad española, no tan lejana, sin las cuales no puede reconstruirse gran parte de la historia de la España de la segunda mitad del siglo XX. Aquí en «Berlanguiana», editado en formato de lujo, con un buen anexo fotográfico, se recrea la personalidad de Berlanga a través de un relato literario donde se mezcla la ficción del escritor con sus contactos con él, en una especie de realismo mágico que descubre las facetas del personaje con un estilo literario a lo berlanga. Es una cualidad muy de Muñoz, mezclar realidad con ficción porque para él no existe gran diferencia entre ambas. («La leyenda vale tanto como la realidad», p.49). Como cuenta en sus conversaciones con Berlanga: «yo todavía ignoraba hasta qué punto mixtificaba sus recuerdos y mejoraba los detalles de una versión a otra, como un guionista incansable que siempre busca la versión más interesante o efectiva desde el punto de vista dramático» (p. 29). Es decir, Berlanga haciendo de Berlanga, construyéndose como personaje y recreando su vida con anécdotas varias.

Las conversaciones de Muñoz con Berlanga, llenas de anecdotas reales o inventadas, cuentan también con la presencia del librero y editor de la librería La Máscara, Luis Andrés, aficionado igualmente a la literatura y los fetiches eróticos. De hecho, ya en 1995, editó con texto del mismo Vicente Muñoz «Infiernos Eróticos. La colección de Berlanga» e iniciaría una colección con el título de «Malditos Heterodoxos», donde pueden leerse joyas literarias como «Psichopathias Sexualis» de Richard Von Krafft-Ebing, muy valorada por Berlanga. Los tres, junto con Luis Gasca, director del Festival de San Sebastián y gran coleccionista de comics, hacen que el cineasta se expanda sobre los avatares de su vida y visiten en comandita las librerías de París dedicadas al tema, donde Berlanga adquirió las obras del marqués de Sade y una ilustración del Kamasutra ilustrado por Pichard. Y además recaben en el museo del cine y comenten lo efímero de las colecciones eróticas. Las historias de su alistamiento en la División Azul para así poder liberar a su padre de la cárcel y de la pena de muerte están relatadas como si escribiera el guion de una de sus películas. Junto a ello repasa los avatares de las diferentes producciones que dirigió, su paso por la Filmoteca Nacional y su desencuentro con Pilar Miró que lo cesó, así como su desconsuelo por la serie sobre Blasco Ibáñez que produjo para Canal 9 y su ingreso en el Consell de Cultura. Todo está contado con una prosa suave que nos proporciona una visión berlanguesca del propio Berlanga.

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