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Vuelo gallináceo

Vuelo gallináceo

Tras años de nomadismo periodísticos por Europa, Josep Pla (1897-1981) se instaló en la masía familiar de Palafrugell. Publicó por entonces ‘Viaje en autobús en 1942’, es decir, con una guerra civil interna recién concluida y una guerra mundial externa en plena actividad.

Para su libro toma como modelo ‘Memorias de un turista’, de Stendhal, quizá el autor que más admiró. Aunque también tiene en cuenta otros distinguidos precedentes: ‘La biblia en España’ de George Barrow y ‘Las estampas de viaje’ de Heinrich Heine.

El ‘Viaje en autobús’ lo diseña el mero azar. Emplea la promiscua metodología de lo imprevisto. Y adopta un ritmo propio: la lentitud. No busca nada ni a nadie en concreto. Por lo demás, muestra una considerable borrosidad espacio-temporal.

A Pla se le suele acusar de cierto desaliño, de aparente indolencia compositiva. Como advierte el profesor Xavier Pla: «Esa nonchalance estilística -lo que, en italiano, desde Baltasar de Castiglione, se le denomina sprezzatura- coincide con la atribuida también a algunos de sus maestros: Montaigne, Stendhal o Baroja, que tanto influyeron en su formación literaria».

En ocasiones ofrece descripciones paisajísticas técnicamente azorinianas: lo que no obsta para que poco después muestre alguna escena que parezca el protoguión literario de un film de Berlanga.

El texto está repleto de observaciones de una gracia genuina. Citemos ejemplos:

«Todas las cosas importantes de esta vida son lentísimas: la guerra, el hambre, una buena formación…».

Sobre el hambre y la escasez de alimentos durante esos años de postguerra: «Al oir la palabra patatas se ha producido entre los viajeros del autobús un movimiento de curiosidad vivísima (…) flotan los más apetitosos tópicos geórgicos». O también: «La tierra huele maravillosamente, empapada de este delicioso perfume que a la tierra dan las patatas a ocho pesetas el kilo y las alubias a diecisiete».

Hace suyo un aforismo de Chesterton: «Cuando un hombre desea una chuleta de cerdo, su deseo permanece literalmente tan místico y etéreo como su deseo del cielo».

A propósito de los estraperlistas enriquecidos durante estos oscuros años; «del ladrón robusto de óptimo aspecto, cariñoso, bueno, vestido densamente, pensé que sentirse rodeado permanentemente de esa clase de gentes produce una sensación de fatiga».

Dado el aislamiento de España, recuerda que: «En nuestro país había tres pretextos esenciales para pasar la frontera: la peregrinación a Lourdes, la luna de miel y los negocios».

Sobre el origen de su libro: «Ya que no se puede viajar como antes, hay que viajar de todos modos. Aquí está el fruto de mis recientes, insignificantes vagabundajes. Viajando en autobús, el vuelo es gallináceo».

En cuanto al propósito del libro, asegura que es triple: ganar algún dinerillo, emplear a lengua castellana bajo usos de desnudez estilística, y, en fin, para que algún lector curioso dentro de 100 años pueda conocer un poco el temporal social y moral que campeaba en ese tiempo. Y concluye: «esta tercera finalidad es importantísima; la segunda, también. Y la primera, no digamos».

Cuando contempla la campiña ampurdanesa piensa en la ‘Ética’ de Spinoza; y cuando lee la ‘Ética’ de Benito Spinoza (cosa que hace siempre cuando viaja en autobús, evitando las fruslerías sentimentales o policiacas) le parece estar contemplando el paisaje ampurdanés. En su opinión, ambos mantienen una enorme fraternidad moral y formal.

Son frecuentes en su libro las pequeñas observaciones de la vida cotidiana que conforman la atmósfera humana de aquellos años: «He visto a un veterinario recetar una pócima para una vaca sin moverse del cinematógrafo». En una estación de trenes ve una señora que va vestida con ropa indicadora «de esta cosa terrible que se llama ¡miseria decente’».

La posición ideológica de Pla no es ciertamente lo que en nomenclatura del momento actual denominamos ‘corrección política’: «Los grandes mitos de la época -la paz universal, la igualdad, el socialismo, la solidaridad, etc.- mitos casi todos sangrientos o, mejor dicho, sanguinarios y de una vulgaridad mental tan grande que la de las religiones populares más primitivas -la mitología griega, por ejemplo- parecen a su lado agudezas exquisitas».

Pla piensa que en los años 40 del siglo pasado las grandes ilusiones colectivas se han desvanecido; pero en muchos aspectos de la vida, la eliminación de esas ilusiones resulta saludable y provechosa dado que «las ilusiones hay que reservarlas para aliñar las pasiones del amor y humanizar la ironía, para hablar con los amigos, para simplificar los enredos de la vida cotidiana».

‘Viaje en autobús’ está reconocido como el mejor libro escrito en castellano por Pla. Su prosa, desparasitada de retórica solemne, hace un uso constante, animoso, masivo de la ironía, que a veces puede resultar un poco agotador.

La ‘retina terrestre’ de Pla se centra en minerales, vegetales -sobre todo comestibles-, animales irracionales y racionales; retina que solo mira el cielo cuando estornuda.

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