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El punto medio

Mientras dure la guerra. Miguel de Unamuno y la memoria histórica como derecho humano

El punto medio

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La biografía de un filósofo está íntegra en su pensamiento.

María Zambrano

Último encuentro con un libro en Posdata antes del cierre veraniego. Se han quedado muchos otros en ese recuento apresurado, seguro que injustamente selectivo, de lo que se viene publicando y, sobre todo, en mi caso, de lo que no se sujeta a -esa sí, injusta- voracidad insaciable del mercado. Algunos de esos libros se quedan para septiembre. Si hay algo que tenga poco que ver con las prisas es precisamente eso: la lectura de un buen libro. Siempre a la espera, tranquilas sus páginas en un sosiego al que nadie ni nada impone sus prisas ni sus intereses. Hay quien sólo lee en los veranos. Compra un libro, lo forra bien forrado para que no se estropee y se tumba en el césped o la arena, no sé si para leer o para que el libro le procure una sombra apacible en medio del calorazo insoportable. Cuando supe de la existencia de Mientras dure la guerra. Miguel de Unamuno y la memoria histórica como derecho humano, también supe que la sombra y el sol se iban a subir al ring de la literatura excelente para arrearse estopa sin contemplaciones.

Sigo atentamente la colección que en la editorial valenciana tirant lo blanch dirigen los profesores Fernando Flores y Javier de Lucas: Cine y Derecho. Desde aquel libro sobre El verdugo en 2002 (Mario Ruiz Sanz), nunca han fallado en su selección. Si ustedes no la conocen, ya tardan en hacerse con ella. Películas importantes destripadas, desde perspectivas diferentes, por quienes se acercan a ellas con sabiduría más que contrastada. La de José Martínez Rubio a la película de Amenábar es la filológica, más que ninguna otra. Y la de un buen lector de películas, como demuestra en su acercamiento a ese punto final en la vida de Unamuno que fue su encontronazo con los fascistas en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca poco antes de su muerte. Esa muerte que tan sucintamente contó María Zambrano: «Murió en su casa, sin espectáculo, ni teatro, murió domésticamente como su Don Quijote». Mucho y bien escribiría la escritora exiliada sobre el autor de San Manuel Bueno, mártir y Del sentimiento trágico de la vida.

El peligro que asumía Alejandro Amenábar era claro. La literatura llamada de la memoria (como si toda literatura no lo fuera) destaca, en sus puntales más conocidos, por la equidistancia. No mojarse. Mejor eso de las derechas: no reabrir heridas. Como si se hubieran cerrado alguna vez. Lo dijo el mismo director en la presentación de su película: no quería ofender a nadie. Como si contar la historia fuera cosa de ofender o satisfacer a la gente. Escribe José Martínez Rubio en su libro esa sensación. Habla de esa tercera España que defendía Unamuno y que hoy utilizan unos cuantos para sentenciar que la guerra civil era cosa, sobre todo, de terceros, de quienes no estaban de acuerdo con los hunos ni con los hotros. Ahora esos defensores de la verdad inventada -como diría Antonio Machado- usan el nombre de Chaves Nogales para sus negocios editoriales, políticos e ideológicos, con Andrés Trapiello, Antonio Muñoz Molina y el profesor Jordi Gracia (que se inventó lo de la resistencia antifranquista «invisible» con Ridruejo hace la tira de años) a la cabeza. De siempre preocupó a Unamuno el garrotazo limpio de Goya: «Caín y Abel, siempre enmellizados como la muerte y el amor, como el hambre y la envidia», escribe en 1934. Ese peligro que corría Amenábar lo corrió Unamuno muchísimos años antes. Pensaba que era posible el punto medio entre los del golpe de Estado y quienes defendían la legitimidad republicana. Finalmente, en el Paraninfo de la Universidad salmantina explotó con aquello -creo que nunca confirmado en sus términos exactos- de «venceréis pero no convenceréis» soltado a la cara de los mandamases facciosos. En este imposible punto medio se detiene el autor del libro. Ese punto medio, «más que explicar, encubre. Y aquí Mientras dure la guerra, pese a explicitar la barbarie golpista, cierra el paso a la comprensión histórica y cae en la tentación de la equidistancia en la que también caerá Unamuno humillado y arrepentido, poco después».

A mí no me gustó la película. Por lo leído en las páginas que reseño, tampoco (o al menos no mucho) a José Martínez Rubio. Como mucho la tilda de «atrevida», seguramente por lo que decía yo al principio de estas líneas: resulta difícil, después de más de cuarenta años de democracia, escribir sobre lo que ha pasado y está pasando desde la Segunda República hasta ahora mismo. Sobre Unamuno despliega reflexiones que inciden en los diversos perfiles que mostró la inmensa personalidad del filósofo, como hacen también la misma Zambrano y, en el prólogo a Cómo se hace una novela, el francés Jean Cassou, un prólogo de amigo que, por cierto, poca gracia hizo al prologado: «Así es que Unamuno si hace política no puede entenderse con ningún político. Los decepciona a todos y sus polémicas se pierden en la confusión, porque es consigo mismo con quien polemiza». En lo que toca a José Martínez Rubio, después de mostrar sus discrepancias con la actitud complaciente de Unamuno frente al golpe de Estado, escribe en las últimas líneas: «Un personaje fascinante, incluso en sus equivocaciones, y merece la pena volver sobre sus pensamientos y sobre sus ficciones en un tiempo como el nuestro, tan necesitado también de regeneración y de futuro, de compromiso social, intelectual y político, y, por qué no, de esperanza».

Y ya para cerrar este acercamiento a uno de los mejores libros que he leído últimamente, vuelvo al eje de esta magnífica colección que tiene que ver con el Cine y el Derecho. Las palabras de su autor sirven perfectamente para ese cierre: «Entender la memoria histórica como un ejercicio en favor de los derechos humanos debiera ser un imperativo de todas las democracias avanzadas». Un ruego final: lean este libro. Aunque lo forren con tres capas para que no se les moje en la piscina o se les llene de arena en las playas del verano. Léanlo, ¿vale?

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