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EL CAMINANTE

El ‘Tristán’ como adicción

El ‘Tristán’ como adicción

El ‘Tristán’ como adicción

Escuché por primera vez a Nina Stemme cantar Tristán e Isolda de Richard Wagner en el Festival de Bayreuth de 2005 y tuve la fortuna de volver a hacerlo en 2006. Esta extraordinaria cantante sueca no ha vuelto a pisar la verde colina desde entonces, al parecer por un malentendido con la familia Wagner, que siempre ha controlado la dirección del festival, ahora en manos de Katharina, bisnieta del compositor. Tenía por ello especial interés en escuchar a Nina Stemme de nuevo en ese difícil papel 15 años después. Lo hice el pasado 11 de julio en el Festival de Aix-en-Provence y puedo asegurar que su voz ha ganado en madurez, pero no ha perdido un ápice de potencia ni de intensidad en la interpretación del rol de Isolda, del que está considerada con justicia la mejor intérprete viva.

El Tristán de Aix-en-Provence, interpretado por la London Symphony bajo la dirección musical de Simon Rattle, ha constituido un verdadero acontecimiento. Con Stuart Skelton como Tristán y Franz-Josef Selig como Marke, la versión de Rattle ha sido profundamente sensible y llena de pequeños matices. Mención aparte merece la muy notable puesta en escena de Simon Stone, aunque, como es tan frecuente hoy en este campo, pretende contar una historia no solo distinta, sino incluso divergente del texto que interpretaban con decidida entrega los cantantes. El acontecimiento tenía además el aliciente de que esa orquesta no se había enfrentado nunca a una interpretación completa de la obra.

El Tristán es una obra singular por muchos motivos. Como dijo Schoenberg, es la que abre la puerta a la atonalidad y a los nuevos caminos de la música en el siglo XX. Pero también es de entre toda la producción de Wagner la que mejor representa esa cualidad que tienen sus creaciones de ser más que música. Mucho más que música, incluso. Es el deseo insatisfecho de los amantes lo que origina y motiva una escritura de indefinición tonal que abre un nuevo camino musical.

En una entrevista que recoge el programa del festival, Rattle se extiende sobre su trascendencia y significación. «¡Tristán e Isolda está a veces más cerca de la droga que de la música!», dice. «Es necesario admitir que hay en esta obra algo de narcótico». Entiende que hay «algo de inhumano o de físicamente imposible en esa música», y esa es una de las razones de la profunda atracción que ejerce.

Se ha escrito mucho sobre la carga extramusical de la obra de Wagner, campo en el que Tristán es el ejemplo más claro. El que Rattle ofició en Aix-en-Provence con una brillantísima London Symphony y una insuperable Isolda de Nina Stemme fue más que una profesión de fe.

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