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Dime que me lees

Vencejos de vuelo corto

Vencejos de vuelo corto

Lo digo de entrada, no me ha entusiasmado la última novela de Fernando Aramburu, Los vencejos (Tusquets). Y como lector, lo siento porque me encantó Patria y me gustó mucho Años lentos, que fue su embrión. Sí, ciertamente las expectativas estaban por las nubes entre las que, se supone, debían volar estos vencejos literarios. Sin embargo, aunque las comparaciones son inevitables, me temo que el problema de esta novela no viene sólo por ahí.

En Años lentos, Aramburu introducía unos apuntes para comprimir la narración y a la vez distanciarse del núcleo del relato. En uno de ellos, el narrador hacía un listado de las posibles penalidades del protagonista y se decía a sí mismo: «No hace falta relatarlas todas. Apoyándome en criterios literarios, seleccionaré las tres o cuatro que mejor se dejen ilustrar por medio de acciones, cartas, reflexiones en voz alta, diálogos… Nada de pasajes explicativos, amiguito. ¿O es que has olvidado que escribes para adultos?».

Ahora, a lo largo de las 698 páginas de Los vencejos, el autor se ha olvidado de su mordaz advertencia. Y no sólo es que la novela sea excesivamente prolija y reiterativa, o que deje poco espacio a la inteligencia del lector. El problema es que además falla el dispositivo narrativo sobre la que está construida. Un dispositivo que en Años lentos jugaba al distanciamiento entre el testigo de la historia, el narrador y el autor. Y que en Patria era un perfecto mecanismo, con un engranaje que funcionaba en el tiempo hacia adelante y hacia atrás, manteniendo el interés del lector.

Lamentablemente el dispositivo narrativo de Los vencejos no sólo es plano -un diario- sino que además incumple ese pacto de verosimilitud, que la novela realista establece entre el autor y el lector. Así, en varios pasajes, el protagonista narrador fragmenta la evocación de un mismo suceso del pasado en sucesivas entradas del diario, sin que ello esté justificado por lo acontecido en la jornada. Como si se viera impelido a ello para mantener la misma extensión en cada capítulo y a la vez cumplir con el propósito que se ha hecho de que el diario tenga exactamente trescientas sesenta y cinco entradas, tantos días como faltan para que consume su propósito de suicidarse al cabo de un año. Tampoco es un comportamiento leal con el lector introducir un elemento de suspense a lo largo de toda la trama -la recepción de unos anónimos- y después, sin justificación narrativa, dejar el misterio en el aire.

En cuanto al fondo de la historia, comprendo que, como tantos hombres, los protagonistas sean unos machistas de manual, pero, la verdad, no me siento cómodo con la misoginia que destila el conjunto de la novela.

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