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Examen de ingenios

Un centenar de semblanzas que provocan en Caballero Bonald una profunda reflexión sobre algunas de las figuras más relevantes de la cultura del siglo XX.

Examen de ingenios

Examen de ingenios

Uno de mis descubrimientos de última hora es la serie de TVE, después del telediario, dedicada a la alta costura que a veces no es ni alta ni mediana, pero bueno, eso también pasa con el arte más exigente. Del mismo modo confieso que retratos y anecdotarios conforman el capítulo más chismoso de la historia de la literatura lo que llena de satisfacción y cumplimiento el ánimo del cotilla más reincidente y, en cierto modo, le absuelve de la caída, gustosa, en el comadreo. No es mi caso, pero nunca se sabe.

Una prosa excelente

El título Examen de ingenios es más idóneo que perfecto aunque no sé si el autor era del todo consciente de su precisión porque junto al retrato de sus patrocinados, hay un auténtico examen en el sentido más profesoral de la palabra: pone nota y se explaya en su justificación, emite el aprobado o le endosa orejas de burro al reprobado. No es una actitud muy simpática, pero la matiza y frena con alguna frase benevolente o relativista.

Confieso que una columna de Molina Foix y una frase de Caballero Bonald relativa a la obra de Francisco Brines –»la verdadera poesía ocupa más espacio que el poema»– fue, en mi caso, la invitación a leer este libro, un recorrido por algo más de un siglo de figuras y figurones de la tarea literaria con el añadido de algún torero, un manojo de pintores y no sé si como singularidad o stravaganzza, una nota dedicada a Alfonso Guerra. Sí, el Vice.

Aquí brillan la contención, la ironía o la burla manifiesta, la adjetivación precisa, la retorica sin oquedades, la calidad de página, aunque el asunto sea menor. O no: en lo que las semblanzas tengan de biografía, se propone una aprensión del personaje en tres o cuatro folios. No es fácil, pero no hay porque renunciar al juicio final, claro, y ajustarles las cuentas a todos los Panero: el papá (borracho de alcohol y mantecadas de Astorga), el pequeño Michi («un chisgarabís»), el loco Leopoldo María («un pobre diablo plomizo») y Juan Luís, el único que salva como poeta pese a considerarlo «petulante y cenagoso».

A veces se permite alguna maldad de fino escalpelo como cuando se refiere a las memorias del nicaragüense Ernesto Cardenal y concluye: «la prosa del autor es una consecuencia más del voto de pobreza».

Por suerte, otras dedicaciones de su tarea retratan con luces ambivalentes la persona y obra de Cela, de Blas de Otero (a quien recomienda sin reservas y retrata con tanto pudor como piedad) o de Rafael Alberti, de quien nos ofrece una estremecedora imagen terminal: el escritor recluido en uno de los apartamentos más vertiginosos de la Torre de Madrid con el suelo alfombrado de «cartas sin abrir, cheques sin cobrar y libros sin leer».

De algunos autores, como es el caso de Jorge Luís Borges dice lo mismo que cualquier lector: que hubiese preferido no conocerlo en persona. A éste, al otro o al de más allá.

Límites visuales

Aunque el autor confiesa que no va a cometer el error de valorar la obra por la simpatía o integridad de su autor, es un burro del que se cae unas cuantas veces: el corazón, ya se sabe, tiene sus razones, de lo contrario no remataria el acercamiento a Josep Pla con la imagen dragonesca del ampurdanés «manchando el cigarrillo de saliva amarilla».

De sus tiempos en Palma, Caballero Bonald saca varias incitaciones que le acercan a las patums catalanas y por ello incurre en una tibia reivindicación de Llorenç Villalonga, un empequeñecimiento de la figura de Carles Riba hasta casi convertirlo en mero helenista, un acertado y divertido balance de Eugenio d’Ors en lo que tuvo de diletante danunzziano y la mentada antipatía por Pla que remata con un «fue espía de Franco».

Un río de dos brazos

Otra ventaja de la galería de retratos de Caballero Bonald es que muestra un interés, que parece tan sincero como poco frecuente en el ombligo del páramo, por los autores latinoamericanos. De Carpentier a García Márquez o Cortázar (en quien siempre vio un eterno adolescente y eso me parece cierto y, mejor aún, veraz). De Juan Rulfo a Jorge Edwards.

Casi en cada línea de este libro hay una profesión de fe, con un exceso de énfasis, en favor de la literatura concebida como creación, como intrusión en el campo de la divinidad. Y el resto seria una cocción de berzas en la que incluye, con recato, a Azorín y, sin recato, al gran Baroja de quien se despide así: «mi apego a la obra de Baroja, si existió alguna vez, fue menguando con los años». Esto, ejem: solo puede decrecer lo que ya era.

Hay disputas escasamente higiénicas: el talento de narrar es independiente que no ajeno a la gracia literaria.

Por cierto, el autor comete la extravagancia, que comparto, de reivindicar el poderío estilístico de Paco Umbral. Por favor no lo cuenten, tener razón es muy aburrido.

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