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Modos de ver

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Modos de ver

Cuando a principios de la década de 1970, John Berger desarrolla para la BBC una serie de videos en los que explica como la percepción de la obra de arte depende de cómo nos acercamos a ella, estaba destacando una faceta de la obra que, en ocasiones, olvidamos. Su interpretación a partir del contexto de su exhibición. Es decir, la puesta en escena. Este último elemento fue fundamental y asimilado en plenitud por el Barroco, que buscaba la experiencia artística total - y hoy denominamos inmersión artística al relacionarlo con el arte contemporáneo-, con el fin de conseguir una experiencia de lo trascendente. Es el momento de los artilugios que hacían aparecer y desaparecer la exposición divina a través de complicadas tramoyas donde el refulgir de las velas se reflejaba en los brillos dorados de los abigarrados interiores acentuando ese sentido trascendente. A esto había que unir la música del órgano y el olor a incienso. La desaparición de estos espacios tal como fueron concebidos (la llegada de la luz eléctrica, el cambio de la liturgia, etc) hacen que obras concebidas para estos lugares ahora cuelguen en los museos completamente aisladas del espacio para el que fueron pensadas, alterando, por tanto, tanto su visión como su significación final. Por eso, que el museo del Prado haya transformado la visión de una de las obras cumbres de Velázquez, dando lugar a una puesta en escena donde el espectador del siglo XXI se encuentra con el formato original, o más cercano al original, ¿qué es lo que está pretendiendo en realidad? Una mejor apreciación del tema de la obra tal como la había concebido el pintor, puede ser la primera respuesta a esta pregunta. Así se explica por parte de los responsables del museo, y es verdad que encaja mucho mejor la composición. Sin embargo, nos sigue faltando el contexto. Los añadidos, ahora tapados, se hicieron en el siglo XVIII para adecuarla al nuevo espacio donde se colocaría dentro de los espacios reales. El modo de ver la obra, ha cambiado. No es mejor ni peor que la anterior, sino una forma de reciclaje y, por tanto, de subsistencia. Pues esa adaptación le ha permitido llegar a nuestros días. Esto es algo que se entendía a la perfección por los artistas del siglo XVII, que intervenían en obras anteriores para adecuarlas a los nuevos espacios para los que no habían sido concebidas. Así lo vemos en el propio museo del Prado con la Inmaculada de Rubens, realizada en formato semicircular y que, posiblemente, el propio Velázquez alteró a uno cuadrangular. Más interesante es la ampliación que el propio Rubens realiza en 1628 de la Adoración de los Reyes, obra que había pintado para uno de los salones del ayuntamiento de Amberes, y que terminó en la colección real española, lugar donde el pintor advierte que había perdido todo su sentido. Al añadir dos franjas en la parte superior y derecha consigue mayor monumentalidad y una mejor percepción de la obra en su nuevo contexto. Son múltiples los ejemplos que podemos citar de esas adecuaciones a los nuevos espacios que van teniendo las obras. Es algo que forma parte de su historia interna, y que a los historiadores nos sirve para ubicarlas en su lugar espacial en el tiempo, entendiendo por qué fueron colgadas en un determinado lugar y no otro.

Modos de ver

Los museos son lugares de preservación y cuidado de un patrimonio material de todos y, desde luego, los mejores sitios para que este legado sea trasmitido a las siguientes generaciones, de eso, no hay duda. Sin embargo, es verdad que el público que se acerca a los museos es muy heterogéneo y, por tanto, su experiencia de la obra va a ser muy diferente. En una misma sala, ante una misma obra, la tradición y el bagaje personal del espectador va hacer que las interpretaciones sean distintas. Adecuar las miradas para captar el sentido primero que le ha dado el artista, es una interesante tarea para un museo.

La propuesta de exhibición de la Fábula de Arácne de Velázquez entra dentro de esta doble intención, acercar al público a cuál sería la concepción primera del artista sevillano, al mismo tiempo que aislar la obra de su pasado. La solución ideada es buena, pues como una tramoya barroca, la obra puede desprenderse de su armazón para mostrar el paso del tiempo, otra versión de sí misma, y, por tanto, otra percepción. Otro modo de ver.

Una de las obras más interesantes y enigmáticas de Velázquez que se exhibe en el Museo del Prado.

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