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Vacuna contra el virus totalitario

«Los días rojos», la última novela de Miguel Herráez es una historia híbrida donde la ficción y la realidad juegan en la València de principios de los setenta, donde un universitario antifranquista ejerce de contraespía de un oficial nazi refugiado en España. También cabe la fina ironía de la discrepancia y esa búsqueda del grupo perdido.

Miguel Herráez

Miguel Herráez

Jugando con el título de su última novela le pregunto a Miguel Herráez si todavía quedan rojos. «Esa militancia ortodoxa que intento vertebrar en el relato se ha ido perdiendo, pero se ha mantenido una rebeldía frente a lo instituido», contesta. Diego, el protagonista de Los días rojos, es un activista antifranquista en la València de principios de los setenta, pocos años antes de la muerte del dictador.

«Me captaron en el bar de la facultad en el 71». Así abre el libro el escritor. Pero que nadie espere un relato de manual de militancia dogmática, todo lo contrario. De hecho nada más empezar la novela se habla de Jorge Semprún, para dejar claro hacia donde va la historia. Una ficción sobre el contraespionaje a un personaje real, Otto Skorzny, el nazi más peligroso acogido por Franco, experto en sabotaje y el principal ideólogo de la operación ‘Odessa’ que dio refugio a miembros de las SS en España.

Esa hibridez hace interesante la propuesta de Herráez. «Juego entre un personaje presencial y lo conecto con alguien que fue un monstruo», como bien documenta la novela. En ese juego posmoderno sale bien parado el contexto, el tardofranquismo, así como el escenario, València. «Es un militante universitario que batalla contra una realidad que no acepta, ni él, ni el grupo, pero la excusa es ese juego cómplice que se establece por parte del gobierno de España, la Cruz Roja, la propia Alemania, Austria, El Vaticano, Argentina, Chile o Paraguay respeto a los refugiados nazis».

La realidad es que el autor indaga en aquella supuesta ‘desnazificación’ que vista en ojos de hoy fue muy relativa. «Parecía que estábamos vacunados contra la ideología extrema y en cambio va fagocitando el espacio de una derecha que se mantenía en los principios democráticos». Aunque el título, la historia y la conversación con el autor va por esos derroteros, Herráez hace un parón para dejar claro que «la novela no es política, sino que pretende marcar toda la iconografía de una época desde un posicionamiento antifranquista». Es importante la advertencia, porque el protagonista -igual que el escritor-, nunca acepta pertenecer a una formación donde los gerifaltes hagan la lista de películas y libros obligatorias.

Sin dejar la denuncia del sistema dictatorial podrido, Los días rojos duda sobre la obediencia militante. Un libro donde admite «una mezcla de melancolía y reivindicación». Con una explicación proustiana: «Siempre que hay una recuperación de la memoria y del imaginario de la ciudad de València es una melancolía por el tiempo que se ha ido».

El curso literario que cierra la novela de Herráez -el libro lleva pocos días en las librerías-, ha sido el del resurgimiento de València como escenario. Lo inició Rafa Lahuerta con Noruega (Drassana) y continuó Ginés S. Cutillas con El diablo tras el jardín (Pre-textos).

«Reivindico València como escenario literario desde Bajo la lluvia», aclara, citando su tercera novela publicada hace más de veinte años. Por cierto, la lluvia está muy presente en el libro. «Cuando iba al instituto y luego a la facultad recuerdo como se pasaba semanas lloviendo», refiriéndose al cambio climático.

Ironizo que pese a la atracción que ha expresado por Buenos Aires y París siga centrado en su ciudad natal. «He situado todas las novelas en un espacio y un tiempo determinado, en un coronotopo que me resulta seductor, el final del franquismo, los alrededores de la muerte de Carrero, ver como se dibuja una realidad posible a partir de la muerte del dictador, la presencia de la lluvia...».

Parafraseando una escena de Los días rojos le preguntó si cree que tres de cada tres estudiantes de bachillerato saben quien era Julio Cortázar. «Al menos los míos sí». Se refiere a los estudiantes de periodismo a los que da clase. «La persona que se convierta en un verdadero periodista debe tener una formación lectora, porque la lectura te enseña a escribir. Las humanidades son un motor esencial para el desarrollo del ser humano».

Los protagonistas se pasan la novela bromeando sobre si los agentes de la brigada político-social sabrán quien era Rosa Luxemburgo, póster que preside el piso franco. «A mí me sedujo más Sgt. Peppers», asegura Miguel Herraéz, siendo fiel a la última secuencia de Los días rojos.

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