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Postales

Natalia Carrero 
(Barcelona, 1971).  pd

Natalia Carrero (Barcelona, 1971). pd

El año 1992 fue el de los Juegos Olímpicos de Barcelona. Siempre que se anuncia un acontecimiento de esa envergadura, el país se pone patas arriba. Bueno, no se pone: lo ponen. El paisaje se convierte en otro paisaje. La piqueta -como en aquella novela futurista de Antonio Ferres publicada en 1959- afila el pico y lo de antes pasa a ser esa postal en blanco y negro que contrasta con los colorines de lo nuevo: «Se vitoreaba y aseguraba que ya nada sería igual, estábamos haciendo historia, yo también estaba haciendo historia aunque no me enterara del calado o del engaño de nada». Saco el párrafo del nuevo libro de Natalia Carrero titulado Vistas olímpicas. Si hacemos caso a sus pocas páginas, casi sería un librito. Si nos fijamos, sin embargo, en lo que cuentan esas páginas la cosa ya no sería lo mismo. La editorial Lengua de Trapo anuncia la publicación de una serie Episodios Nacionales. Una serie muy particular, lejos de la mirada «oficial» que suele acompañar algunas fanfarrias lujosas por fuera y con el alma que huele a chamusquina.

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Una lotería, eso de que te toquen los Juegos Olímpicos. La gente levita por las calles. Bueno, no toda la gente, claro. Siempre la fiesta va por barrios. Hay que convencer al personal de que la cita deportiva es una bendición para todo el mundo. Sobre todo para la ciudad: regresará a su vieja condición de centro mundial de la cultura, a su luminosa mediterraneidad cuando en España sólo alumbraba el griterío de la Plaza de Oriente cuando la dictadura celebraba sus aniversarios, al trajín de las Ramblas con el dedo incorrupto de Colón señalando un horizonte ilimitado: «El neoliberalismo cabía todo en un deseo. Peor aún, en ocasiones bastaba un gesto de gratuita seducción».

El pasado regresa en la forma de un recuento nada complaciente con lo que fue aquella celebración y tampoco con quienes vendieron la moto de un tiempo nuevo, de un futuro que llegaría a velocidad de flecha incendiaria en el pebetero de la llama olímpica. El pasado, el presente y el futuro: «Amigos para siempre / Means you’ll always be my friend» y en aquella otra canción que juntó a bombo y platillo al rey del pop con la reina de la ópera. Todo en su punto para un acontecimiento planetario que dejaría atrás chabolas y memoria, recorridos como los de antes por los arrabales del Carmel y fotos en familia en las cámaras vocacionales de los artistas callejeros. Todo el oropel de la convocatoria olímpica y, como cara invisible, la de una realidad que se vive y contrata a escondidas: la H grande de los hoteles y ese personal de servicio que mira de reojo, aunque con esa sumisión a que obliga la precariedad (ya entonces, claro que sí): «todo esto por una mierda de sueldo, contrato basura, asco total. Tenga la certeza de que el futuro no pasa por aquí».

La escritura de Natalia Carrero es la que debería ser si no quiere ser una engañifa: a contracorriente y a contratodo. Sin ninguna complacencia. Sin mirar con el reojo de la sumisión sino de frente y con la seguridad de que si no se escribe así para qué demonios escribir. Escribe este libro desde dos tiempos que son como uno solo: el capitalismo, al cabo, sólo hace que perpetuarse en sus rollos cínicos de cambios aparentes. Aquel año de 1992 y lo que llevamos de peste desde que nos desarmó un bicho con pinta de monigote de diseño. La noticia era la playa desierta cuando el confinamiento y quedaban escondidas (hasta que ya no pudo ser) las otras adonde llegaban restos de todos los naufragios: «Ni una mención tampoco de sucesos que acaecían en otras playas, otras latitudes tal vez remotas, alcanzadas por pateras cuyas llegadas en masa empezaban a contabilizar los telediarios».

Los fastos del 92 expuestos en los quioscos para goce de turistas y conversión de la memoria en una nostalgia blanquinegra que no es nostalgia sino rabia: esos gruñidos en forma de onomatopeyas que recuerdan «fonemas impronunciables representantes de los últimos estertores de los merenderos o chiringuitos, el final de una época y el inicio de la que sigue, la muerte y acaso el olvido y su resistencia como esta precaria memoria del mundo que se fue. Al fin y al cabo siempre se trató de arquitectura efímera y, por encima de todo, la violencia del poder. Los fuertes contra los débiles y estos últimos sumando fuerzas para organizar su furia». La última resistencia siempre la encontraremos en la memoria, pero no en esa memoria que endulza lo que fue nuestro pasado, sino en aquella memoria insumisa que no claudica bajo ninguna violencia, y menos aún de la violencia -¿cuántas cabezas tiene la hidra?- del poder. Escribir o hacer cualquier otra cosa sabiendo que será difícil ocupar un sólo segundo en un telediario. Ahí la seguridad de que los Juegos Olímpicos del 92 fueron un etalonaje colorista a precio de paraíso fiscal en esos telediarios. Del otro lado, en el contrario, escribe esta escritora a la que ella misma llama común tal vez para que no haya mercadeo con lo que escribe y lo que dibuja: «Los mejores productos culturales serían siempre anónimos».

La despedida tendrá el sabor y el olor de los museos, la música bifásica que «durante la gala, mientras en el Estadi Olímpic sonaba Els segadors en la retransmisión televisada se escuchaba el himno español». La despedida será cuando lleguen a un museo los padres de Germán y Helena y una azafata les pregunte de qué país venían. «Somos de Soria», contestan. Y después, cuando Helena se muestre llena de alegría por «las postales recién compradas que acaso transformaban este viaje en algo especial, ¿qué le ocurría, ¿era esto crecer, turista de la vida?». A partir de ese instante ya nada sería igual, ni la llama olímpica, ni la playa de la Barceloneta, ni lo que a una Helena adolescente le quedaba por vivir, ni nada de nada. Tal vez Soria sí. La última línea de este libro pequeño y grande a la vez: «… agarraba con fuerza consciente la mano de su madre, el futuro ya está aquí». Escrito así, este final, sin ningún signo de admiración. A pelo. Como toca a la escritura que no miente. O sea, como a la buena escritura. Pues eso.

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