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El reto de Barat

Uno de los mejor formados poetas de su generación roza los ámbitos de esa poesía ‘grauis’ que, como filólogo clásico, conoce muy bien.

El reto de Barat

El reto de Barat

Los poetas suelen tener horas del día, a las que les son fieles porque en ellas encuentran la percepción del instante más idónea para poder crear. Paul Valéry buscaba ese estímulo en los momentos iniciales del día, entre la madrugada y el amanecer. Para Juan Ramón Barat (València, 1959) son los últimos fulgores de la tarde los que lo ponen en camino hacia la lucidez. Su libro Si preguntan por mí -que ignoro si es el último porque su obra está siempre en proceso continuo y no cesa nunca de crecer- objetiva la perspectiva y sensación de un sujeto que ha superado ya la mediana edad desde la que escribía Dante y se enfrenta a esa etapa de la vida tan bien descrita por el Don Juan de Byron. De ahí que su escritura sea, por decirlo de algún modo, elegíaca, pero fundada en un estoicismo jubiloso que lo defiende de toda desesperación. Barat acomete el reto de la vida, pero también lo acepta. Lo que explica el equilibrio clásico desde el que se contempla a sí mismo y analiza el paso de los años, y la erosión que el tiempo en tantas cosas deja, pero no renuncia a celebrar su intensidad por melancólica que sea ésta, y lo es y mucho: funciona, pues, sobre el juego de espejos que hay entre la realidad y la memoria y tematiza lo que podríamos llamar instancias íntimas del yo. Lo que lo sitúa en un territorio poético muy próximo al de la denominada poesía de la experiencia, que es la que corresponde a su generación y que él, por voluntad propia, asume y encarna, pero con una clara y significativa diferencia: en Barat no hay nunca frivolidad sino ansia de comprender el verdadero sentido de la vida: su «don irrepetible/dondequiera que esté». Sus mejores poemas («Amor y geometría», «A cielo abierto», «Meditación transcendental», «Circuito cerrado», «Acción de gracias», «Albor», «El quid de la cuestión», por señalar algunos de ellos) inquieren sobre «La razón sin porqué de la existencia» y el amor «más allá de la carne y su fulgor efímero». Sin ser un poeta metafísico roza los ámbitos de esa poesía grauis que, como filólogo clásico, conoce muy bien y que generó entre los ingleses una corriente muy cara a Cernuda: la de la poesía de la meditación. Casi toda -o toda- la de Barat lo es, y él se mueve muy bien dentro de su código y por toda su panoplia de registros que le concede «otra oportunidad de ser feliz/ en medio del estiércol». Poeta solidario, expresa su condición de sujeto único, pero también común: la convicción de ser un ser humano más, unido a los otros por «el hondo temblor/ante lo incomprensible, /la gris mediocridad» y «el dolor de ‘saberse‘ fugaz e intranscendente/en el absurdo devenir del mundo». Juan Ramón Barat es uno de los más dotados y mejor formados poetas de su generación y debe todavía roturar para sí un espacio que le sea por completo propio, prescindiendo de modulaciones poéticas ajenas como la del final de «El algarrobo», donde reproduce casi tal cual un verso de Ángel González; o de títulos, como «Venus en la ducha», que tiene como intertexto «Venus en el ascensor» de Alberti; o como los dos versos últimos de «Museo Arqueológico» que remiten a otro de Quevedo, que -como indicó Francisco Rico- remiten a su vez a otro de Ovidio; o como construcciones sintácticas como «De qué sirve», tomada de Jaime Gil de Biedma, o «Lo malo de», tomada de un poeta valenciano del 70; o como el tema y tratamiento de «La Rana», que es una reformulación de un gran poema de Eloy Sánchez Rosillo. Nadie más defensor de la Tradición poética que yo, pero -como decía un empresario alemán citado por Ricardo Bada- «La tradición consiste en seguir adelante con la llama: no significa administrar la ceniza».

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