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Berlanga, bendita gloria

El escritor detalla la relación del cineasta con la literatura a través de un encuentro entre ambos y Rafael Alberti en el Puerto de Santa María.

Luis García Berlanga.

Luis García Berlanga.

Tendría yo acaso 30 años cuando desde el Hotel Londres de València me encontrara en la calle con mi querido Luis García-Berlanga, y su cariñosa mujer, María Jesús Manrique. Yo les vi acercarse a la mascletá y de la mascletá, sin embargo, me ausenté. Pero Berlanga se empeñó en imponerme la música del ruido o el ruido de la música desde el alto piso de sus familiares, frente a la hermosa plaza valenciana. Y fue allí, donde ajeno al ruido, se produjo en mí la emoción del estallido, el prodigio del fuego. A Berlanga le debo, pues, aquella alegría que a lo largo de los años se ha ido enriqueciendo para mí en la emoción del ruido y de la vista.

Y, ya en la radio, siendo yo director de Radio Nacional de España, quise brindarle espacio para su expresión erótica. Y claro que en eso anduvo en aquellos tiempos democráticos en los que un viejo periódico recalcitrante se empeñó en condenarnos. En su casa valenciana de Oropesa, frente al mar, pude encontrarme con él y con amigos, y en su mansión madrileña logré la fortuna del gozo de vivir y de escuchar a aquel querido genio.

Pero nada que ver mi experiencia de escritor con el cine, aunque todavía hoy no me explico cómo se les ocurrió llevar a la pantalla La mirada del otro, una novela mía, tan literaria y en cierto modo compleja. Hubiera entendido mejor que eligieran otra obra, Ciertas Personas, una novela coral con la que este admirado Luis García-Berlanga tuvo mucho interés en hacer una película y en la que se empeñó finalmente Miguel Picazo, el director de La tía Tula, sin que luego se contara con los medios para hacerla. Ahora bien, nada más se inició el rodaje de La mirada del otro me preguntaron lo de siempre y respondía lo de siempre. Una mala película.

Lo cierto es que con aquel estreno, si no recuerdo mal, mientras volvían unos a tirarle de las orejas a Berlanga, por su visión de Blasco Ibañez en la serie de televisión que dirigió, y se empeñaban otros en situar el Blasco de Berlanga entre lo mejor de su cine, Berlanga seguía trabajando y se acercaba al Puerto de Santa María para hablar de cine conmigo a la sombra de mi querido Alberti. Pero hablábamos allí, Berlanga y yo, de la generación del 27 y el cine, y Alberti quedaba como un rey en su pasión temprana por la cinematografía, tan bien expresada poéticamente en aquel libro. No nos olvidamos tampoco de un excelente poema de Aleixandre en su primera obra, Ámbito, ni de otro que dedicó al cine Pedro Salinas. Lorca, como se sabe, gustó mucho del cine poético de su tiempo, y hasta quiso intervenir en él, y el interés de Aleixandre por la cinematografía me consta que excede a la dedicación poética que le haya prestado. Salía poco de su casa, pero cada semana tenía con el cine una cita inexcusable que nos permitía a los que le visitábamos hablar con él también de películas. Y de Berlanga habló siempre con admiración.

Pero en el encuentro del Puerto con Alberti hablamos otra vez de las reticencias con el cine y con lo audiovisual de muchos intelectuales, de las influencias del cine en las técnicas literarias y en la nueva disposición del lector, así como de casi toda clase de vicios y aspereza en la relación cine-literatura.

Y Buñuel no escapó nunca a la charla, mientras Berlanga coincidía con el Alberti ausente en considerar a Buñuel un puritano. Ilustró con anécdota el rechazo por lo erótico de un Buñuel que Alberti creía en el infierno.

Al contrario que Luis Berlanga, que fue un erotómano constante y apasionado, un observador que miró por el ojo de la cámara, sin eludir el sexo cuando afloraba, y eligió a veces descarnadamente las imágenes en función de su relato con la calculada precisión de un cirujano.

Pudo en él más el oficio que la pasión, y los rasgos de un escepticismo cultivado o de una distancia establecida por su necesidad de saber. Pero aquel mirón obsesivo que era yo resultó ser un irreprimible curioso de la vida, y no creo que buscara Berlanga meditativos espectadores ni que hiciera cine para arreglar nuestras desdichas, pero en sus mejores obras consiguió trasladar a la pantalla aquella capacidad de hacerse preguntas que confesaba.

Bendita gloria la de aquella eminente criatura, viva desde la risa y la palabra, desde el activo gesto y el talento, desde la emoción y el buen coraje. Y mi saludo entrañable para su hijo más pequeño, Fernando, ahora más querido, a quien tuve en la radio y vivió entonces de ella.

¡Viva nuestro Berlanga!

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