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CRÓNICAS DE LA INCULTURA

Sostenible

Hay palabras que marcan una época. La del último cuarto del siglo pasado fue, sin duda, democracia. Veníamos del franquismo, de un periodo muy largo en el que todo debía ser nacional: el régimen, la lengua común, la religión mayoritaria, hasta los quesos o los vinos. Pero con el cambio de siglo la mirada se amplió, se impuso una visión global del mundo y empezó a hacer fortuna un término que hoy domina el imaginario de cualquier discurso: sostenible. No es para menos: el cambio climático que nos acecha ha puesto de manifiesto que nuestra forma de vida no resulta sostenible y nos lleva al desastre. Ya lo estamos notando en los países mediterráneos: los incendios de este verano, la desaparición de las playas y las temperaturas que hemos padecido representan un siniestro adelanto de lo que nos espera.

Todo esto lo sabemos, pero como tan apenas podemos modificar individualmente lo irremediable, hemos escondido la cabeza en un agujero y cacareamos cual avestruz que va a ser sacrificado. Algo harán, pensamos, los que pueden –gobiernos, multinacionales, quien sea– cuando llegue el momento. Pero no: esas instancias se mueven por los mismos estereotipos que nosotros y si su sustento imaginario está viciado, el cataclismo resultará inevitable. Quiero decir que en el siglo pasado nacional era algo más que una palabra, simbolizaba toda una cultura que encerraba connotaciones perversas que se saldaron con dos guerras mundiales y el genocidio de pueblos enteros. Bueno, pues sostenible también simboliza toda una cultura y habrá que rastrear en lo que consideramos sostenible en nuestra vida diaria para calibrar las defensas que tenemos frente al uso pervertido de la misma en general. A veces lo falsamente sostenible es poco relevante: me pregunto por qué llaman cultura sostenible al deporte (¿) de moda del verano, la helibici, consistente en que un helicóptero, que quema gasoil, deposita a media docena de ciclistas en la cima de una montaña para que puedan bajar a tumba abierta destrozando todas las sendas y ahuyentando a todos los animales. Pero otras veces, la dimensión de lo sostenible es monstruosa. Un ejemplo bien cercano. Tras el verano más caluroso de la historia a nuestros poderes públicos no se les ha ocurrido mejor idea que organizar unas seudo-Fallas en septiembre. Ya veremos el saldo de muertos por covid que acaban arrojando, pero en cualquier caso el derroche de energía lumínica y los gases nocivos resultantes de la combustión de cientos de monumentos fabricados con materiales sintéticos no son sostenibles. Así como suena. Nuestra fiesta es muy simpática, la han declarado patrimonio inmaterial de la humanidad, aporta muchos millones a la economía valenciana, pero ... o la cambiamos de raíz o la suprimimos sin más. De lo contrario, dentro de muy pocos años no habrá ni comisiones ni cortes de honor ni fallera mayor ni nada de nada por falta de candidatos. Los muertos solo celebran Halloween.

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